LA ANGUSTIA DE IRIS MURDOCH

LA ANGUSTIA DE IRIS MURDOCH

Cuando Iris Murdoch se apresta a publicar su cuadragésima novela, en enero del próximo año, su figura domina la ficción inglesa, con justa y merecida reputación. Su reciente preocupación por la disminución del sentimiento religioso es digna de comentario, aunque se acerca al dilema de Voltaire. El autor de ándido se esforzaba por demoler una religión, en la cual él mismo no dejaba de creer enteramente, angustiado por los efectos disociadores de su labor. Sabedor de la inutilidad de fundar la moral y la ética sobre bases eudemonológicas, finalmente llegó al apotegma de Si Dieu n existe pas, il faul l inventer.

22 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

Iris Murdoch, además filósofa, porque dictó esa asignatura en Oxford desde 1948 hasta 1962, está angustiada por la desaparición de la religión, como revela un reciente e importante reportaje a la celebrada autora de Under the net y The bell, inolvidable novela sobre el bien y el mal. Para ella la necesidad de preservar la religión en la sociedad solamente es comparable a la importancia de la filosofía para la misma, porque para la autora, la filosofía es ante todo filosofía moral .

Criada en el anglicanismo y dentro de una cultura cristiana, exclama: No es fácil explicarlo a la gente, pero el hecho es que perder el cristianismo sería una cosa muy horrible . Luego continúa con el elogio de la figura de Cristo, para ella muy convincente.

Pero la angustia de Iris Murdoch tiene un toque dudoso, en el fondo volteriano, porque a continuación nos dice que ella no cree en Dios, ni en Jesucristo como Su Hijo, ni en la inmortalidad del alma. Entonces esa angustia es simplemente nostalgia. Allí hay tan sólo una posición elitista, que deja para el pueblo la creencia que no puede admitir el intelectual , a pesar de que se horroriza por las consecuencias prácticas de la incredulidad, como la desaparición de los sentimientos nobles, de la vida moral y de la posibilidad de una amable convivencia humana. Estas sólo son posibles en un contexto religioso, acorde en cada una de las sociedades con las creencias ancestrales, que las han configurado y que cuando desaparecen dejan un vacío aterrador que a nadie conviene.

Prefiero desde luego la creencia a la nostalgia: si el cristianismo no es verdadero no existe razón para predicarlo, ni para preservarlo, y es mejor hundirse en el néant terrible de Sartre, escritor sin vigencia hoy, que Iris Murdoch trató y siguió en la posguerra, pero más consecuente en su trágica, desoladora y triste visión de la vida que la novelista inglesa.

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