LAS GANAS DE VIVIR

LAS GANAS DE VIVIR

Una noche, Diego López Pinto comprendió que lo peor de ser cuadripléjico es que su tiempo está determinado por el de los demás. Era la una de la mañana y necesitaba seguir estudiando para el examen de economía que debía presentar en la Universidad del Rosario, pero no quería despertar a su hermano cada cinco minutos para que le pasara la hoja del cuaderno. Cuando lo llamó, solo le dijo que quería acostarse, que le ayudara. Juan Manuel recogió los libros, lo bajó de la silla de ruedas, lo desvistió, le puso la pijama y lo acomodó en la cama.

19 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

Para Juan Manuel no era ningún problema y, muchos menos, un sacrificio. Se trataba de algo cotidiano porque desde ese 14 de noviembre de 1987, cuando un accidente automovilístico confinó a Diego a la silla de ruedas, cada miembro de la familia se turna para estar a su lado.

Los padres y los dos hermanos se alternan para copiar el trabajo que Diego les dicta, para llevarlo y recogerlo después de una fiesta, para dejarlo en la Univesidad cuando no hay carro disponible en el hogar o, incluso, para subrayar las partes del libro que él les indica.

Diego solo puede mover la cabeza y los hombros. Esa noche de noviembre, cuando un taxi fantasma golpeó con violencia el Renault 4 donde él estaba con unos amigos, perdió la movilidad en sus extremidades. El vehículo le cayó encima y le produjo una lesión en la médula espinal. Tenía solo 18 años y cursaba cuarto año de bachillerato.

En la Clínica del Bosque lo atendieron de urgencia. Diego recuerda la voz de un agente que, al llegar al sitio del accidente, decía: llevémoslo a Medicina Legal . Cuando su padre examinó las radiografías supo, como médico, qué le esperaba a su hijo.

Un diploma para Diego El primer año después del accidente fue el más difícil. Diego no quería salir del cuarto, ni siquiera deseaba que se abrieran las ventanas y la puerta, que se prendiera la luz o que alguien entrara a saludarlo.

Estaba sumido en la tristeza. Quería morir y, a ratos, vivir. Hablamos con él. Le dijimos que tenía que aceptar la nueva vida, que lo mejor era ingresar al Hospital Militar para iniciar la rehabilitación , recuerda Amparo, su madre.

Después del llanto, Diego ingresó al Hospital, donde compartió el tiempo con miembros de las Fuerzas Militares que sufrían un drama parecido al de él, pero con una diferencia. Muchos de ellos estaban solos mientras que Diego tenía a su familia.

Poco a poco fue reencontrando el gusto por la vida. Asistió a unas clases de antropología en la Universidad Nacional y después decidió validar el bachillerato. Quería estudiar antropología, pero como requería mucho trabajo de campo busqué otra forma de realizarme. Me di cuenta que la economía era el camino. Y no me equivoqué , dice Diego.

Su madre recorrió una universidad y otra en busca de cupo para su hijo. En una le aconsejaron que era mejor que el joven pensara en algo más real y posible. Cómo puede un cuadripléjico estudiar? , le preguntaban. Después de tanto buscar, la Universidad del Rosario le abrió las puertas.

Al principio, recibía las clases en el primer piso. Después, no hubo más prerrogativas. El, a pesar de sus limitaciones físicas, se convirtió en un estudiante como cualquier otro. En los primeros días de clases todo lo grababa, pero ahora, en quinto semestre de economía, le saca fotocopia a los apuntes de sus compañeros. Los exámenes son orales, aunque de vez en cuando los mismos profesores le ayudan a copiar la información que él les dicta.

Por su condición, la matería más difícil es la estadística. Como se requieren muchas fórmulas matemáticas, me regalaron una tabla con ángulo. Allí coloco las fórmulas para verlas todas al mismo tiempo, sin necesidad de que me tengan que ayudar a pasar hojas y hojas .

Su secretario privado lo lleva a todos lados, le hace las diligencias, le recibe los datos, lo espera afuera de la clase porque, dice Diego, no me gusta depender de gente extraña .

El miércoles en la noche fue uno de los días más felices en su vida. Fue elegido como uno de los ocho colegiales del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario; es decir, uno de los mejores estudiantes. El presidente César Gaviria le entregó el título de reconocimiento a su labor académica.

No hay reproches Diego es capaz de ordenar mentalmente todas las ideas y, luego, dictar sin cometer errores el trabajo de varias páginas que debe presentar en la Universidad. Sin embargo, no sucede lo mismo cuando intenta recobrar esa afición que tenía de escribir cuentos y obras de teatro. No puedo. Dictar no es fácil en esos casos. No he conseguido ese toque de gracia... Quizá más adelante sea capaz , dice.

Era un excelente deportista. Practicaba el fútbol, el baloncesto y la equitación. Hoy recuerda su pasado sin reproches ni tristezas porque desde el día en que aceptó su condición se dio cuenta que se iniciaba otra vida, una tan diferente dice como la que empieza para un sacerdote cuando abandona los hábitos.

No le teme a la muerte ni al futuro porque sabe que después del título de economista se especializará en comercio y que, con la ayuda de Dios, tendrá la oportunidad de trabajar en una labor social. Para Diego, el cambio que se inició a partir del 14 de noviembre de 1987 a las 10 y media de la noche le enseñó que a pesar de lo que suceda el hombre no puede ni olvidar ni renunciar a los objetivos que se ha fijado en la vida. El camino puede ser otro dice pero las metas, las mismas .

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