EXTRAÑAS COINCIDENCIAS

EXTRAÑAS COINCIDENCIAS

Infortunada y extraña coincidencia. En los mismos días en que el embajador de EE. UU. y el director de la DEA envían sendos mensajes al presidente Gaviria instándolo a buscar la derrota del cartel de Cali , se divulga la noticia del próximo arribo al Valle del Cauca de 150 soldados de las FF. MM. estadounidenses. El Gobierno ha aclarado que los soldados gringos vienen sin armas, forman parte de un programa establecido hace tres años y solo van a ayudar a construir obras comunitarias en la zona pacífica de Juanchaco, donde no hay acceso por vía terrestre ni actividades conocidas de narcotráfico.

19 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

Es muy posible que una cosa nada tenga que ver con la otra. Pero las inoportunas declaraciones de los funcionarios norteamericanos se han prestado para toda suerte de especulaciones. Los más incautos se preguntan por qué se necesitan 150 soldados de EE. UU. para construir puentes y escuelas precisamente en el Valle. Los más sagaces piensan que el contingente militar, que obviamente no viene en plan de combate, además de construir escuelitas adelantará operaciones de rastreo en la Costa del Pacífico, por donde se sabe están saliendo toneladas de cocaína.

Esto ha coincidido además con la iniciación formal de las conversaciones entre los abogados de miembros del llamado Cartel de Cali y la Fiscalía, con miras a lograr el sometimiento a la Justicia de un significativo sector de narcotraficantes del Valle. Se trata de un proceso tan complejo como importante. Y susceptible de los más diversos tropiezos e interferencias.

Inquieta en primer lugar cierto ánimo guerrerista en el Alto Gobierno. Llevado por un explicable triunfalismo tras la caída de Escobar, y también por visibles presiones internacionales, ya envió el Bloque de Búsqueda a Cali con el presumible objetivo de asestarle golpes contundentes al narcotráfico del Valle.

Pero quién sabe si sea esta la estrategia más adecuada. No son situaciones idénticas. Aquí no se trata de neutralizar con cercos militares a un narcoterrorista que cometió los peores delitos imaginables contra el Estado y la sociedad, sino de desmontar una sofisticada y muy diversificada organización del narcotráfico, que se ha cuidado de no atacar directamente al Gobierno o la Justicia.

Se entiende que el Gobierno quiera demostrar que no ha bajado la guardia frente al narcotráfico. Y que mantenga la presión como medio para acelerar las entregas. Pero el caso del Valle reclama una cuidadosa labor de infiltración e inteligencia, antes que vistosos despliegues de tropa. No sería mejor invertir los miles de millones que cuesta el Bloque de Búsqueda en un callado trabajo de seguimiento e investigación que penetrara todas las ramificaciones del tráfico? El año pasado se realizaron más de 400 publicitados allanamientos en el Valle con resultados casi nulos.

Por falta precisamente de una mejor inteligencia. Daría la impresión de que los operativos se concentran en cuatro o cinco figuras archiconocidas, cuando la realidad del narcotráfico en el Valle es hoy mucho más amplia y compleja, con decenas de grupos que trafican en grandes cantidades por fuera del control de cualquier cartel y que ni siquiera figuran en las listas de la Fiscalía.

Hay que preguntarse si vale la pena, por simple efecto de demostración o por presiones de afuera, correr el riesgo de una nueva narcoguerra para reducir a los señores Rodríguez, Santacruz y compañía (que ya quieren entregarse), si esto no se traduce en una merma significativa en la oferta global de droga. Si no se logra presionar y comprometer a los demás grupos a que se sometan a la Justicia. O si unos y otros simplemente trasladan sus operaciones a otras regiones. Como ya está ocurriendo en los Llanos, donde acaban de caer 400 kilos de cocaína de propiedad de gente del Valle.

Uno también se pregunta por qué no hay más control y vigilancia sobre el puerto de Buenaventura, por ejemplo, de donde se sabe salen grandes cantidades de droga. Por qué no hay información alguna sobre tantos otros grupos de narcos, que aprovechan la concentración del Gobierno en unas cabezas visibles para eludir cualquier compromiso de sometimiento y continuar tranquilamente en el negocio.

No pretendo exculpar ni mucho menos a los conocidos miembros del Cartel de Cali, cuyo sometimiento a la Justicia en las condiciones que exigen la ley y la sociedad sería trascendental. La presentación de un Gilberto Rodríguez Orejuela, considerado en el exterior como el jefe máximo del narcotráfico, sería un hecho de primera importancia. Pero fuera de su impacto publicitario o sicológico, hay que saber bien su efecto real sobre el tráfico.

Para lograr todo esto, no se deben cometer los errores del pasado. Ni en el acopio de pruebas, ni en los términos de la confesión, ni en las condiciones de detención. En esto último, por ejemplo, tampoco hay que corregir un error con otro. Por evitar los lujos y permisividad de La Catedral, mal se pueden construir pocilgas inhumanas donde no entra ni un rayo de sol. Pero así se han diseñado, según fuentes de derechos humanos y de la propia Fiscalía, los pabellones de alta seguridad en Cali y Palmira.

Estamos entrando, en fin, en una nueva y delicada fase del proceso de sometimiento del narcotráfico a la Justicia. En condiciones distintas, repito, del que caracterizó el narcoterrorismo de Pablo Escobar y su grupo. Por eso el Gobierno haría bien en refinar sus tácticas, para no caer en estrategias simplistas ni soluciones facilistas. Para no tener a un Bloque de Búsqueda dando golpes de ciego o sometido a la infiltración y corrupción. Y, como ya lo dije el domingo pasado, para no desatar guerras innecesarias por complacer presiones de afuera.

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