40 AÑOS DE BOTERO

40 AÑOS DE BOTERO

Ya cumplí los 85 años y estoy retirado de mis actividades de crítico (contribuí durante más de diez años al Art Magazine de Toronto) y como director, en colaboración con mi esposa, de la Walter Engel Gallery, también en Toronto. En este año de 1993 sucedió lo inesperado: una vez más se me abrió la puerta hacia el contacto vivo y apasionante con el arte colombiano, en forma de las obras, y del renovado contacto personal, con Fernando Botero.

19 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

Como preludio, tuve una gran sorpresa aquí, en Toronto. Después de estar cerrada por unos dos años, para ser ampliada y redecorada, la prestigiosa Art Gallery of Ontario ha incorporado a su colección permanente el óleo Los músicos de Botero. Este cuadro evoca gratos recuerdos para mí. Lo vi por primera vez en junio de 1979, montado sobre un muro, en el estudio de Botero en París. Todavía conservo la fotografía que tomé, durante esta visita, de Botero con mi esposa, parados al lado de Los músicos. Los vi por segunda vez en la grande retrospectiva de Botero en el Hirshhorn Museum de Washington, en diciembre de 1979, donde este cuadro adornó la carátula del catálogo. Y hoy se encuentra en la Art Gallery of Ontario, en Toronto.

Para explicar mi entusiasmo por el triunfo de Botero en Nueva York, séame permitido recapitular aquí algunas etapas en la carrera del artista, reflejadas en mis comentarios de años pasados. En junio de 1951, Fernando Botero, pintor de 19 años, recién llegado de Medellín, abrió su primera exposición en las Galerías de Arte de Leo Matiz en Bogotá. Extracto los siguientes comentarios de mi artículo en el Suplemento Literario de EL TIEMPO de junio 24 de 1951: La experiencia nos enseña que ante los fenómenos relámpagos, conviene observar una actitud, si no de rotunda desconfianza, al menos de prudente reserva. Muchas luces de bengala se apagaron con excesiva rapidez...

De repente, Fernando Botero es dueño de un pronunciado concepto pictórico, con reminiscencias de Picasso, Braque y Alejandro Obregón, pero a pesar de ellas bastante personal. Mujeres sentadas es una composición de gran firmeza, que da la impresión de que el artista sabe ahora a dónde va y qué desea, y logra realizarlo.

Fernando Botero se nos presenta hoy no como artista maduro, pero sí como pintor de talento, como bien fundada promesa. Sobre él recae la responsabilidad de cumplirla .

En el Suplemento Literario de EL TIEMPO del 8 de junio de 1952 escribí sobre la segunda exposición de Botero: Hace 11 meses, las Galerías de Arte de Leo Matiz se inauguraron con la primera exposición del joven pintor antioqueño que ahora se nos presenta por segunda vez en las mismas Galerías, con la cosecha de pinturas producidas en el intervalo. Fernando Botero ha cumplido más de lo prometido, y las ligeras dudas que se podían tener en la primera exposición, la sospecha, aunque remota, de un bluff de gran habilidad, quedan completamente desvirtuadas. Fernando Botero ha desistido de su modernismo exagerado y a todo precio, para dedicarse a la búsqueda de lo esencialmente pictórico. No vemos en sus nuevos cuadros ninguna influencia que pueda tacharse de imitación.

Muchos trozos de la pintura actual de Fernando Botero son de una riqueza como sólo la puede producir quien lleva la disposición específica para este arte innato desde la cuna. No vamos a emitir un pronóstico precipitado. Pero un diagnóstico ya es permitido: Fernando Botero es pintor, y de los buenos .

Con mi crítica del IX Salón Anual en el Suplemento Literario de EL TIEMPO del 17 de agosto de 1952, el periódico publicó la reproducción del cuadro de botero, distinguido con el segundo premio para pintura. En mi comentario escribí: Un nuevo e importante paso en su casi meteórica carrera dio Fernando Botero con su óleo Frente al mar , distinguido con el segundo premio de pintura... el óleo premiado es una composición vigorosa, bien construida y bien realizada, en la cual el artista sigue desarrollando su propia nota persona .

En mi resumen del año de 1952: Las artes plásticas en Bogotá , publicado en EL TIEMPO del 31 de diciembre de 1952, terminé mi nota sobre Botero: ...especialmente las composiciones multifigurales despiertan la curiosidad sobre el futuro de un artista tan extraordinariamente dotado. Actualmente, Fernando Botero está en Madrid, para estudiar. Esperemos que su instinto y su inteligencia le guíen, para que no se pierda una de las más sustanciales promesas de las últimas generaciones artísticas de Colombia .

