SPIELBERG: AHORA SÍ EL OSCAR

SPIELBERG: AHORA SÍ EL OSCAR

Spielberg no se equivoca al afirmar que Schindler s List es su película más personal. Es palpable. Este Spielberg es grave y sobrio. No hay trucage de imagen ni artificios de esos que le han valido ser el director más taquillero de la historia del cine. No vaciló inclusive en filmar en blanco y negro, como si se tratara de uno de los grandes clásicos de los años 30. Y esta es contrariamente a su costumbre, una película lenta. El tema lo requería; Schindler s List es, en efecto, la historia del holocausto judío: seis millones de personas fueron asesinadas por los nazis entre 1939 (registro de familias) y 1945, fin de la II Guerra Mundial.

19 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

Este Spielberg es conmovedor. Tanto que los 40 miembros de la Asociación de Críticos de Cine de los Angeles seleccionaron su película como la mejor del año. La revista Newsweek comparte la apreciación y le dedica esta semana la carátula y un informe especial de ocho páginas.

La crítica especializada que vio la película antes de su estreno, el miércoles pasado, es unánime: Spielberg realizó en 198 minutos la mejor película que se ha hecho sobre el horror producido por Hitler y su sistema.

Los europeos habían hecho películas sobre este tema (The sorrow and the Pity, Shoah) pero Hollywood no lo había tocado: porque, además de delicado, no es (se piensa todavía) nada popular.

Spielberg asegura que esta película no la hizo pensando en la taquilla. Y hay que creerle pues él sabe cómo obtenerla: con Jurassic Park ya casi llega a los 900 millones de dólares.

Schindler s List la filmó por necesidad, como un homenaje a su pueblo. Tomó la decisión hace algunos años cuando optó por ser seriamente judío. Es decir, cuando gracias a sus cinco hijos (uno adoptado), descubrió el sentido de la religión y de la mortalidad.

Desde siempre ha dicho estos días por prensa y televisión, el holocausto ha hecho parte de su vida. Creció oyendo historias horribles contadas por sus padres y sus parientes. Un pianista tocó una sinfonía que no estaba tolerada y los nazis le quebraron los dedos. Uno por uno. Muchos de sus tíos, tías y sobrinos nunca volvieron a Polonia y Ukrania, donde nacieron... Pero Spielberg jamás imaginó el holocausto hasta que fue a Cracovia y a Auschwitz-Birkeneau.

Sin embargo, sentirse comprometido con una causa no basta para hacer una buena película. Spielberg tuvo buen ojo: cayó sobre un libro de Thomas Keneally premio al mejor libro en 1982, dedicado a Oskar Schindler. Lo único que necesitaba era definir el actor. Pensó en Kevin Costner o Mel Gibson. Finalmente se decidió por Liam Neeson, un irlandés al que vio actuando en Broadway el año pasado. Los otros holocaustos Lo dirigió con mano de maestros. La película son los ojos de Schindler. A través de ellos, se sigue la obra devastadora y asesina de la maquinaria nazi. Pero su afán no es documental. Spielberg filmó la vida de un hombre que, frente al holocausto de millones de seres, se limitó a luchar por salvar un poco más de mil.

Por esa lista, establecida por él e Itzhak Stern, interpretado maravillosamente por Ben Kingsley, Schindler luchó y gastó gran parte de su fortuna. El prototipo que Spielberg escogió no es el de un santo. Es un hombre de negocios (sobre todo los del mercado negro), es católico, alemán y miembro del partido nazi. Se establece en Cracovia tras la invasión alemana a Polonia.

Pero Schindler es, sobre todo, un hombre muy rico, de una enorme simpatía, seductor y de una capacidad impresionante para moverse en cualquier ambiente. Es un hombre sin principios. Lo único que lo mueve, es apariencia, es el dinero. Con éste es generoso y derrochador. Es mujeriego. Para él, besar a una mujer es como beberse un trago del mejor cognac o del mejor vino francés. Y bebe enormemente.

Es por dinero que les propone a los judíos abrir una fábrica que sólo es una vitrina. Trabajadores no pagos y sobornos: esos argumentos convencen a los nazis, quienes otorgan el permiso. A partir de ese momento, Schindler cae en su propia trampa. Sin los judíos no hace negocio. Ellos son su negocio, su causa. Su amistad con los nazis es su mejor disfraz. Los soborna, intriga, les busca mujeres, les hace regalos y les propone que lo dejen llevar esos judíos a su fábrica de Checoslovaquia. Allí también esos obreros serán un perfecto modelo de no producción.

Sus argumentos, con maletas de dinero de por medio, convencen. Es tenso ese momento en el que establece la lista de los que va a salvar. Como lo es el traslado de todos en un tren y envío al campo de Auschwitz. Es una equivocación, le dicen. Pero convencer al jefe nazi de que olvide la equivocación le vale una pequeña colección de piedras preciosas.

Schindler quiere a sus trabajadores, porque quiere la vida. Es dramático, quijotesco inclusive, verlo rociar un tren para que algunas gotas de agua alivien a unos seres que van a la muerte mientras sirve algunos tragos a los nazis y trata de convencerlos de que lo hace para divertirse.

Su historia no suaviza el horror que atraviesa la película. El dolor de las familias separadas. La conformación de los guetos. La despreocupación asesina con la cual Amon Goeth, comandante SS, mata desde su casa, que domina el campo, con un rifle equipado con mora. Los cerros de cadáveres en llamas. Esas miradas petrificadoras de prisioneras desnudas que no saben si por los tubos vendrá agua o gas... Pero, teniendo en cuenta el tema, Spielberg se limitó sólo a algunos primeros planos que son sobrecogedores. Se entiende que diga que hubo siete semanas (cuatro meses duró la filmación en Polonia) en los que tuvo que llamar a un amigo en Estados Unidos para que lo hiciera reír...

Schindler salvó a 297 mujres y a 801 hombres. En 1949 se instaló en Argentina con su esposa, Emilie, y su amante en una finca. Fracasó. Viajó entonces a Alemania solo, y cada año pasó seis meses en Israel, como invitado especial. Murió en Frankfurt en 1974. Tenía 66 años.

Spielberg lo sigue hasta el día en que los aliados impusieron la rendición a Alemania. Ese día Schindler, por primera vez, llora. Yo soy un criminal , dice a sus trabajadores reunidos.

No, usted hizo mucho por nosotros, le responde Stern. Salvó nuestras vidas. Y salvar una vida, es salvar el mundo entero.

Spielberg afirma que hizo esta película pensando en el holocausto judío, pero también en los otros: el de los armenios (un millón de muertos a comienzo de siglo), Bosnia... No olvidar quiere decir que atrocidades así se pueden repetir. El hombre, eso se sabe, es el animal que más hace dudar de sí.

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