SECUESTRADOS POR UN INCISO

SECUESTRADOS POR UN INCISO

Falló la honorable Corte Constitucional y declaró inexequibles los artículos vitales del estatuto nacional contra el secuestro. Examinados los fundamentos de la decisión, solo perplejidades quedan. Porque hay allí exageraciones graves. Veamos una. Para extrañeza de todos y para el análisis de secuestrados y de secuestradores, la Corte sentenció: Quien paga para obtener la libertad de un secuestrado y salvar su vida, lo hace en cumplimiento de un deber que la Constitución le impone . Qué deber!

18 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

Tan abrumadora afirmación no fue consignada al desgaire, pues ella se repite en las conclusiones , la última de las cuales enfatiza: 6a. Quien paga para obtener la libertad de un secuestrado y salvar su vida, lo hace en cumplimiento del deber de solidaridad que la Constitución le impone en el artículo 95 ... El deber de pagarles a los secuestradores! Hásta donde hemos retrocedido? Antes de la nueva Constitución se podía abonar o no la suma exigida por los delincuentes, pero, ante el fallo, parece que ello fuere hoy una obligación. Y que no se me argumente que cito fuera del contexto, porque en ninguna parte aclara la Corte el alcance de tan original doctrina.

Razón tuvo el presidente Gaviria al afirmar que si la Constitución no permitía luchar contra el delito, habría que reformarla. Con más prontitud cuanto, por boca del alto y competente, del irrecusable e inapelable Tribunal, se dice que la Constitución consagra tales y tamaños deberes.

Por ahora, y mientras se examinan otras tesis de la Corte, permítaseme un contraste.

No exagero cuando sostengo que uno de los principales artífices de la Constitución de los Estados Unidos fue como tal el juez John Marshall. Un personaje, al decir de Vernon Louis Parrington, no intelectual, no muy conocedor de la historia e inclusive del propio derecho, pero que gozaba del escaso don de la personalidad. De la claridad del corazón y de la mente, como para tener la conciencia del intérprete supremo, aquel que cuando sentencia sabe que pone a hablar nada menos que a su Constitución, y sabe que con ello configura a su Nación y moldura la mentalidad social de sus habitantes.

Si a pesar de lo que trató de cambiar la Carta del 91, aquí han de imponerse otra vez las interpretaciones a la antigua, las aéreas consideraciones de la mucha filosofía que sacrifican a la comunidad y con ella a los seres humanos que la conforman, yo, un modesto congresista que pone señaladas esperanzas en la nueva Constitución, prefiero que nos afiliemos al desgarbado juez Marshall, quien, al fin de cuentas, contribuyó a forjar, con sus decisiones, no sólo grandes doctrinas sino también un gran país.

Así no estaríamos los colombianos, como lo estamos hoy, obligados ante los delincuentes, y secuestrados por la discutible interpretación de un inciso.

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