Uribe, perdido en el Ubérrimo

Uribe, perdido en el Ubérrimo

Desde que escuché la contenida alocución que el presidente Uribe hizo desde su finca en Montería, luego de la liberación de Clara Rojas y de Consuelo de Perdomo, debo admitir que sentí la incómoda sensación de estar al frente de un Uribe muy distinto al que hemos visto estos años. El que habló desde el Ubérrimo era un mandatario sin iniciativa, más poético que político y avasallado por los acontecimientos.

14 de enero 2008 , 12:00 a.m.

En esa ocasión, y para sorpresa de muchos, Uribe felicitó a Chávez, pero se abstuvo de tomar la ofensiva en el tema humanitario y se dejó imponer una vez más la agenda por su homólogo venezolano. Acto seguido, cuando el presidente Chávez, ante la Asamblea Nacional, declaró su admiración por el proyecto político de las Farc e instó a la comunidad internacional a que se les reconociera su beligerancia, Uribe emitió un comunicado en el que rechazaba esa iniciativa, el cual sorprendió a los más recalcitrantes uribistas por su tono contenido y defensivo. A otros, como fue mi caso, nos inquietó, pero porque, repito, no trazó ninguna ruta que nos permitiera saber cómo carajos es que vamos a salir de este embrollo, gestado por él mismo desde aquel día en que aceptó la mediación de Chávez para la liberación de los secuestrados por las Farc.

Cuando un Presidente pierde la iniciativa en la agenda interna y externa de su país, como le está sucediendo a Uribe, la culpa no puede ser solo de quien llena el vacío –en este caso, Chávez–. También es un reflejo de la precariedad de sus políticas.

Nadie pone en duda que Hugo Chávez es el jefe de un proyecto expansionista y bolivariano que tiene como objetivo a Colombia. Pero también es cierto que, cuando el presidente Chávez fue invitado por el presidente Uribe a ser mediador, ya en el Palacio de Nariño se sabía todo lo que hoy se ha destapado: es decir, que Chávez tenía unas relaciones estrechas con las Farc y que muchos de sus comandantes, entre ellos Iván Márquez, con barriga jojoyesca, tenían sus campamentos en territorio venezolano.

A pesar de ello, el Presidente siguió adelante con la farsa y le entregó el tema del acuerdo humanitario a Miraflores pensando que esa era la vía para quitarse un peso de encima. Luego vino la destorcida. Uribe sacó a Chávez de la mediación a trompicones y a sombrerazos, sin haber sopesado realmente el costo que eso iba a suponer para el país.

Desde entonces, por falta de una política interna humanitaria y de una política exterior coherente, el presidente colombiano ha ido perdiendo espacios en la comunidad internacional, mientras las Farc los han ido ganando. Vaya paradoja para un mandatario que fue elegido por los colombianos para doblegar y acabar con la serpiente de las Farc.

La pérdida de iniciativa por parte de Uribe es aún más preocupante porque Chávez sí sabe para dónde va: tiene claro que es el jefe de un proyecto bolivariano expansionista y que lo suyo es ser el auriga más rojo de su particular revolución. En cambio, Uribe sigue pensando que con el 70 por ciento de popularidad que tiene en las encuestas se puede dar el lujo de seguir insistiendo en sus inamovibles. En que su política de seguridad democrática puede seguir excluyendo a las víctimas del secuestro porque son una minoría que no pesa; en una política de seguridad democrática que privilegia los rescates militares sobre el acuerdo humanitario y que condecora a las viudas de los secuestrados muertos en los rescates, que insisten en que esa es la única vía, mientras que convierte en invisibles las voces de los familiares de las víctimas que buscan el intercambio humanitario, con el argumento de que padecen el síndrome de Estocolmo.

En fin, una política de seguridad democrática que nunca se reflejó en una política internacional a través de las vías institucionales, sino que se le dejó a la química personal de un presidente por el otro. Algo habrá que arreglarle a la política que hace aparecer a Uribe como si fuera el gobernador de Córdoba y a Chávez como el presidente de su Gran Colombia

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