Todavía en 1952, el editor Eddy Torres de Bogotá decidió publicar un portafolio con veinte láminas de cuadros de Botero y me invitó a escribir el prólogo. Acepté, pero desde los primeros párrafos expresé mis reservas sobre el proyecto: No son pocos los pintores jóvenes escribí que surgieron promisorios en el curso del último decenio... Qué se cumplió de tan abundantes promesas juveniles? Muy poco, en realidad. La nómina de pintores con probabilidades de entrar en la historia del arte moderno de Colombia escasamente pasa de una docena... Ante la experiencia de numerosas esperanzas defraudadas por artistas en apariencia muy dotados al presentarse por primera vez, nos volvimos más escépticos... Cómo se justifica entonces la presente monografía sobre un pintor de veinte años de edad? No será una empresa precipitada, atrevida y hasta contraproducente? Hace un año, cuando Fernando Botero organizó su primera exposición individual en las Galerías de Arte de Leo Matiz, estas preguntas no habrían podido contestarse de manera satisfactoria. Porque con esta primera exhibición, el pintor dio a conocer un conglomerado de técnicas y maneras que... no excluían la posibilidad de un bluff en el cual primara la habilidad prestidigitadora sobre un dominio sólido y consciente .

Después de relatar el desenvolvimiento del artista desde sus comienzos en Medellín, seguía: A última hora, en el IX Salón de Artistas Colombianos, inaugurado 7 de agosto de 1952, Fernando Botero obtuvo un nuevo triunfo: por su óleto Frente al mar le fue otorgado el segundo premio para pintura. Este cuadro es no solamente de inusitada solidez en su concepto y ejecución, sino se acerca ya mucho más al ideal, tan anhelado por el artista, de lo monumental .

Mi texto concluye con dos cortos párrafos: Fernando Botero se encuentra en vísperas de un viaje a España. Se propone estudiar y aprender. Y opina que es mucho lo que queda por hacer: aprovechar todos los adelantos, todos los hallazgos de la pintura moderna, pero, equipado con este patrimonio, volverse a la concepción . Eso suena sencillo. Y entraña, en efecto, un programa de dimensiones heroicas, renacentistas. Queda por ver si el ambicioso artista logra realizarlo, como sinceramente lo deseamos .

En 1962 escribí para el número 17 de la revista Plástica de Bogotá, un resumen de La pintura de hoy en Colombia . En los ocho años transcurridos desde la primera adjudicación de un premio para Botero en el IX Salón Nacional, y desde la publicación de su primera monografía, Botero se había afirmado como uno de los más destacados pintores de Colombia, y participado en certámenes internacionales, entre ellos las bienales de Venecia, de Barcelona y de Sao Paulo. En mi artículo en Plástica me referí brevemente a la primera exposición del artista en las Galerías de Leo Matiz, y su aspiración hacia lo monumental, ya realizada, y seguí: La triunfal exposición de Botero de 1959 en la Biblioteca Nacional de Bogotá y su participación en importantes certámenes colectivos lo mostraron en plena posesión de su estilo personal, seguro, contundente, monumental .

Revés en EE.UU.

Algo raro pasó en 1962. Botero tuvo su primera muestra individual en Nueva York, en la galería The Contemporaries, durante noviembre. La reacción de la crítica neoyorquina fue de sorprendente hostilidad. De mi Balance de las artes plásticas de 1962 en El Espectador dominical del 30 de diciembre de 1962 extracto los siguientes párrafos de la sección Crítica - El caso de Fernando Botero : Recientemente observamos un antagonismo radical al respecto de la pintura de Botero, entre la apreciación de la crítica bogotana, por una parte, y la crítica de Nueva York, por otra. La cosa es seria y es muy interesante. Porque según mi firme convicción, esta discrepancia, y digámoslo con claridad: esta batalla, la van a ganar la pintura de Botero y los críticos de Bogotá. Las críticas del New York Times, del Herald Tribune y de Art News son tan absurdamente malas y ridículas, que cumplen a lo menos una misión: le dan notoriedad a Fernando Botero; lo colocan en el centro de la discusión, y en resumidas cuentas le van a prestar el mismo servicio que en su época prestaron los críticos oposicionistas al impresionismo, al fauvismo, al cubismo, y a grandes artistas desde Manet, Cézanne y Picasso, hasta Dubuffet.

Jack Kroll dice en Art News: Las figuras de Botero son secretos abortos de Mussolini con una campesina idiota .

New York Herald Tribune escribe: Niños gigantescos y monstruosos, como superdesarrolladas criaturas salidas de las páginas de Lewis Carroll, se sientan ponderosamente, en una glotona, casi asesina autosatisfacción . El New York Times: Niñitas pintadas tan grandes que parecen gigantes... ocasionalmente interesantes como arte, imparten una aura de agrandada fatuidad y de perturbaciones glandulares. También enormes naturalezas muertas que contienen utensilios y viandas para los gigantes de Mr. Botero .

