NAUFRAGIO EN NAVIDAD

NAUFRAGIO EN NAVIDAD

En 1492 la soledad del Caribe en el tiempo era tan grande que sólo se interrumpía con dos puntos de referencia: para las horas con el reloj de arena, para los días con el santoral. Colón tenía su calendario de cabecera, que no desamparaba y sabía puntualmente cuándo llegaba la noche del 24 de diciembre. Así los marinos se preparaban para recordar con nostalgia una celebración, sin tener a la vista ni el buey ni el asno, que habían quedado en el establo en la otra orilla del Océano. La noche estaba en calma y una brisa refrescante corría deliciosa. El capitán de la Santa María dejó la nave en lo que le pareció un lugar seguro, al cuidado del grumete, y lo mismo, en otro punto, el de La Niña. De la Pinta no se sabía nada porque Martín Alonso Pinzón andaba brujuleando por otro lado del Caribe, y hacía más de un mes que no se sabía nada de él. Poco a poco la brisa fue arreciando y, cuando iba acercándose el momento solemne del nacimiento del Niño, ya tomaba la fuerza de un huracán. La n

23 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

La Niña acogió a Colón, como su nombre lo indica, con cariño. No como a un Almirante sino como a un náufrago. Se dejaban en tierra 39 compañeros españoles, a quienes ofrecía rescatar en un viaje de regreso. Quedarían construyendo una fortaleza que sería el principio de la única ciudad que Colón dejaría como testimonio de su primer viaje. La fortaleza y la ciudad futura tendrían un nombre simbólico: La Navidad. Embarcaron a 10 indios que llevarían como prueba de haber llegado al Asia y echaron a navegar, tomando finalmente el rumbo de una isla que se distinguía por un gran promontorio, al que dieron el nombre de Monte Cristo. Quiso la suerte que hacia el mismo lugar se dirigiera Martín Alonso Pinzón, con el mismo propósito de regresar a España para, a su turno, dar cuenta de su descubrimiento. El encuentro del Almirante y su desobediente insobordinado fue un momento difícil, en que se cambiaron razones que no serían muy cordiales. En todo caso, volverían dos carabelas que zarparon de Monte Cristo el 9 de enero, con rumbo a Cádiz. El mar estaba sereno y viajaron como por un lago tranquilo, tanto que, al cabo de pocos días, los marinos y los indios se tiraban al agua y nadaban a tiempo con las carabelas como en un juego náutico. De una carabela a la otra se contaban las experiencias y proyectaban lo que harían al llegar a su tierra. Sólo dos hombres no se hablaron en todo el viaje: Colón y Martín Alonso Pinzón. Se transmitían las órdenes del viaje, y nada más. Llegando a las Azores, esta tranquilidad se rompió. Empezó a silbar el viento. Se enfureció el mar. Todos creyeron que les había llegado la última hora. Martín Alonso Pinzón, con la Pinta, se perdió de vista. Salió por una puerta de la escena y murió a los pocos días. Colón llegó por otro lado a Portugal, sin saber si Pinzón estaba vivo. Los indios, incompletos, descubrieron a Europa en calidad de náufragos. Los 39 europeos que quedaron en La Navidad se portaron mal con los indios, y los indios, en reciprocidad, los mataron. Los asaron y se los comieron. La noticia que traían era esta: que habían llegado a una Isla del Japón y le habían dado el nombre de Monte Cristo.

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