LA QUEBRADA DEJÓ SIN FAMILIA A MARÍA CRISTINA

LA QUEBRADA DEJÓ SIN FAMILIA A MARÍA CRISTINA

En el pequeño lote que ocupa el cementerio de la iglesia presbiteriana de Dabeiba, María Cristina Escobar Restrepo se arrodilla sobre el piso de tierra mojada y enlaza sus manos en señal de oración. Son las 12 del día del domingo 19 de diciembre. El sol pega fuerte y una brisa suave que baja de las montañas le seca rápidamente las lágrimas que brotan profusamente de sus ojos. Frente a María Cristina y a nivel del suelo, hay tres nichos donde el sepulturero da los últimos toques. Allí acaban de ser sepultados su madre, Judith Restrepo, de 58 años; su hermana, Marta Cecilia, de 29, y Sergio Hernán Lopera Escobar, de 9 años, hijo de esta última.

21 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

Ellos fueron arrastrados por las aguas de la quebrada la Desmotadora, que el viernes pasado se represó y arrasó más de 25 casas de La Soledad, un barrio de Dabeiba.

Pero ahí no termina la tragedia para la familia Escobar Restrepo. La corriente también se llevó al padre de María Cristina, Sergio Escobar, de 85 años, y a Carlos Mario Lopera, de 9, hijo menor de Marta Cecilia. Sus cuerpos no han sido rescatados.

Los Higuita Restrepo y los Zuluaga Montoya son otros grupos familiares cuyos miembros murieron o desaparecieron en las aguas del río Sucio. Han sido rescatados 28 cadáveres, pero el Servicio de Salud de Antioquia dice que murieron 37 personas.

Antes del entierro, el pastor de la iglesia presbitariana, situada en la avenida principal, ofició una sencilla ceremonia, cantó y leyó fragmentos de la Biblia. Al terminar, los tres cadáveres fueron cargados por familiares y amigos, y llevados por un estrecho y empinado camino, hasta el cementerio, en la parte alta de Dabeiba.

Me duele mucho la muerte de mis padres dice María Cristina, pero la tragedia de mi hermana Marta nos ha tocado en lo más profundo .

Marta, al igual que su esposo, Oscar Lopera, era pastora de la iglesia interamericana de Necoclí, en Urabá, desde hace tres años. Marta y sus dos pequeños hijos habían llegado a Dabeiba la semana pasada para quedarse en la casa de sus padres hasta el domingo pasado. Entre tanto, Oscar arreglaba algunos asuntos en Necoclí y se iba a reunir con ella ayer lunes para viajar a Medellín, pues la iglesia los había nombrado como pastores en La Ceja (Antioquia).

Marta Cecilia era la segunda de los cuatro hijos de Sergio Escobar, un mecánico industrial nacido en El Cerrito (Valle), que llegó a Dabeiba como trabajador de la carretera al mar. Allí conoció a Judith Restrepo, una modista, con quien contrajo matrimonio. Les sobreviven sus hijos Matilde, Eduardo y María Cristina.

Don Sergio, como le decía la gente, trabajaba en el pueblo o en las veredas reparando motores diesel para plantas eléctricas. Judith, su esposa, era ama de casa y cosía esporádicamente.

Con la mirada fija en los nichos del cementerio, María Cristina recuerda el día de la avalancha y los últimos momentos que vio con vida a su familia. Yo trabajo en el hospital como auxiliar de estadística y todos los días que salgo, paso y entro un rato a saludar a mis padres. Media hora antes de la borrasca, yo hablé con todos. Saludé a Marta Cecilia sobre sus planes en La Ceja, jugué con mis dos sobrinos y aproveché para llevarle una droga a mi papá, quien sufría de una dolencia en las rodillas.

Mi mamá me comentó que estaba muy cansada de trabajar todo el día. Mi papá se puso a cargar a Sara, mi niña de un año. Por el dolor en las rodillas, casi no salía de la casa. Mi papá me dijo: No se vaya todavía, espere otro ratico . Yo le dije que iba a llover y la niña estaba muy agripada. A las 6 de a tarde me vine para la casa. Cuando estaba allá, sentimos un ruido muy fuerte.

Mi esposo cogió a la niña pequeñita y yo, al niño mayor, y salimos corriendo. En ese momento se largó un aguacero impresionante. Salimos corriendo por el potrero. Inmediatamente pensé en mi papá y mi mamá. Traté de bajar, pero un policía no me dejó. Yo dije: Dios mío, se llevó a mis papás , pero la gente que llegaba de la parte de abajo y a la que le preguntaba por ellos me decía que habían sacado a mi papá. Yo tenía esa esperanza y pensaba que sí habían lo habían sacado porque casi no podía caminar; mi mamá, mi hermana y sus dos hijos pudieron salir .

Cuando todo estuvo más calmado y ya no había tanto pánico, María Cristina bajó con su esposo hasta la calle Murillo Toro, donde estaba la casa. Quedaron estupefactos. En vez de la calle se encontraron con un arroyo de agua turbia, piedras, lodo y troncos, que corría torrentosa buscando el río Sucio.

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