Sin embargo continúa mi artículo hay que llevar las cosas a sus justas proporciones. Las tres críticas citadas se publicaron en órganos importantes. Pero no representan, de ninguna manera, la opinión unánime de Estados Unidos. José Gómez Sicre, crítico ponderado y clarividente, y director de la División de Artes Visuales de la Unión Panamericana en Washington, abrió las puertas de la institución para una muestra de Botero, hace años. El Museo de Arte Moderno de Nueva York posee un óleo del artista. Y éste vive en Norteamérica de su pintura; es decir, de la venta de sus cuadros.

Treinta años Desde entonces, casi tres décadas han pasado. Botero es un artista de fama internacional, sobre quien se han publicado un sinnúmero de libros y lujosos catálogos de exposiciones en museos y galerías. Además de pintor, se ha vuelto también escultor, cuyas esculturas monumentales estaban exhibidas, durante el verano pasado, en los Campos Elíseos de París, y actualmente se encuentran en el centro de la Park Avenue de Nueva York (entre las calles 54 y 61).

En el curso de mi estada en Nueva York, en septiembre de este año, fui testigo de un momento culminante en la carrera de Fernando Botero.

Había llegado a tiempo para alcanzar a ver la importante exposición Artistas latinoamericanos del siglo XX en el Museum of Modern Art. Estaba abierta desde el 6 de junio hasta el 7 de septiembre. La afluencia del público era enorme, hasta el último día.

Abundaron los grandes nombres, con obras bien conocidas. Apenas voy a dar algunos ejemplos. Diego Rivera estaba representado con pinturas desde su época cubista durante la Primera Guerra Mundial, hasta con su Zapata con caballo blanco; José Clemente Orozco con Zapatistas, Barricada y su Autorretrato; Siqueiros con Eco de un grito; Frieda Kahlo con Las dos Friedas, y más; Wilfreso Lam con La jungla; Matta con El vértigo de Eros; Rufino Tamayo con Animales (dos perros); Edgar Negret con Navigator, una escultura de acero inoxidable, pintado.

Y allá estaban tres importantes pinturas de Botero, prominentemente desplegadas: en orden cronológico, comenzaron con La Mona Lisa a la edad de 12 años de 1959, la primera adquisición de un Botero por parte del Museo de Arte Moderno. Ya mencioné antes cómo el humor en la serie de las Mona Lisa se expresó en términos de alta pintura. Quiero revelar ahora un secreto que el artista me confió hace ya varios años, un secreto guardado hasta entonces estrictamente entre Leonardo da Vinci y Fernando Botero: la misteriosa sonrisa de la Mona Lisa radica, principalmente, en los ojos. Prueba de lo acertado de esta observación es el pasmoso parecido en la expresión de las Giocondas boterianas con la de Leonardo; en ellas, el artista demuestra también su virtuoso dominio del métier, caracterizado en esa época por una marcada nota expresionista.

El Niño de Vallecas, de 1960, inspirado en la obra de Velásquez en el Museo del Prado en Madrid, continúa brillantemente la época expresionista de Botero.

Una nueva etapa en la carrera del pintor cristalizó en 1967 con el óleo La familia presidencial. El Museum of Modern Art lo incorporó en el mismo año de su creación a su colección permanente, y hasta septiembre figuraba en la Exposición de Arte Latinoamericana. Es una obra significativa, y sin falsa modestia, el artista pone su diminuto autorretrato en un sitio análogo al de Velásquez en sus Meninas en el Museo del Prado. Hoy sabemos que este cuadro, aparte de su importancia intrínseca, anuncia el desenvolvimiento ulterior del artista. Abandonado es el pronunciado brochazo expresionista de la fase anterior. El tratamiento del color vuelve a la transparencia y pureza de los clásicos españoles e italianos. Y en la configuración de los volúmenes, especialmente en el modelado de las montañas del fondo, ya se anuncia el concepto del escultor. Las figuras, concebidas con un humor benévolo, más sonriente que hostil, están reunidas en un sólido bloque de equilibrada composición, casi simétrica.

La representación de Fernando Botero en la Exposición de Artistas Latinoamericanos lo mostró como gran pintor entre los grandes.

Escultor monumental La presencia en Nueva York de Fernando Botero como escultor fue realmente extraordinaria, en otoño de 1993. Además de las esculturas ya mencionadas en la Park Avenue, dos estatuas monumentales se enfrentaron en la Doris Freedman Plaza, al sur del Central Park: la bíblica primera pareja, en robusta visión boteresca, Adán y Eva .

