Un momento difícil en la lactancia

Un momento difícil en la lactancia

Por temor a que su leche no fuera suficiente para satisfacer al bebé, Ana María decidió complementar la alimentación de su hijo con fórmula láctea.

02 de enero 2008 , 12:00 a.m.

Cinco días después del nacimiento del niño, comenzó a experimentar fiebre, dolor y endurecimiento de uno de sus senos, lo que la obligó a acudir a urgencias. El diagnóstico: mastitis o inflamación del tejido mamario.

Se trata de una enfermedad que, casi siempre, está relacionada con el puerperio; es decir, el periodo de recuperación después del parto. La causa es un germen que normalmente existe en la piel cercana al pezón y a la areola y que, a través de fisuras presentes en el área, ingresa a los conductos dilatados por la lactancia . Estas fisuras suelen ser el resultado de la continua succión del bebé quien, algunas veces, puede morder el pezón aumentando el riesgo de que haya sangrado.

Cuando la leche no se extrae de manera adecuada, se produce una inflamación que puede terminar en un proceso infeccioso e, incluso, en un absceso mamario (presencia de pus).

Entre un 10 y un 15 por ciento de las mujeres que amamantan pueden desarrollar mastitis relacionada con la lactancia. Esta suele presentarse en los primeros tres meses posteriores al parto e, incluso, en la primera semana.

Señales de la enfermedad Es importante prestarle atención a síntomas como dolor en uno de los senos, sensación de calor, enrojecimiento de la piel de la mama, fiebre y, en el peor de los casos, secreción purulenta, es decir, cuando se forma absceso, caso en el cual se requiere drenaje.

La formación de este último se presenta, por ejemplo, cuando a la mujer le cuesta trabajo seguir amamantando a su bebé por el dolor y endurecimiento del seno, favoreciendo la acumulación de la leche, que al estancarse, puede provocar una infección.

A partir del diagnóstico, se inicia tratamiento con antibióticos que dura, en promedio, de 7 a 10 días.

De igual forma, se aplican compresas de calor en el área inflamada. La mujer debe intentar sacar la leche del seno afectado, hasta vaciarlo por completo, pero no amamantar al bebé por este, sino por el seno contrario.

Es clave, igualmente, que aumente el consumo de líquidos.

La mayoría de mastitis agudas se resuelven con medidas locales y antibióticos; un porcentaje no mayor al 10 por ciento puede terminar en un absceso mamario.

¿Se puede prevenir? Existen factores de riesgo para desarrollar esta enfermedad benigna como: mastitis después de un embarazo previo, grietas en el pezón, técnicas inadecuadas de alimentación (por ejemplo, utilizar solo una postura para amamantar al bebé) o usar un brassier demasiado ceñido que llegue a obstruir el flujo de leche.

Teniendo en cuenta lo anterior, es recomendable que la mujer, al amamantar a su pequeño, procure que este desocupe por completo sus senos.

Saltarse una toma puede favorecer su congestión; por eso, es importante mantener la rutina, acorde con las necesidades del infante.

En caso de que los senos se congestionen, son útiles los paños de agua tibia para distensionar la piel del seno -hacerlo durante cinco minutos-.

Asimismo, es recomendable limpiar la saliva del bebé con un poco de agua estéril después de cada toma.

No sobra tener en cuenta otra precaución: utilizar algún tipo de protector que evite el contacto directo del pezón con el brassier.

Si no es posible amamantar...

Cuando la paciente no puede alimentar normalmente a su hijo, debe extraerse la leche con un mamador para evitar que esta se acumule.

Normalmente, la mujer produce leche a partir de la succión continua del infante. Cuando este no lo hace, es a ella a quien le corresponde estimular la salida del líquido. Por tal motivo, es recomendable que se la saque cada dos o tres horas. Así mantiene el estímulo de succión y favorece la liberación de oxitocina y prolactina, que son las dos hormonas encargadas del proceso.

Esta rutina le permitirá, en la práctica, lograr que paulatinamente salga mayor cantidad de leche hasta el punto de tener una reserva.

Otros tipos de mastitis Además de aquellas relacionadas con la lactancia, existen otras que se presentan cuando hay una patología benigna en los conductos galactóforos de la mama, que hace que se se dilaten.

Es frecuente en pacientes fumadoras y se manifiesta, generalmente, por abscesos o fístulas que se producen alrededor de la areola. Esto se contrarresta con calor local y antibióticos.

Otras mastitis se presentan en mujeres de cualquier edad y no están relacionadas con lactancia. Las causas no son muy claras y se aduce que están relacionadas con la tuberculosis o la sarcoidisis.

En este caso, es importante hacer un diagnóstico diferencial con cáncer (se realizan biopsias), pues esta clase de mastitis se puede confundir con dicha enfermedad.

Sus síntomas son enrojecimiento del seno, inflamación y secreciones por el pezón. Asesoría: José Joaquín Caicedo, mastólogo; Edgar Acuña, ginecoobstetra y María Constanza Castilla, pediatra experta en lactancia materna .

