El sufrimiento madura el alma

El sufrimiento madura el alma

Ser seminarista introyectó en mí el sentimiento estoico y la visión escéptica. Me preguntan: “¿Cómo resiste impávido tantos ataques?”. Practico la enseñanza cristiana, que es en esencia la ataraxia: disposición de ánimo con equilibrio emocional, baja intensidad de las pasiones y los deseos, fortaleza ante la adversidad. “¡Eso es masoquismo!”, dirán. ¡No! El sufrimiento madura el alma.

19 de diciembre 2007 , 12:00 a. m.

En mi concurrencia a foros y Horas 20, nunca imploro a la jauría que excluya temas, pero aprovecho el escenario para ahondar en lo que llamo la doctrina uribista. Allí topé con cierta gente que se creía la Verdad encarnada. En función de su derecho natural y divino, pontificaron, condenaron, absolvieron o ignoraron a su antojo ideas, personas y hechos, entronizando torpes conceptos como que “la Seguridad es de derecha, y en Colombia nunca ha pelechado la derecha”, o que “los que predican la seguridad son ‘paracos’ ” o que “el dilema es ser guerrerista o aplicar la política social y, como Uribe es guerrerista, no tiene política social”. Tratándolos, descubrí que su principal estratagema era lo que Schopenhauer llama argumentum ad personam: “Si el adversario es superior, proceda ofensiva y ultrajantemente y pase del objeto de la discusión a la persona del adversario, de la apelación a la fuerza del espíritu a la fuerza del cuerpo”. De Aristóteles aprendí la contrarregla: “No discutir con el primero que salga al paso; solo con quienes discuten con razones y no con demostraciones de fuerza”. Ahora, cuando estoy metido irremisiblemente en un zaperoco, debato en paralelo, es decir, hago caso omiso de las agresiones y, si puedo, aprovecho para dar al público los argumentos que el interlocutor nunca querrá oír.

El ataque personal ha sido en gavilla. En Hora 20, mientras hablo, rumban los mensajes; en los auditorios, para desviar la atención, mandan ‘espontáneos’ que recuerden que soy pariente de un terrible criminal. Cuando está en su fina una discusión pública sobre temas gruesos (paramilitarismo, narcotráfico, guerrilla), alguien dirá que “no se iguala con el primo de fulano”, expresa su “justa indignación” y pide mi destitución.

Un episodio reciente es tan arrevesado como la trama de La sala número seis, de Chejov. Cada personaje parece esquizofrénico. Primero, un burócrata me acusa de ocultarle un expediente que nunca conocí y de no llamarlo a comentar chismes que no conozco de su tía de él. Puesta en marcha la trama, la jauría grita: “¡Cómplice!, ¡encubridor!”. Y se declara “justamente indignada”. Ese es el punto de partida para reciclar –a lo Chejov– anteriores ‘hechos’ aducidos, no para juzgarme sino para abochornarme.

Veamos los nuevos: 1. Soy portador del pecado original, raíz de mis demás pecados: ser primo de Pablo Escobar. 2. Como creen que me atormenta que se sepa lo que todos sabemos desde 1984 –que Escobar asesinó a Rodrigo Lara–, dizque traté de ocultar la prueba. 3. Aparezco en una foto en un acto político con Escobar. 4. Eso les demuestra que es verdad lo que dice un libro de alias ‘Osito’: que yo iba a la Catedral y que su hermano me regalaba 10 o 15 millones para gastos en Medellín.

Como mis malquerientes adoran la suspicacia, dan por sentado que la plata sí existió, pero la pasan al rubro de honorarios de abogado. Afirmo, con juramento, que eso es falso. Nunca fui a la Catedral y seguramente me habrían cascado si lo hubiese hecho, porque, a diferencia de casi todos, consta, con testigos, que fui público luchador y activista contra el terrorismo del Cartel. Consta, con testigos, que critiqué la política de sometimiento de Escobar, por otorgarle una jaula de oro con la más laxa disciplina carcelaria. Consta que el grupo de abogados, suntuosamente pagados por Escobar, fue dirigido por Guido Parra, a quien nunca traté ni vi. Esos abogados fueron asesinados. Es obvio que ‘Osito’ me trató en su libro como a un enemigo y buscó destruirme. ¿Nunca se preguntaron por qué? Ahora a ‘Osito’ le llegan coequiperos de campanillas: ciertos columnistas.

Con la diferencia de que él se retractó de la calumnia. Ellos, en cambio, son contumaces.

En el libro Colombia, asesinato y política, afirmé que Santofimio (a quien no conozco) había oficiado en la ceremonia de matrimonio entre narcotráfico y política. Es la única mención que hace de mí Alonso Salazar, quien habló con todos los protagonistas y escudriñó, como ninguno, todos los episodios de la vida de Escobar. ¿No les dice nada que ‘Osito’, miembro del Cartel, hubiera querido destruirme con acusaciones que no refrenda uno solo de los millares de escritos, narraciones, videos y fotografías sobre el capo? ¡Ah!, ¡fotografías! Declaro que no puede haber una foto mía en un acto político con Escobar. Yo militaba en Firmes, él en el santofimismo. Así de simple, así de categórico.

Acepto responder por la conducta mía y la de mis familiares. Pero solicito que se limite a mis hijos, quienes reflejan mi aporte formativo. No es mucho pedir.

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