SÍ, NO ERA APTO PARA CARDÍACOS!

SÍ, NO ERA APTO PARA CARDÍACOS!

Final espectacular e histórica en el fútbol profesional colombiano porque tres de los cuatro protagonistas celebraron la conquista del título en la jornada dominical. Junior se coronó al ganarle 3-2 a América, con gol en el último minuto a cargo de Oswaldo McKenzie.

20 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

Medellín estaba en plena euforia en el Atanasio Girardot. Un tanto de Carlos Castro le había significado el triunfo sobre Nacional (1-0), de paso la corona de acuerdo al resultado en Barranquilla, pero la alegría se convirtió en llanto. Fueron siete minutos de angustia.

América también acarició la posibilidad: estuvo como campeón durante 17 minutos, tras el primer gol de Alex Escobar, mientras en Medellín el encuentro estaba empatado.

Una final a la altura de este momento feliz que vive el fútbol colombiano. Y como se esperaba: de infarto.

Con el corazón en la mano... En el último minuto, Oswaldo McKenzie fijó el 3-2 sobre América y le dio paso a la locura colectiva en Barranquilla. Una final que correspondió a la gran expectativa y que será recordada por el dramatismo.

Ese zurdazo de Oswaldo McKenzie, sobre el último minuto, fue como una explosión apasionada, salida del fondo del volcán humano de cada uno de los 60 mil testigos barranquilleros apostados en el estadio Roberto Meléndez, que coronó la tercera estrella para Junior y puso fin a un partido no apto para cardíacos, en una final sin antecendentes en el fútbol colombiano.

Cuando el travieso pelao barranquillero de apellido británico eludió a Córdoba y despachó la pelota, recibida del maestro Carlos El Pibe Valderrama, aunque esta no había cruzado la línea de gol, el volante salió a festejar, pasando por encima de los reporteros gráficos y gozando en la pista atlética, frente a la vibrante tribuna de Corea , hasta cuando los fanáticos invasores lo permitieron.

Ese gol puso fin a 13 años de frustraciones barranquilleras con su equipo amado , el mejor en estadísticas durante la temporada, e inició quien sabe si la reanudación de la fiesta de las velitas porque hasta farolitos se observaron por la ciudad o la anticipación de la actividad carnavalera, en pleno furor de diciembre.

Ese gol puso fin a tantas cosas, tantas situaciones que en tan solo 90 minutos confirman el por qué el fútbol es deporte de multitudes y pasiones. Y por qué un gol es el máximo orgasmo deportivo.

Para el barranquillero era el deseo de conquistar la ansiada tercera estrella en casa, a diferencia de las dos anteriores alcanzadas en Bogotá y Cali, respectivamente. Porque el deseo de dar la vuelta olímpica era algo apenas saboreado a larga distancia.

Y el público no se cansó de darla varias veces. Una y otra vez, reemplazando a los jugadores, que jamás la dieron, por los millares de espectadores que se lanzaron desde las tribunas a la cancha, burlando la medidas de seguridad, con los torsos desnudos, embriagados de emoción, de felicidad, algo intrínsico de los hijos de esta tierra caliente con sabor caribe.

Pero hay forma de conseguirla. Luchando a brazo partido hasta el último minuto. Quizás por eso la emotividad fue mayor de esos testigos que agitaron y agitaron, sin desconsolarse, expuestos desde temprano a los rayos del sol, y que vibraron mucho más que aquellos éxitos inolvidables de la Selección Colombia en las dos últimas eliminatorias mundiales.

Junior subió al cielo y cayó de él en varias ocasiones durante los 90 minutos. Con solo comenzar el partido, ya era campeón, dado que la mayor bonificación le favorecía en el empate entre los cuatro finalistas.

El primer descenso fue a los 42 minutos. De campeón pasó a colero de la liguilla, a raiz de la igualdad en blanco entre los clubes antioqueños. Pero subió nuevamente al trono a los 13 del segundo período, cuando Niche Guerrero logró la paridad.

Medellín lo bajó a subcampeón, gracias al gol de Carlos Castro, pero segundos después, a los 31 minutos, el propio Niche un vallecaucano cuyos derechos eran de América y que con el tanto igualó la marca de más dianas en una temporada para un criollo puso el 2-1 y la confirmación una vez más que el título se quedaba en casa.

La dicha fue corta, porque cuatro minutos después Wilson Pérez, barranquillero y ex juniorista, ejecutó con maestría el tiro penal del empate a 2-2. Medellín, campeón y Junior, subcampeón.

Esa felicidad paisa también fue corta, realmente, de siete minutos, pero parecieron una eternidad, en lucha contra reloj, con los barranquilleros intentando detener las manecillas del reloj y unos hinchas rojos en Medellín, seguramente, queriendo acelerarlo en el propio estadio Atanasio Girardot.

Y lo peor, o mejor, según el caso, con situaciones de goles alternas entre Tiburones y Diablos Rojos , con cinco minutos de retraso en relación con el ya finalizado clásico antioqueño. Hasta cuando en el contraataque, en medio del corazón a punto de reventar, la tomó Pacheco y cedió a El Pibe . El número uno de América que entrega a la izquierda a McKenzie y el pelao barranquillero coloca ese zurdazo para jamás olvidar...

Y las imágenes que quedan por ahí, en medio de tantos furor. El McKenzie aporreado por la felicidad del hincha, la invasión anticipada, el mar de banderas rojiblancas, los brazos en alto de Valderrama, ese director técnico talentoso en el campo, el secuestro a los campeones y la incansable vuelta olímpica del barranquillero...

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