EL AÑO QUE EMPEZÓ LA DECADENCIA DE LEWIS

EL AÑO QUE EMPEZÓ LA DECADENCIA DE LEWIS

El cubano Javier Sotomayor y el británico Linford Christie ganaron la cima de su carrera atlética en 1993, un año que parece haber sumido en el ocaso al estadounidense Carl Lewis y relegado definitivamente al olvido al canadiense Ben Johnson. A sus títulos olímpicos alcanzados en Barcelona-92, Sotomayor y Christie añadieron esta temporada el primado mundial en Stuttgart (Alemania). El antillano, además, volvió a elevar su récord mundial de altura (2,45 metros) en la pista talismán de Salamanca (España), donde cinco años antes había logrado su primera plusmarca (2,43).

22 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

Los éxitos deportivos vinieron acompañados de jugosos premios en metálico para el británico, y de una larga relación de honores para Javier Sotomayor, que como remate a su campaña recibió de manos del heredero de la Corona española, el príncipe Felipe, el premio Príncipe de Asturias del Deporte.

Christie empezó, con 33 años a sus espaldas, a rentabilizar 15 temporadas de intenso trabajo. El 30 de julio, en Gateshead (Inglaterra) se embolsó en una sola carrera de cien metros el equivalente a lo que hubiera ganado en un año antes de su título olímpico: 150.000 dólares. Su rival era Carl Lewis, al que derrotó con un registro de 10.08.

Sotomayor dio tempranas muestras de su formidable estado cuando en los Mundiales en sala de Toronto (Canadá) se adjudicó el título con un salto de 2,41 metros. El sueco Patrick Sjoeberg, que hasta entonces dominaba el concurso con 2,40, experimentó una de las mayores decepciones de su vida.

El 27 de julio, el saltador de Limonar volvió al estadio salmantino y, como el 8 de septiembre de 1988, lo abandonó con un nuevo récord mundial en su mochila. El 22 de agosto, en Stuttgart, ganó el oro mundialista con 2,40 y el 3 de septiembre fue galardonado con el Príncipe de Asturias: era el colofón a una majestuosa temporada.

Los Mundiales de Stuttgart, primeros que se disputaban de acuerdo con el nuevo ciclo de dos años, resultaron un acabado éxito de crítica y público, en contra de algunos pronósticos, y pasarán a la historia como la competición en que la dama de bronce , la jamaicana Merlene Ottey, se colgó su primera medalla de oro en alta competición.

Christie y Ottey demostraron que la velocidad no se pierde aun cuando se haya rebasado ampliamente la treintena.

Los Mundiales encumbraron a las atletas chinas, que barrieron para casa los títulos de 1.500, 3.000 y 10.000 metros, consolidaron el prestigio del argelino Nurredin Morceli --vencedor en 1.500--, puesto en entredicho tras su derrota en la final olímpica de Barcelona, y dejaron solo al ucraniano Sergey Bubka en la lista de atletas que ganaron los cuatro títulos mundiales disputados.

Johnson, al olvido Carl Lewis, el atleta más laureado de la historia, no pudo retener su corona en 100 metros --terminó de cuarto--, y en la final de 200 el hombre que atesora ocho medallas de oro olímpicas y otras tantas mundiales hubo de conformarse con el bronce.

Lewis, de 33 años, parece haber emprendido el camino hacia el ocaso al tiempo que el canadiense Ben Johnson, que fuera su encarnizado rival hasta los Juegos Olímpicos de Seúl, se ganó un puesto perpetuo en la historia de los atletas tramposos al dar positivo por segunda vez --y última-- de su carrera deportiva.

El 3 de marzo, el diario Star de Toronto estremeció el mundo atlético al dar cuenta de que Johnson, el hombre que llegó a correr los 100 metros en 9.79, había sido cazado en un control de dopaje tras la reunión del 17 de enero en Montreal. La sanción por reincidente fue a perpetuidad y no le quedaron ganas, siquiera, de recurrir a los tribunales en defensa de su maltrecha dignidad.

Las atletas chinas sembraron de sospecha el año deportivo con sus portentosas exhibiciones en los Mundiales y en los Juegos Nacionales de Pekín. La argelina Hassiba Boulmerka, tantas veces inalcanzable en 1.500 metros, pareció una joven aprendiza en Stuttgart ante la china Dong Liu.

Wang Junxia destrozó en Pekín las plusmarcas de 10.000 y 3.000 metros para dejarlas en 29.31,78 y 8.06,13, en tanto que su compatriota Qu Yunxia mejoraba en dos segundos (3.50,46) el récord mundial de 1.500 metros que durante 13 años había permanecido en poder de la rusa Tatiana Kazankina. La sombra del dopaje recorrió los mentideros atléticos de todo el mundo.

Para el atletismo latinoamericano, 1993 supuso la pérdida de una de sus dos plusmarcas mundiales. Javier Sotomayor reforzó su récord elevándolo un centímetro, pero el mexicano Arturo Barrios perdió el suyo de 10.000 metros (27.08,23) en beneficio del keniano Richard Chelimo, que el 5 de julio en Estocolmo (Suecia) corrió la distancia en 27.07,91.

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