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LOS MATADORES DE GIGANTES

LOS MATADORES DE GIGANTES

La mano invisible del mercado a veces porta una estaca contundente y se lleva por delante a los gigantes más vigorosos a la Pan American y a la Eastern en el pasado, y ahora comienza a suceder a colosos de la talla de IBM, Mitsubishi o General Motors. Mientras más grandes son las empresas, más difícil es variar el curso del desastre y -a la postre- más ruido hacen en la caída. En principio pudiera aparecer que estos fracasos son una desgracia colectiva, pero eso no suele ser cierto. Son desgracias personales. Hay unos cuantos millares de hombres y mujeres que se ven directamente afectados por la desaparición de sus puestos de trabajo o por la pérdida de valor de sus acciones, pero en otros sectores de la econo ia emergen otras empresas favoritas que contratan millares de nuevos empleados y reparten dividendos entre otros accionistas más afortunados.

Es algo así como darwinismo económico. Sólo puede sobrevivir aquellas criaturas empresariales que mejor se adpaten a los rigores del mercado. IBM se tambalea --es cierto- pero Microsoft, Apple, Dell, Motorola y otras decenas de empresas jóvenes y dinámicas, más pequeñas o ágiles, saltan a la arena con productos más innovadores y baratos. Desde el graderío, el público consumidor, cruel e indiferente, sin otra lealtad que la búsqueda de su propio beneficio, alza o invierte el pulgar para dar la vida o la muerte a las compañías contendientes. Así funciona el sistema.

No hay nada más revolucionario y peligroso que el mercado abierto y la libre competencia, pero ahí está, en ese combate permanente, el motor del desarrollo y del progerso. Ahí radica la dinámica que hace posible el crecimiento constante, aunque en zig-zag, de las sociedades modernas. Es importante que exista el riesgo, es importante que IBM o la General Motors puedan, potencialmente, irse a la bancarrota, para que no decaiga en el aparato productivo esa indispensable atmósfera de competencia que mantiene en tensión a los investigadores, a los gerentes, a los trabajadores, y al resto del personal que le da vida a cualquier actividad comercial de cierta envergadura. Si el planeta hoy está lleno de coches y computadores, Sí los viajes son cada vez más rápidos y cómodos, las casas más altas y confortables -me refiero, claro, al mundo desarrollado - es por que sobre cada fabricante de bienes y servicios pende la espada del desastre.

La gran tarea consiste en descubrir por qué algunos de los grandes monstruos se desploman bajo el peso de su propia estructura. No habíamos quedados en que existían unas ciencias empresariales, casi exactas, y unos componentes MBA (Master of Business Administration) que en cada momento podían proponer el curso de acción adecuado, más o menos como los ingenieros calculan el grosor de los pilares que deben sostener los puentes o los edificios? Vano error, La dirección de una empresa es cualquier cosa menos una ciencia sometida a reglas excatas. Las ecuaciones matemáticas, los escenarios financieroc construidos por la computadora, las proyecciones de marketing o los meticulosos planes de investigación y desarrollo, solo aportan un pequeño elemento de seguridad. Todo ese ejercicio de prepotente planeamiento puede venirse al suelo ante un hallazgo científico inesperado, una nueva técnica de venta o un inexplicable cambio en los gustos de los compradores. Más aún: si desapareciera de la actividad económica el factor de incertidumbre -la imposibilidad real de prever el mañana- probablemente se destruirían los fundamentos de la economía de mercado.

Algo de esto dejó escrito a principios de siglo el austriaco Joseph Schumpeter, uno de los grandes economistas de la cuerda liberal, cuando opinó que la clave fundamental del éxito empresarial no estba en las máquinas o en las ventajas financieras, sino en la indomable voluntad de ciertos capitanes de industria, tercamente empeñados a llevar adelante sus sueños y proyectos. Y es posible, pues, que eso sea lo que se pierde en las grandes empresas y lo que acaban por debilitarlas: el empuje decidido y a veces neurótico de una persona resuelta a triunfar. En el fondo esos son los ghrandes revolucionarios de la historia. Los que salen al mercado a matar gigantes en emboscadas totalmente inpredecibles. Así funciona el sistema.

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