CONSEJOS PARA ALIMENTAR AL BEBÉ.

El recién nacido debe succionar un seno hasta desocuparlo por completo, permitiéndole que se alimente de la porción grasa que va al final de cada mamada.

Se debe colocar cada tres a cuatro horas por espacios cortos. Luego de 24 horas y durante el tiempo de lactancia exclusiva, la alimentación debe ser a libre demanda, es decir, cada vez que el bebé lo solicite.

La mejor posición para alimentarlo es aquella con la que la mujer se sienta más cómoda. Sin embargo, existen algunas recomendaciones: la cabeza del bebé debe estar en el pliegue del codo del brazo de la mamá, el brazo del bebé atrás (abrazando), la mano de ella debe sostener las nalgas del pequeño y el abdomen de ambos debe estar en contacto, ombligo con ombligo.

Un 'buen agarre' del pezón garantiza el 80 por ciento del éxito de lactancia. Necesita de una boca completamente abierta y que la punta del pezón toque el paladar blando del bebé (la parte más posterior del paladar).

Los labios del niño deben abarcar toda la areola.

El sueño ayuda al sano crecimiento.

Sin importar el cansancio tras el parto, usted siempre querrá detallar a su pequeño y conocer el color de sus ojos.

Pero él necesita recobrar la energía que le tomó salir del vientre y, durante su fase de maduración cerebral, dormirá la mayor parte del día y la noche. Asimismo, se despertará a comer cada 3 o 4 horas.

El bebé puede pasar su primer día de vida en los brazos de Morfeo y así será hasta los 3 meses, cuando se acostumbre a dormir entre 16 y 18 horas diarias al estabilizarse, naturalmente, el ritmo circadiano (ritmo o reloj biológico que permite que el organismo diferencie entre el día y la noche).

"Que los padres sigan rutinas ordenadas en casa y que, además, manejen expectativas realistas a la edad del niño estabiliza el ritmo circadiano para que duerma toda la noche”, explica la sicóloga especialista en desarrollo y crianza, Paula Bernal.

Así, a los 6 meses (cuando el bebé ya no necesita comer cada 3 o 4 horas) no será necesario despertarse a lo largo de la noche para alimentar al niño, excepto en los casos que indique el pediatra.

A pesar de las particularidades, los expertos sugieren que cuando el bebé tiene entre 1 y 4 semanas de vida, debe dormir entre 15 horas y media y 16 horas y media; entre los 4 y 12 meses, entre 14 y 15 horas (10 a 12 horas en la noche y 4 o 5 en el día); de 1 a 3 años, entre 11 y 14 horas por día (10 a 12 horas en la noche y 2 a 3 en el día); y entre 3 y 6 años, 10 a 12 horas en la noche, sin siesta diurna, pues esta solo se hace hasta los primeros 4 meses.

Un monstruo debajo de la cama.

Las pesadillas aparecen hacia los 2 o 3 años. Ocurren en la fase MOR del sueño (movimiento ocular rápido) y se asocian con miedos normales de la niñez.

“Son momentos en que hay conciencia de los peligros que acechan en la cotidianidad. A los 2 años, son los monstruos de la televisión; a los 4, personajes como brujas y a los 7, amenazas reales como ladrones o riesgos físicos como muerte propia o de sus padres”, dice la sicóloga especialista en infancia, Cecilia Zuleta.

Aunque son normales, los padres pueden prevenirlas y manejarlas. “Deben prepararse: contar con un monitor o tener su cuarto cerca al del niño para escuchar si grita y atenderlo”, explica la sicóloga experta en desarrollo y crianza, Paula Bernal.

Acuda ante sus gritos Hable con él de la pesadilla; así salen a flote los miedos del menor y sentirá que hay una solución, gracias a la compañía de los padres.

Nunca desvalorice a su hijo por tener pesadillas. Dígale que usted lo protege y entiende su miedo; que es seguro donde está y que puede volver a dormir.

Quédese mientras se tranquiliza y/o se duerma. Cantar y leer un libro, ayuda. No lo despierte. Usted solo debe estar con él si se despierta; si no lo hace, espere, por lo general, sigue durmiendo.

No permita que el niño pase a la cama de los padres; de este modo se generan hábitos inapropiados y el menor interioriza que su cama no es segura.

Si son recurrentes, acuda a un profesional en sicología infantil.

“En ocasiones, los conflictos familiares, el abuso o las enfermedades son muy estresantes y pueden expresarse a través de las pesadillas”, agrega Bernal.

Cree una rutina de buenos hábitos de sueño; dé siempre las ‘buenas noches’ y dígale a su hijo que lo ama.

'' No pierda la paciencia. Un niño asustado necesita amor y seguridad, no regaños o reproches. Eventualmente, las pesadillas desaparecerán”.

Paula Andrea Bernal, sicóloga experta en desarrollo y crianza.

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