MEDITACIONES A LA SOMBRA DE UN MURO INEXISTENTE

MEDITACIONES A LA SOMBRA DE UN MURO INEXISTENTE

El 9 de noviembre fue el cuarto aniversario. Todavía guardo en mi escritorio un trozo del Muro de Berlín, y en la memoria las imágenes imborrables de aquellos increíbles días de temores y esperanzas. No creo que la vida hasta que Cuba sea libre me depare otros momentos más intensos y alegres. Por qué se hundió el comunismo? Por qué, súbitamente, fue derribado el Muro y el marxismo se convirtió, de pronto, en una antigualla de museo? Busquemos la respuesta en otro sitio. Situémonos como en los guiones que acompañan las obras de teatro. Moscú del postgorbachovismo. Oficina suntuosa si se juzga por los cánones de la pobre estética soviética. Frente a mí, un anciano ruso con gran personalidad que habla y piensa en inglés brillantemente. Se trata de Alexander Yakolev, principal teórico de la perestroika. Fue el verdadero poder intelectual tras el trono político de Gorbachov. Durante dos horas hemos discutido sobre la historial del comunismo ruso. La conversación se hace densa, pero al

23 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

Qué había en el comunismo que no se adaptaba a la naturaleza humana? Yakolev nunca me contestó esa pregunta, porque no se la hice, pero yo me atrevo a esbozar una respuesta: porque negaba la esencia del individuo. Porque apelaba a la Humanidad en abstracto y se olvidaba de los individuos concretos. Se olvidaba de que el rasgo más notable e inquietante que distingue a las personas del resto de las criaturas del planeta, es la fuerte conciencia de un yo individual que domina nuestros actos. Un yoque demanda esfuerzos extraños y extraordinarios, día a día, minuto a minuto, desde que abrimos los ojos en la mañana, hasta que los cerramos en la noche, y así hasta el momento en que alguien nos extiende la piadosa cortesía de bajarnos los párpados para siempre.

Cada uno de nosotros al contrario de las abejas o de las panteras, gobernadas por instintos mecánicos tiene que alimentar emocionalmente ese yo insaciable e incansable. Estamos obligados a construir una imagen íntima de nosotros mismos y a proyectarla entre la multitud de los otros yo que nos rodean. Para eso vivimos. Para eso trabajamos. Para eso amamos y odiamos, porque las emociones no son otra cosa que la expresión de esa batalla incesante que mantiene nuestro yo con el yo no siempre hospitalario y cooperador de los demás. Unos yo que se resisten a la uniformidad porque su vocación y su destino biológico son ser distintos, diferentes, claramente identificables entre la enorme abundancia de congéneres.

Es posible que esta necesidad sicológica de prevalecer, de afirmarnos constantemente, que caracteriza a nuestra especie, exija una cruel carga de esfuerzo y de energías, pero también es posible que todo el progreso humano se deba a esta extraña y oscura urgencia interior que nos impulsa a actuar de una manera diferente y a cambiar la realidad con cada uno de nuestros actos.

Por eso se equivocaban los marxistas cuando pretendían, en nombre de unas supuestas leyes históricas, que un pequeño grupo de elegidos la vanguardia del proletariado, el partido comunista tomara las decisiones económicas y políticas en representación del resto de sus ciudadanos. Marx seguramente no descubrió las leyes que regulan el curso de la historia entre otras cosas porque no existen pero atentó contra el delicado mecanismo interior de quienes debían ser los agentes de su epopeya. Marx no se dio cuenta de que las personas necesitan tomar decisiones libremente, en el terreno de las opciones múltiples, porque la vida de los seres racionales consiste en participar individualmente en un inacabable proceso de tanteos y errores, al que muy bien puede concebirse como una especie de mercado infinito en el que todos los hechos que acaecen se interrelacionan y afectan mutua y constantemente.

Por eso las utopías políticas son tan dañinas y peligrosas, tan contrarias a la naturaleza humana. Los utopistas, los ingenieros humanos, pretenden saber lo que les conviene a las personas, y definen y deciden cómo debe ser la sociedad, lo que los condena a tratar de extirpar a todos los seres malignos que se oponen a ese destino radiante. De ahí que los sueños utópicos invariablemente terminen en sangrientas pesadillas.

Los utopistas, los ideólogos convencidos de que saben de dónde viene la humanidad, y lo que es más grave hacia dónde le conviene marchar, ignoran que el barro primigenio con que el hombre está hecho es el de la incertidumbre, la indeterminación, la falta, precismante, de un destino unívoco, porque su vida cambiante la va construyendo lentamente con millones de decisiones instantáneas que escapan a cualquier formulación esquemática, circunstancia que contribuye, al mismo tiempo, al enriquecimiento, la variedad y el permanente estímulo creativo. La gran aventura humana es eso: no conocer lo que hay detrás del horizonte, pero salir todos los días a perseguirlo, aun a sabienda de que el mañana, como nuestra sombra, siempre se desplaza junto a nosotros y a la misma inseparable distancia. Los marxistas olvidaron esta dimensión profunda. Por eso, un día, se desplomaron los muros. (Firmas Press).

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.