Fantasma tribal amenaza con desbordarse en Kenia

Fantasma tribal amenaza con desbordarse en Kenia

Las imágenes de bandas armadas con machetes en la región de Eldoret (sureste de Kenia), lanzadas en una cacería humana adobada con saqueos; y escenas de mujeres y niños quemados vivos en una iglesia, a causa de las denuncias de fraude en las elecciones presidenciales del 27 de diciembre, renovaron el debate de si la democracia multipartidista puede triunfar en el contexto africano donde las lealtades étnicas pesan tanto.

13 de enero 2008 , 12:00 a.m.

En Kenia, el partido de Unidad Nacional (PNU) de Mwai Kibaki –“reelecto presidente”–, y el Movimiento Democrático Naranja (ODM), de Raila Odinga, no son precisamente de izquierda o de derecha, sino que están amarrados por razones tribales: los kikuyu y los luos.

Los kikuyu son la principal de las 49 etnias en las que se dividen los 37 millones de kenianos. A ella pertenece Kibaki y los caciques políticos de su régimen.

Kibaki llegó a la Presidencia en el 2002 tras derrotar en las urnas a Daniel Arap Moi, cuyo gobierno se mantuvo por casi un cuarto de siglo gracias a la corrupción y la instauración de un régimen de partido único.

En su primer mandato, Kibaki prometió reformas y prosperidad, y sus promesas dieron fruto, en parte. Kenia se convirtió en un país sinónimo de estabilidad en una región caracterizada por la convulsión. Su economía despegó, pasó de un 3 por ciento de crecimiento en el 2003, al 6,1 en el 2006, en parte gracias al turismo, su principal fuente de ingreso.

Amarre étnico Pero de la mano del crecimiento vino el favorecimiento étnico. El gobierno de Kibaki revirtió la situación de los kikuyu –la tribu más próspera, educada y populosa de Kenia con el 22 por ciento del total de la población–, que durante décadas vivieron relegados. En su primera administración, los kikuyu se hicieron con el control de los principales ministerios y buena parte del sector privado.

Su posición de privilegio también les permitió a los kikuyu reconquistar parte del territorio del Valle de Rift, del que habían sido desplazados después de la colonia inglesa por tribus como los luo, los kalenjin y los luia, quienes eran, entre otros, los pobladores originales de la zona.

Y así, mientras Kibaki montó su campaña de reelección bajo la consigna de que el país nunca estuvo en mejores condiciones de crecimiento, Odinga y el ODN movilizaron al electorado alrededor de la plataforma anti-kikuyu, bajo el argumento de que se recogerían mejores frutos con una política más equitativa entre las distintas etnias. Cambio en la ecuación Pero, ante el fracaso de la vía electoral, la frustración parecería haber adquirido matices de ‘venganza étnica’. Los enfrentamientos entre kikuyos y luos dejaron 600 muertos, 255.000 desplazados y millonarias pérdidas económicas, situación que tiene en alerta a la comunidad internacional (ver gráfico y recuadros).

No es para menos. La región está plagada de ejemplos que incrementan esa preocupación.

En el 2002, los marfileños presumían de tener el país más tranquilo de África, pero unas elecciones fraudulentas fracturaron la lealtad del Ejército y desataron una rivalidad étnica que se transformó en barbarie fratricida.

Nigeria se debate en un complejo ajedrez en donde la etnicidad y la religión dividen a la nación; y en Ruanda, la negativa de las élites hutus y tutsis de compartir el poder provocó el genocidio que dejó casi un millón de muertos en 1994.

A pesar de estas evidencias, algunos analistas señalan diferencias entre Kenia y países como Ruanda, lo que la salvarían del caos.

Una de ellas, según explicó al New York Times el ex embajador de E.U. en Kenia Mark Bellamy “es la diversidad étnica del país. Kenia no es ni Ruanda ni Burundi, pues mientras estos dos países tienen una población compuesta de hutus y tutsis, Kenia cuenta por lo menos con 49 etnias distintas”.

