Entre el barro crecen los futuros músicos

Entre el barro crecen los futuros músicos

Con cada nota que le arranca al violín, cuando toca su versión del vallenato Esta vida, Luis Enrique Ruiz, de 13 años, sueña con viajar y hacer carrera como músico en un mundo que divisa a través del horizonte descapotado.

13 de enero 2008 , 12:00 a.m.

Como Luis, unos 50 niños del barrio Nelson Mandela, al suroccidente de Cartagena, asisten desde hace varios años a clases de música, cobijados por la Fundación Música por Colombia, con la ayuda del programa Batuta y, ahora, de la Fundación Salvi.

De la canción de Jorge Celedón, que aún suena en las radios cartageneras, Luis explica con total confianza: “Fue facilito, la sacamos en día y medio”.

Cuando cuenta dónde vive, señala con el arco del violín la punta de una colina atestada de casetas, en donde la vida se abre paso a pesar del inclemente sol y de las condiciones extremas que acechan a más de 40.000 habitantes. “Pa’ allá arriba, pa’trá”, dice.

Para ir a la clase de violín, que dura dos horas, Luis tiene que bajar cada día esa montaña, dando brincos entre los improvisados caños de aguas negras, hasta que llega al salón comunitario.

Allí lo espera Elieth Galarcio, el profesor encargado por el programa para dictarles a los niños la capacitación. Él asignó a cada uno un instrumento que le gustara. En algunos casos, la primera impresión, el ver ese instrumento, fue la razón de su suerte.

“Cuando me entregó el violín, me dijo que es un instrumento muy bonito y tiene muchas melodías, y que lo cuidará mucho”, recuerda Luis, quien asegura que va sagradamente al colegio. Según su profesor, tiene que ensayar cinco horas diarias.

Algunos aprenden el xilófono, otros la flauta dulce o la traversa, o la percusión con tambores tradicionales. A veces salen muy tarde de sus escuelas, instrumento en mano.

“Acá no les pasa nada. Están muy seguros porque, pese a que hay mucha hambre, la gente en el barrio los conoce y saben que no está bien aprovecharse de ellos”, dice Elieth.

“La música puede ser la herramienta para que los niños sepan que fuera del barrio hay otros espacios para poder crecer y, hoy, muchos de estos niños tienen excelencia académica”, agrega.

Ellizabeth de Ávila, otra violinista de 14 años, recuerda que la música ya los sacó del Mandela: “Un día fuimos a Bogotá, tocamos en Corferias y fue espectacular. ¡Presentaciones es lo que vienen!”, dice.

Con los grandes Los niños, vestidos impecablemente de blanco, recibieron el pasado jueves la visita de algunos músicos de la orquesta canadiense I Musici, que quedaron fascinados no solo con el talento de los pequeños, sino con la bienvenida: sancocho, hecho con leña, en plena calle.

“La alegría que hay en esta gente es increíble, tenemos que aprender algo de ellos”, dice el cellista Alain Aubut, que llevó sus aparatos para grabar a los niños que interpretaban piezas instrumentales y corales por la precaria calle de Los Olivos.

Algunos de los músicos que venían por primera vez (otros han mantenido sus visitas) no podían contener las lágrimas por lo que estaban viendo.

Al final de la visita, entre risas y cánticos, los músicos se volvieron a subir a su bus y los niños siguieron su lucha diaria. Esperan que estas ocasiones no sean esporádicas, y que un día vuelvan a tener contacto con aquellos ‘gringos’, que les compartieron del Norte la ilusión de la música clásica.

Fotos: David Osorio / EL TIEMPO.

Buen balance para la fiesta de la música clásica El segundo Festival Internacional de Música de Cartagena llegó a su final este sábado, tras siete días de conciertos en sitios históricos de la ciudad. La última nota sonó en el Teatro Heredia.

Dos momentos célebres fueron la presentación de la Obertura Palenkumbé, del venezolano Paul Desenne, y la proyección de una película muda de Buster Keaton con música compuesta por el estadounidense Stephen Prutsman.

Según opiniones de los asistentes, entre los artistas más destacados se encuentran el clarinetista estadounidense Todd Palmer, el pianista francés Jean-Yves Thibaudet, el cellista chileno Andrés Díaz, el Cuarteto de Cuerdas de St. Lawrence y el trío conformado por los artistas brasileños Romero Lubambo y Cyro Baptista, y la estadounidense Paula Robison.

Palmer conquistó al público con su interpretación de The Dreams and Prayers of Isaac the Blind, una juguetona pieza compuesta por el autor argentino, descendiente de rusos, Osvaldo Golijov.

Lo que incomodó a los asistentes al Festival fue tener que salirse de algunos conciertos porque la organización se quedó corta al medir la capacidad de los escenarios históricos. Según anunció la Fundación Salvi, se buscarán nuevos espacios para el 2009.

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