Como si esto fuera poco, el 14 de septiembre se inauguró, en la Marlborough Gallery, la exposición de Esculturas Monumentales de Botero , acompañada de dibujos sobre tela del artista. Nuestro vuelo de regreso antes de la fecha de inauguración, reservado con mucha anterioridad, fue inaplazable. Tuvimos el privilegio de una visita anticipada, guiada por el propio artista.

Cuál es, pues, la posición de Botero como escultor? En primer lugar hay que decir que sus esculturas no son réplicas de las figuras de sus pinturas, transformadas literalmente a versiones tridimensionales (como, por ejemplo, es el caso de las esculturas de Giorgio de Chírico). Botero llegó a ser escultor por un impulso primario, paralelo al de pintor, casi independiente de éste. Hay períodos de meses, y hasta de años, cuando se dedica exclusivamente a la escultura, sin pintar un solo cuadro.

El escultor Botero goza de la forma sensual, rotunda, rebosante, y la configura sin inhibiciones. Esta pasión por lo voluminoso no se limita a la figura humana. Se extiende a sus interpretaciones de animales, como gatos y perros; también los caballos demuestran la misma solidez: sus piernas se convierten en columnas que soportan, en forma arquitectónica, el peso de un cuerpo macizo.

Encontramos una evolución bien distinta en Botero como pintor y como escultor. El pintor se ha alejado de sus interpretaciones muy boterescas por cierto de obras maestras de los museos europeos, para acentuar cada vez más sus raíces colombianas y latinoamericanas. El escultor, en cambio, pertenece a un concepto más universal, de raigambre europea. Pensamos en las esculturas de Renoir, de Maillol y de Henri Laurens (después de 1925), cuando buscamos antecedentes, siquiera remotos, que pudieran haber inspirado a Botero hacia sus propias, inconfundibles obras escultóricas.

Prevalece un concepto estático, reposado. Las figuras parecen gozar de su propia pesantez terrenal. Es el polo opuesto al apasionado dinamismo de Rodin. Hasta escenas como el Rapto de Europa (por Zeus, disfrazado de toro) o Los amantes son vigorosas manifestaciones plásticas, antes que mensajes de drama y pasión. La meta principal de Botero en sus esculturas, plenamente realizada, es lo monumental.

Después de seguir la carrera del artista desde hace más de cuarenta años, tengo la satisfacción de ver la vasta rsonancia que su obra encuentra en tantos centros culturales. No exagero al decir que mi última visita a Nueva York estaba bajo el signo de Fernando Botero. En él tenemos el raro caso de promesas artísticas cumplidas en abundancia.

EL AÑO BOTERO Fernando Botero terminó el 92 y empezó el 93 con sus esculturas en los Campos Elíseos en la capital francesa. Pero otros hechos consagratorios para su obra tuvieron lugar este año. Entre otros: Exposición en París de pintura en el Gran Palais.

Exposición de pintura en galería Didier Imbert en París.

Exposición de pintura en Bogotá (La corrida).

Exposiciones de pintura en Japón, Alemania y Suráfrica.

Esculturas en Park Avenue de Nueva York.

Pintura y dibujos en Galería Marlborough en Nueva York.

Confirmación de exposiciones de esculturas en Madrid y Buenos Aires (1994).

Películas sobre su obra realizadas en Europa y EE.UU.

Siete nuevos libros sobre su obra.

Exposición en San Petersburgo.

Exposición en Moscú.

Exposición en Avignon.

Precio más alto de un latinoamericano en subasta en Christie s. De Fernando Botero UN AÑO ESPECIAL PARA MI Me siento muy honrado por el reconocimiento que me hace Lecturas Dominicales. El año de 1993 ha sido sin duda el más importante para mi carrera artística. Al comienzo del año aún estaban mis esculturas en los Campos Elíseos de París. En el verano presenté mi exposición de pinturas y esculturas en el Palacio de los Papas de Avignon. En septiembre se trasladaron para la Park Avenue de Nueva York las esculturas que se habían expuesto en París. A principios de octubre inauguré mi exposición en el Museo Pushkin de Moscú.

No obstante la importancia de todos estos acontecimientos, lo que más me ha llenado de satisfacción es la exposición que acabo de inaugurar en el Museo del Ermitage en San Petersburgo, junto con el Louvre y el Prado uno de los tres grandes museos del mundo. Que yo sepa, mi exposición es la única que se le ha ofrecido a un artista vivo y se presentó tres días después de haberse descolgado la extraordinaria retrospectiva de Henri Matisse. Esta exposición en el campo de la pintura es el equivalente de los Campos Elíseos en el terreno de la escultura.

Por todo lo anterior, siento que 1993 fue un año muy especial para mí y para mi obra artística. Todo ello me estimula a continuar trabajando para hacer del año de 1994 un año tan importante como el que acabo de vivir .

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