RUSIA, PELIGROSO CASTIGO

RUSIA, PELIGROSO CASTIGO

El desconcierto reinante entre los jefes rusos ha achacado la apabullante victoria lograda por el Hitler ruso, Vladimir Zhirinovski, a motivos tan variados como que el pueblo ruso se embruteció, las filas democráticas se dividieron, el personaje tuvo mucha televisión y hasta que hubo hipnosis colectiva por parte del mago Kashpirovski, candidato del Partido Liberal Democrático de Zhirinovski. Otros señalan problemas tácticos. La falta de segunda vuelta en las elecciones, la prohibición de casi todos los partidos opositores a excepción del de los comunistas y el de Zhirinovski, el exceso de televisión que se le dio a este último al comienzo pues apoyaba la Constitución de Yeltsin, y hasta anomalías como que el Presidente, en su reunión con los bloques electorales, lo haya sentado a su derecha. Sin embargo, esto tampoco explica.

19 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

Voces más serias y fuera de sospecha de simpatía con el comunismo o el fascismo han empezado a apuntar a los verdaderos motivos.

El premio nobel Solzhenitsin le escribió a Yeltsin lamentando el brutal empobrecimiento de la mayoría de la población, la privatización en favor de los elegidos, el robo descarado de la riqueza nacional, la lamentable corrupción del aparato estatal y la impunidad de los criminales .

El Times de Londres responsabiliza al Fondo Monetario Internacional y los gobiernos que inspiraron la falsa confianza de los demócratas radicales mientras insistían en que en Rusia no era que los cambios fueran demasiado rápido sino que iban muy despacio .

El candidato Yavlinski, serio economista, señala que a la crisis y falta de resultados de dos años de reforma se anadió la soberbia de los jefes rusos y su rechazo orgánico a la aparición de cualquier oposición democrática.

No. El pueblo ruso no se ha vuelto de pronto fascista. El voto, por la izquierda y por la derecha, es una protesta contra los reformadores de los mismos rusos que en abril mayoritariamente aún los apoyaban.

Y es que las cifras son contundentes: el salario mínimo ha aumentado 23 veces y el medio, 50 desde enero del 92, mientras los precios subieron 156 veces. El metro pasó de 20 centavos en abril a 30 rublos, y dicen que el año entrante llegará a 200.

Humillados Pesan también y eso sí es preocupante sentimientos de nacionalismo, de revancha, de humillación. Sentimientos que Zhirinovski con sus amenazas de restaurar el imperio ruso con ayuda de armas nucleares y un discurso profundamente xenófobo logró encauzar.

Ganó en casi todas las ex republicas soviéticas, donde viven casi 25 millones de rusos, y en las regiones rusas fronterizas con ellas.

A ojos del pueblo, Gorbachov primero y los Gaidar Boys enseguida han puesto a Rusia de rodillas ante Occidente. Mucha gente que detesta el régimen del partido único añora los tiempos en que con 150 rublos de pensión se podía vivir e incluso ahorrar para un auto. Ese mito fracasó, y fracasó el sueño americano que prometió Yeltsin.

Un puñado de millonarios ostentosos, masas enteras empobrecidas de golpe y sin esperanza de mejoría, una inflación galopante, símbolos nacionales como la fábrica militar Kirov obligados a vacaciones forzosas por estar al borde de la quiebra, 150 millones de personas acostumbradas por zares y burócratas a creerse el pueblo elegido: he ahí la semilla del fascismo.

Qué viene A la hecatombre electoral, partidarios del Presidente y las reformas le oponen la aprobación de la Constitución. Todo lo garantiza Yeltsin, dicen. Dispone de inmenso poder y el parlamento poco puede hacer para oponérsele.

Las nuevas instituciones y el curso hacia el capitalismo están garantizados en la nueva ley fundamental. Y al legislativo le es casi imposible modificarla. Solo hay un pero frente a todos esos argumentos: hasta cuando serán válidos? Yeltsin, por ahora, sigue teniendo la sartén por el mango. Pero, la derrota electoral de sus partidarios y la floja aprobación de la Constitución no le dan mucho margen de maniobra. La composición del parlamento (véase página siguiente) augura choques peores que los que tuvo con su predecesor.

La cámara alta, donde quedan la elite regional y la vieja nomenklatura comunista, va a prolongar los juegos a la soberanía. Y la cámara baja luce como un polarizado campo de batalla. Todos los demócratas sumados llegarían a 150, pero entre ellos hay muchos críticos de la política neoliberal de Gaidar y compañía que sólo congregaría a 94 diputados según los cálculos más optimistas.

Comunistas y agrarios, que son lo mismo, suman casi otro tanto, 129 diputados. Y Zhirinovski bordea los 80, lo que lo convierte en árbitro para aprobar cualquier cosa en favor de uno u otro bando.

El centro, representado por la Unión Cívica y el Partido Democrático, no llega a los treinta diputados. Y hay una amplia franja de independientes, absolutamente imprevisibles.

Paciencia de fascista Parlamento, pues, que aunque no pueda hacer mucho por lo menos hará escándalo y servirá de tribuna a los fascistas. Yeltsin puede prolongar el acelerado curso de restauración del capitalismo, dejando la espina dorsal del actual gobierno en su puesto. O puede formar un gabinete de coalición. Ya ha empezado a destituir colaboradores y anunció al vicepresidente estadounidense que no cederá a las presiones nacionalistas y buscará un gobierno de acuerdo.

El problema radica en que dada la imposibilidad de aprobar en el parlamento leyes en favor de la reforma, a él mismo le tocará promulgarlas por decreto. Con lo cual su desgaste solo crecerá, rápido si siguen Gaidar y sus muchachos al mando y más despacio si gente como Yavlinski o Shajrai (jefes de las otras dos fracciones democráticas) toma la batuta.

Occidente está asustado y aflojando créditos que tuvo largo tiempo retenidos. La cuestión es que difícilmente la reforma rusa puede dar resultados rápidos a ojos del pueblo, que es lo que cuenta en este caso.

Zhirinovski y los comunistas solo tienen que esperar. El primero, con la ventaja de que los rusos ya tuvieron 70 años de los segundos.

Si la situación económica sigue deteriorándose, a la vuelta de dos años, cuando habrá elecciones presidenciales, la tan celebrada Constitución de Yeltsin puede quedar en manos de Zhirinovski, que ya sueña con la presidencia.

Los que creyeron que con un par de años duros las reformas rusas tomarían el rumbo polaco o checo estaban equivocados. Este es un país con mil años de tradición de tiranía e imperio. Sin rastro de mercado y con el sentido de pueblo escogido desarrollado al límite por 70 años por los autoelogios comunistas.

Rusia, a diferencia de todos los países del Este, es mucho más autárquico. Fascismo en Polonia o Hungría es menos probable y relativamente inofensivo. Pero el nuevo monstruo que ha dado a luz una reforma adelantada a látigo por ex comunistas con apoyo occidental en el país de los zares y los soviets no es para reírse.

Los 12 millones que lo apoyaron no son fascistas, insinuó Clinton esta semana... Tampoco lo era el primer millón que llevó a Hitler al Reichstag.

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