RITMO DE CRECIMIENTO

RITMO DE CRECIMIENTO

De atenernos a las cifras oficiales, no estaríamos contemplando un milagro sino aproximándonos al crecimiento promedio que en otras épocas, todavía dominadas por la escasez de recursos de cambio exterior, tuviera establemente la economía colombiana. El ritmo se quebró al perder el fomento de las exportaciones su capacidad de impulso y entrar el país en la etapa de la crisis de la deuda. A muy pobres avances llegamos a resignarnos. A juicio de los autores de las respectivas políticas, debíamos dar gracias a Dios de no sufrir retrocesos tan dramáticos como los que registraran México y Argentina, ambos con ingresos por habitante notablemente mayores que el nuestro.

24 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

La Misión Chenery vino a sacudirnos del letargo. Para la creación de empleo era indispensable crecer por encima del cinco por ciento anual. No parecía algo novedoso en Colombia, donde logramos hacerlo a más del seis por ciento, durante buen número de años. Ni comparativamente con otros países latinoamericanos que han venido oscilando entre el siete y el nueve por ciento, después de resolver los problemas planteados por su cuantioso endeudamiento. Sorprende que en 1991 el crecimiento de la economía nacional hubiera sido apenas del 2.3, muy levemente superior al de la población.

La construcción ha sido el principal factor de dinamismo, el pujante sector líder, reforzado por los gastos gubernamentales y, hasta cierto punto, por el ensamblaje de materiales importados. En el buen desempeño de su función propulsora, ha contado con la abundancia de ingresos externos, no por causa de las exportaciones abiertas sino por los flujos de capital y las operaciones implícitas en el narcotráfico. Merced a esta circunstancia y a las perspectivas e inversiones petroleras, Colombia cree haber dejado atrás sus recurrentes crisis de cambio exterior.

La meta ideal no ha sido nunca la del cinco por ciento. Ha sido el mínimo deseable. A este paso, sin embargo, continuaríamos con un precario ingreso por habitante, aun en el cuadro de la América Latina. Los de México, Argentina y Venezuela lo duplican. El de Chile, en 199O, ascendía a 1.92O dólares, mientras el nuestro era de 1.24O dólares. Del de Estados Unidos nos hallamos a distancia sideral, como que el suyo per cápita es de 22.54O dólares.

El retraso con relación a las naciones plenamente industrializadas o próximas a serlo obliga a los países en desarrollo a procurar un crecimiento más acelerado. De lo contrario, la brecha que los separa se ampliará cada día más y sus zonas de pobreza cobrarán mayor explosividad.

Queda por comprobar la exactitud de las cifras oficiales en cada uno de los sectores. Al comercio, a los servicios financieros, a la electricidad, el agua y el gas les fue indudablemente bien en materia de crecimiento. Lo mismo a las importaciones, en contraste con el mediocre o adverso comportamiento de las exportaciones.

Muy disparejo el de la industria, nadie osaría desconocer los reveses protuberantes de textiles, tabaco, alimentos, confecciones, cuero, calzado, hierro, papel. En sus órbitas se echan de ver dificultades que social y económicamente no es del caso ignorar.

Las discrepancias de apreciación se plantean especialmente respecto de la agricultura. En general experimenta mejoría, con mayor énfasis la actividad pecuaria, pero subsisten los problemas del café, del algodón, del arroz, del sorgo, las hortalizas, los frutales. Los cultivos transitorios disminuyen y también los permanentes.

La acción del Gobierno se ha orientado a la reactivación del sector, víctima de tantos infortunios concurrentes, pero subsisten sombras aciagas en cuyo desvanecimiento habrá que perseverar. De un lado, no cabe olvidar el principio constitucional de la seguridad alimentaria, y, de otro, el cuantioso número de empleos sacrificados por la crisis agrícola.

Para emitir juicio definitivo sobre el pronóstico gubernamental del 5.16 por ciento, será indispensable la depuración y consolidación de las cifras sobre el crecimiento de la economía colombiana y cada uno de sus sectores. Si puede ser aventurado anticiparse a descalificar las que presentan como regalo de Navidad el ministro de Hacienda y el director de Planeación, igualmente lo sería menospreciar las de los centros privados y gremiales de estudio con trayectoria de competencia técnica y seriedad científica. Démosles siquiera un compás de espera y reconozcamos que los indudables progresos se empañan con el enorme desequilibrio de exportaciones e importaciones, así como con el deterioro de diversas actividades agrícolas e industriales.

Lauchlin Currie Venía rodeado de la aureola de sagaz e influyente asesor de Franklin D. Roosevelt en la etapa decisiva de su política económica y social del New Deal . Presidiendo una misión del Banco Mundial, en pocos meses logró escrutar la realidad colombiana, familiarizarse con sus luces y sus sombras, articular un programa de fomento para Colombia. Todavía entusiasma su lectura como fuente de conocimiento de lo que entonces era el país y de lo que podía aportarle la planificación de su desarrollo.

Al doctor Currie, oriundo del Canadá, empezó a perseguírsele en Estados Unidos por sospechas de simpatía con el régimen soviético. Tiempos aciagos de la cacería de brujas por el siniestro macartismo. Ante la saña del asedio, decidió hacer de Colombia su segunda patria. Echar raíces en su suelo, hacerse campesino, enseñar, contraer matrimonio. Fue para el país un gran privilegio. Porque el doctor Currie trajo consigo su mentalidad de consagrado economista, su indomable energía intelectual, su agilísima imaginación, su don de consejo y su capacidad de traducir a la palabra escrita la lucidez de su pensamiento original e innovador.

Tras su informe de 195O, quiso referir la aceleración del desarrollo a la industria de la construcción. Algo de eso había aplicado en Estados Unidos, a juzgar por el testimonio de Leontief, quien le criticaba haber propiciado la concentración urbana con menoscabo del aposentamiento en pequeñas granjas. Pero fue aquí donde perfeccionó su concepción, la explicó en su Operación Colombia y le dio impulso final a través de los mecanismos del crédito especializado.

Gran patriota, sirvió a Colombia en la cátedra y en la asistencia a los sectores públicos y privados con dedicación generosa que coloca su nombre en el panteón de sus mejores hijos.

Duelo en Navidad Venía invadido por el recuerdo de la muerte de mi padre en la madrugada del 25 de diciembre hace cincuenta años, cuando me llega la noticia del fallecimiento de una persona muy ligada a su mundo y luego al mío. El de Mary Rueda de Lara, con quien por la comunidad de ancestros tuvimos estrecha relación familiar, abonada por la reciprocidad del afecto y las excepcionales condiciones de su señorío y su carácter.

Sobresaliente desde niña, siguió siéndolo a lo largo de su feliz matrimonio con Luis Lara Borrero. Mary imponía a la vez la alegría de la vida y la disciplina, la mansedumbre y el coraje. Gustaba de la compañía de las gentes sinceras y diáfanas. De clara y comprensiva inteligencia, dondequiera irradiaba cordialidad, elegancia de espíritu. Mucha falta habrá de hacernos. La pena de los vástagos de su sangre es también nuéstra.

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