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‘Carenalga’

‘Carenalga’

Pensaba que era inmortal, y tal vez lo era desde que estaba chiquito, por ello parlaba de lo humano y lo divino como si nada de ello tuviera que ver con él. Y lo hacía últimamente mientras entizaba el taco en un chico de carambolas a tres bandas y apuraba una Pilsen a pico de botella, con los fieles operarios de su factoría de piernas artificiales. Encantaba con la palabra como un conjuro, y usaba las más raras para despertar los oídos de sus oyentes. Ello no impidió que la muerte pasara por él la noche del 21 de diciembre en forma de un fulminante infarto, para llevarlo a la clínica en la que entraría por salida con los pies por delante.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
02 de enero 2008 , 12:00 a. m.

Lo que menos le hubiera gustado era que alguien le escribiera una nota fúnebre, y menos yo, y menos con este título. Carenalga, carita. Era el apodo cariñoso que le habían aplicado los ácidos atorrantes del grupo, en vista de sus sugestivos cachetes. Fue el poeta más arrogante que pudo darse sobre la parda tierra. En el Bar Metropol, en la calle Junín, en Medellín, que en sus poemas vaticinaba que se convertiría en bulevar, la tarde que nos conocimos tuve la mala suerte de ganarle una partida de ajedrez aplicando los trucos de un personaje de Nabokov.

No me lo perdonó nunca, y se ensañó contra mis poemas, tan precoces como procaces. Mientras que yo me expresaba como un titiritero de la feria del libro en Buenaventura, su tono tenía la pompa de Salomón a Kavafis pasado por Saint John Perse. Alberto Escobar Ángel. De los Escobares de Medellín y de los Ángeles del infierno. Autor, a los 18 años, del poema amoroso más bello jamás escrito, Sinónimos de la angustia, publicado en 1960 en la antología Trece poetas nadaístas, de los cuales han desaparecido el compilador, su carnal Amílcar Osorio, Darío Lemos, Guillermo Trujillo, Humberto Navarro, Diego León Giraldo. Con ellos desapareció el nadaísmo.

Persistimos en el enredo, es decir, comiendo del muerto, Elmo Valencia, Eduardo Escobar, Jaime Jaramillo Escobar, Jaime Espinel, Mario Rivero y este Jotamario que es el cuento de nunca finiquitar.

Hace cincuenta años le hizo la segunda a Gonzalo Arango para fundar el nadaísmo, esa sociedad secreta de infantes de poesía que los enemigos pretendieron destruir prodigándole una publicidad desmedida. Él le trajo al profeta al genio más atorrante de la futura literatura mundial, Amílcar Osorio, quien después de aportar los derroteros accidentados y sinuosos de la nueva expresión poética, se marginaría partiendo hacia los Estados Unidos, donde lo acompañaría Alberto Escobar, a estudiar ortopedia, Jaime Espinel, Malmgren Restrepo. Álvaro Medina y Diego León Giraldo y pupilos, a establecer una severa competencia nadaísta a los poetas de la Beat Generation.

Alberto escribió un texto poético, a la manera elegíaca, cuando la muerte de Amílcar, que era su álter ego. Amílcar había escrito un extenso poema laudatorio cuando nació Juan Pablo, el hijo de Alberto. Alberto como Amílcar, más sabios, se sumieron en el silencio público, mientras otros como Eduardo Escobar, Elmo Valencia, Darío Lemos, Pablus Gallinazo y yo, asumimos la algarabía.

En su pícara Medellín, Alberto estableció su empresa de miembros artificiales, a la que tuvo el acierto de bautizar Orto, con el humor negro de sus apetencias. Se convirtió en un hombre rico, las minas antipersonales le cayeron del cielo, como un nuevo mesías puso a caminar a los cojos, se convirtió en el personaje de la ciudad. A pesar de que la burguesía paisa lo había vetado por utilizar el mimeógrafo de Coltejer, cuando manejaba sus relaciones públicas, para imprimir el Manifiesto Nadaísta a los Escribanos Católicos, y escupiera las hostias en el anden de la catedral metropolitana cuando el episodio del santísimo sacrilegio.

Últimamente escribía, con la paciencia de un monje de la orden de San Benito, un poema tan extenso como la vida, Nicanor desafina la dulzaina. Un amigo muy fiel, Omar Castillo, vela por su obra. Sully, su bella mujer persa, lo llora. Yo también

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