NI CHICHA NI LIMONADA

NI CHICHA NI LIMONADA

Me siento defraudado y aliviado a la vez cuando veo la furiosa conmoción que ha creado el Grupo Santodomingo por el comentario sobre el proyecto para rebajarle el impuesto a la cerveza que escribió en este diario Francisco Santos. Defraudado porque el travieso Pacho se me adelantó en un tema que yo venía craneando desde que supe que la Cola y Pola era un refajo sospechoso de más limonada que chicha. Pero en periodismo uno no puede ponerse muy caviloso ante los temas de a bulto y yo me demoré mucho tratando de entender y averiguando, claro cómo había operado la extraña metamorfosis de la bebida que el Grupo Santodomingo sacó al mercado para adelantarse al de Ardila Lulle.

23 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

Se trataba de establecer cómo había sido aquello de que el Ministerio de Salud, o el Consejo de Estado, o alguien que aún no tengo claro, decretó que ese producto, que había sido promovido en una ofensiva publicitaria sin precedentes como mitad cerveza y mitad gaseosa (con color de Colombiana), no era en realidad un refajo. Es decir, que no tenía por qué pagar el impuesto que le corresponde a una bebida con contenido alcohólico. En este caso del dos por ciento. Parece que es algo distinto. Un menjurje indefinible y no susceptible de rendirle el tradicional tributo al Estado. Un producto autónomo como bien lo definió por Caracol el vicepresidente de Bavaria, Javier Hoyos, que no es ni cerveza ni gaseosa. Según el pintoresco símil del doctor Hoyos, es como la mezcla del color azul con el amarillo, que da verde. Un color distinto, que no tiene que ver con el uno ni con el otro. Ni chicha, ni limonada. Defraudado decía, porque cuando aún cavilaba sobre los vericuetos jurídicos, económicos, políticos de esta pirueta fiscal, cuya implicación legal es que los niños pueden (y tal vez deben, porque a lo mejor también es alimenticia ) llevar Cola y Pola en sus loncheras al colegio, surgió el proyecto de reducirle el impuesto a la cerveza. Y mientras trataba de asimilar este nuevo e insólito hecho, y las protestas de los gobernadores que se quedarían sin ingresos fiscales (departamentos como Sucre y Córdoba reciben hasta el 70 por ciento de sus rentas del impuesto a la cerveza), y los argumentos de la industria cervecera (el pueblo podrá consumir más pola y no se emborrachará con cervezas venezolanas o alemanas, que de todos modos cuestan dos o tres veces más), mientras me decía Esto no es lógico, aquí hay algo raro , se me adelantó Francisco y provocó la iracunda reacción del más poderoso grupo económico del país. Y ahí fue cuando me sentí aliviado. Al ver que hubiera podido ser yo el tildado cada media hora durante todo un día por Caracol como periodista ignorante y de mala fe . Al escuchar a don Darío Arizmendi y su combo de 6 a 9 dedicar todo el programa a refutar los planteamientos del columnista de EL TIEMPO, con argumentos que iban desde la pelea por la Designatura hasta la competencia por la telefonía celular. Al escuchar la forma como les inducían las respuestas a los parlamentarios a quienes entrevistaban, para que denigraran del periodista en particular y de este periódico en general, me dije: Huy, qué miedo. Hubiera podido ser yo el del tierrero .

Pero como está la cosa, hay que hacer algunas precisiones. No cuestiono la legitimidad del lobby que puede hacer un grupo privado ante el Congreso para defender sus intereses. Tampoco los motivos que hayan podido tener los representantes que impulsaron o respaldaron el proyecto de reducirle el impuesto a la cerveza. En las respuestas que dieron al acoso radial de Caracol y del doctor Corneta se aprecia el grado de sumisión o independencia de cada cual frente a las presiones del Grupo.

Lo que me parece francamente aterrador es la forma como utiliza un conglomerado económico los medios de comunicación que ha comprado para aplastar a sus críticos. Ya habíamos visto anteriores manifestaciones de esa actitud, pero lo de esta semana fue una confirmación bien preocupante de tal fenómeno. Se trata de un estilo arrogante y apabullante. Irrespeta a la opinión, al saturarla de informaciones, entrevistas y comentarios de un estrecho sabor comercial. Y atenta contra la dignidad profesional de los periodistas a su servicio, obligándolos a actuar como perros de presa en la defensa de los intereses supremos del conglomerado. El Grupo definitivamente no ha aprendido a manejar con las debidas sobriedad y mesura los cada día más numerosos medios a su disposición. Imagino que mañana me lloverán rayos y centellas por esta columna. Arizmendi hablará de que EL TIEMPO es un grupo económico como el de Santodomingo; que yo tengo acciones en QAP; que la libertad de empresa y la de prensa son la misma cosa, etc. Se me acabó el espacio y se quedan en el tintero tantas cosas. Pero no importa. En realidad este es un tema muy polémico y casi pugnaz para estas épocas navideñas. Propongo entonces un brindis de amor y paz entre los hombres de buena voluntad. Pero que sea con vino tinto, ron blanco o whisky puro. Para al menos saber qué estamos tomando.

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