Para otros observadores, la violencia es la prueba de que la democracia keniana está llegando a su edad adulta.

“Todo el mundo piensa que esta es una disputa tribal, pero no lo es. Es la muestra de una sociedad que toma conciencia de sus derechos, especialmente de que ningún gobierno puede reivindicar un poder absoluto”, afirma el abogado y analista político keniano John Otieno.

Pero en opinión de Joel D. Barkan, profesor de ciencia política de la Universidad de Iowa y analista del Council for Foreign Relations, para frenar la crisis en Kenia será necesario un cambio aún más de fondo: “Probablemente uno que pase por una nueva Constitución y que plantee alguna forma de federalismo, un pedido que hace 50 años realizan las minorías étnicas y que los distintos gobiernos se niegan a escuchar”.

Además, recalca Barkan, aunque la violencia ha cedido en los últimos días y se haya nombrado una comisión de alto nivel, presidida por el ex secretario de la ONU, Kofi Annan, “la violencia postelectoral ha dejado claro que como India lo descubrió en 1950, y Nigeria en 1980, la mejor manera de limar las brechas étnicas y lingüísticas pasa por la reestructuración del juego político y en África ese juego debe dar preminencia a la etnicidad. En otras palabras, Kenia, como en el resto de África, los derechos grupales deben ser parte de la ecuación”.

- Impacto económico Los analistas calculan que en los últimos diez días han dejado de ingresar 500 millones de dólares. El turismo, la primera fuente de ingresos del país, es el más afectado. En Mombasa, ciudad turística, numerosos hoteles de la zona vieron cómo se anulaban de manera precipitada más del 70 por ciento de las reservas, mientras los 43 vuelos semanales que aterrizaban fueron cancelados.

Por su parte, el Estado ha dejado de cobrar 30 millones de dólares diarios en impuestos, y la industria del té, clave para el desarrollo en las regiones del Oeste y del Valle del Rift, se paralizó a causa de los incidentes. La producción y exportación de té da de comer a más de 3 millones de kenianos y mueve alrededor de 600 millones de dólares anuales.

La crisis humanitaria producto del desplazamiento forzado de 255.000 kenianos preocupa al país por las repercusiones que se generan en la economía.

TRES PREGUNTAS A...

¿Qué piensa de la violencia poselectoral en Kenia? Me sorprendió porque creí que la cultura democrática y electoral estaba más enraizada.

En el 2002 hubo una exitosa alternancia política. Pero en las elecciones de diciembre pasado no ocurrió lo mismo. Se registraron visibles irregularidades en el escrutinio. La Comisión Electoral publicó este jueves cifras que son objetivamente falsas.

La violencia poselectoral derivó en un conflicto étnico. ¿Cuál es la importancia de este ingrediente? Lo étnico ha ido tomando fuerza, sobre todo a partir del regreso al multipartidismo en los 90. La polarización se hace ahora en torno a la frontera étnica. Sin embargo, no hay que exagerar este aspecto.

Esta limpieza étnica es un instrumento utilizado de manera deliberada por ciertos políticos para llegar en posición de fuerza a la mesa de negociaciones. Es un instrumento estratégico relativamente bien controlado por la élite política.

¿Se corre el riesgo en Kenia de que ocurra un genocidio como el ruandés? No creo. Estamos muy lejos de ese esquema. Es cierto que ha habido prácticas de limpieza étnica importantes en los últimos años, contando esta última. Pero en los tres casos ha sido una forma para algunos políticos de limpiar la región para garantizar una elección fácil.

ÁSBEL LÓPEZ, PARA EL TIEMPO, PARÍS .

Hervé Maupeu, politólogo, especialista en África Oriental, investigador del Instituto francés de investigaciones en África (Ifra) de Nairobi y director del Centro de Investigaciones y Estudios sobre los países del África Oriental

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