CALIXTO OCHOA: EL JUGLAR DEL SINÚ

CALIXTO OCHOA: EL JUGLAR DEL SINÚ

Por entre las rendijas de las chozas de bahareque algunos campesinos vieron pasar a dos jóvenes montados en un burro que se perdió en medio de la noche. El animal desapareció por un sendero estrecho que serpentea entre matorrales y árboles de matarratón y cañaguate, cuyas ramas dejaban filtrar la luz de la luna sobre el terreno arenoso y salpicado de pedruscos.

19 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

A las cuatro de la mañana del día siguiente, frente a una casa humilde de Valencia de Jesús, en proximidades a Valledupar, un joven de raza negra, estatura mediana y espalda ancha, ayudó a apearse del burro a una hermosa quinceañera de cabello rubio y ojos claros. Dos días después llegó a la puerta de aquella casa un hombre maduro que parecía haber viajado mucho.

-- Compadre! --exclamó exaltado al entrar--, Calixto se trajo a la Carmen y le va tocar casarse.

Y pocos días después, Calixto Ochoa, un joven que ya tenía fama de buen acordeonero, llevó a la joven rubia al altar. Pero la pareja no se entendió y el joven músico se fue del pueblo a ganarse la vida con su acordeón Honer, de dos teclas, con el que animaba las parrandas de Valencia de Jesús y sus alrededores.

De eso hace unos cuarenta años. Desde entonces, Calixto Ochoa solo va de paso a Valencia de Jesús, un caserío que por aquella época llamaba la atención por la vieja iglesia que los españoles levantaron en medio de las chozas de bahareque y paja construidas junto a las escasas calles polvorientas.

Tambor en las piernas Ahora, a sus 59 años, Calixto Ochoa está sentado en un cómodo sillón en la sala de su apartamento, en el centro de Sincelejo, frente a una pared de color claro en la que sobresale una placa, fechada en 1970, con su nombre, y el título de Rey Vallenato, tres discos de oro y uno de platino. En uno de los muros cuelgan dos sombreros mexicanos y tres diminutas réplicas en cerámica de construciones coloniales.

Son muchas las cosas que han cambiado en la vida de Calixto Ochoa desde los años en que ordeñaba vacas y limpiaba potreros en la hacienda de Lucas Monsalvo, cerca de Valledupar, o desde la época que se metía al monte a aserrar madera desde las siete de la mañana, en la finca de Sixto Córdoba, para ganarse 30 pesos mensuales. Eran años en que la música de Guillermo Buitrago alegraba las fiestas desde las victrolas. El acordeonero, autor de más de mil canciones, parece una persona feliz a simple vista. Ríe con facilidad, mueve rítmicamente su pierna y tamborilea sobre ésta cada vez que canta trozos de sus composiciones.

Estas comenzaron a sonar en 1959. En ese año consiguió a un guitarrista y a un guacharaquero y se dedicó a recorrer aquellas trochas en las que, en invierno, se atascaban los camiones repletos de víveres, y en verano eran transitadas por hombres de torso desnudo adormilados sobre los burros de paso lerdo, cargados de víveres. De esos lugares fue sacando las historias y los personajes para sus canciones. Así nació Pirulino: Pirulino se pegó una borrachera/ en la casa de Aquilino preguntón/ en el patio llegó y lo mordió una perra/ y le ha roto el único pantalón/ Pirulín pin pon, pirulín pin pon/ la única camisa y el único pantalón .

Su fama de buen músico se extendió de parranda en parranda. Y un día cualquiera de 1960, durante un viaje a Barraquilla, se encontró con otro músico talentoso, Eliseo Herrera. Me provoca volvé De esa conversación surgió un grupo, conformado por los mejores músicos de discos Fuentes, que puso a bailar a Colombia entera durante muchos años: Los corraleros de Majagual. Allí estaba Chico Cervantes, César Castro y un muchacho de unos 18 años a quien pocos conocían: Alfredo Gutiérrez.

Su música alegre, llena de anécdotas y de historias sencillas, algunas contadas en forma de trabalenguas y retahílas, traspasó las fronteras rápidamente y, desde el exterior, comenzaron a llegar los contratos. México fue la mejor plaza. Allí se radicaron durante año y medio mientras en las emisoras se escuchaba la voz pegajosa de Calixto Ochoa: Me provoca volvé a los guayabales/ y aquellos sabanales donde te conocí/ y recuerdo solo aquellos paisajes/ y los estoy pintando exactos como son .

La época dorada de Los corraleros de Majagual llegó hasta mediados de los 70. Ahora, a pesar de que han desaparecido un poco del panorama musical, siguen haciendo sonar sus cajas, acordeones y guacharacas en las fiestas de casi toda la costa y en los pueblos y ciudades del Sinú. Del primer grupo solo quedan Calixto Ochoa y Eliseo Herrera. También están los tres hijos de Alfredo Gutiérrez.

Calixto Ochoa, el cronista de los pueblos y montes sabaneros, todavía conserva su vena de compositor, y siete acordeones que guarda en hilera, en cajas bien cuidadas, en un rincón de su cuarto desordenado. Vive solo desde hace unos meses. Se separó de su esposa después de veinte años y tres hijos, uno de los cuales ya se ganó un festival infantil de acordeón en Sincelejo. Las regalías por derechos de autor le permiten vivir cómodamente. Especialmente las que recibe por El africano , una canción que grabaron más de 25 orquestas de diferentes países, incluido el dominicano Wilfrido Vargas. El coro de aquel disco fue la frase más popular en Colombia hace unos ocho años: Ay mama! qué será lo que quiere el negro. Aunque Calixto se convirtió en un hombre de ciudad, todas sus historias llevan un trozo de monte incrustado en sus versos y retahílas.

En el centro de Sincelejo, el aleteo de los ventiladores trata de diluir el calor de las tres de la tarde. Calixto Ochoa ha subido hasta la terraza de su apartamento con un acordeón de color rojo terciado sobre su pecho. Un incisivo de oro resalta entre sus dientes blancos cuando comienza a cantar otra de sus historias con olor a monte que, tal vez, solo los viejos recuerdan: Una india motilona, una india motilona/ cantaba con su lenguaje/ un verso de esta parodia/ que no se lo entiende nadie/ Simuyó peguariguaco guarinake gemusay/ Kainsimause poporeano kayinarey musmakey... .

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