DOLOR DE LA CIUDAD DESMIRRIADA

DOLOR DE LA CIUDAD DESMIRRIADA

El deterioro de Bogotá no es atribuible solamente a la desidia, la ineptitud o el abandono de sus poderes públicos. A que así sea contribuye en alto grado la indiferencia y la pasividad de sus habitantes. De espíritu cosmopolita, vibran por cuanto ocurre en el ancho mundo, especialmente en sus provincias ancestrales, mientras procuran ignorar el entorno adverso. En el mejor de los casos, los problemas son de otros, aunque a todos corresponda sufrirlos. Con semejante sensibilidad no vacilamos en rasgarnos las vestiduras por la superada segregación racial en Africa del Sur y guardar silencio sobre la social e irredenta que en nuestra ciudad se registra. De la corrupción política en Italia y del colapso de su partidocracia nos escandalizamos, pero no nos inquieta que el mismo cáncer haga estragos en nuestras estructuras metropolitanas.

18 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

Vemos la viga grande de la inseguridad en otras urbes colombianas y sin embargo nos negamos a reconocer que ante nuestros ojos tenemos una similar. Nos duele saber de la melancólica decadencia de Lima, otrora esplendorosa, y, en medio de la solidaridad con su infortunio, no caemos en la cuenta de que vamos rodando por análoga pendiente. El bogotano de nuevo cuño, con el alma en la rosa de los vientos, carece de la pasión y el orgullo de su patria chica, tan evidentes en el resto del país.

Tierra de nadie Políticamente, la ciudad es, como su propio suelo, tierra de invasión y de nadie en el fondo. En vísperas electorales, sus muros se llenan de avisos de los aspirantes de los diversos lugares de la República, a caza de votos para acceder por cuenta ajena a los cuerpos representativos. Ninguno piensa en contribuir a resolver sus graves problemas.

El sufragio se pide con mentalidad fulanista, a nombre de la unidad nacional, sin detenerse a considerar las pequeñeces de las miserias circundantes. Una vez en el Senado de República, alzarán sus voces contra el supuesto centralismo de la cándida urbe que los sacó adelante y, con este criterio, bregarán por dejarla expósita y desprovista de rentas.

Los partidos históricos, que antes tuvieran directorios de lujo en Bogotá y líderes populares de esclarecidas luces, han prescindido de jerarquías propias. En su lugar, proliferan las denominaciones personalistas, cuando no los movimientos en torno de las urbanizaciones piratas. Siendo Bogotá inmenso bien mostrenco, se le utiliza como dadivoso trampolín para realizar codiciosos sueños de poder o de riqueza, desde sus privilegiadas posiciones.

Dentro del ambiente predominante, no resultan extrañas las fallas de sus funcionarios y voceros institucionales. Lo insólito es la incapacidad de la democracia representativa y participativa para funcionar correctamente, designando a los más idóneos y probos para los respectivos cargos.

No por milagro París es bella, luminosa, progresista y limpia. A su servicio se llama a sus mejores hombres, a los más aptos para administrarla, y, desde la cumbre del poder presidencial, se concurre a cuidarla y enaltecerla. En Colombia, por el contrario, la descentralización administrativa, política y fiscal se concibe en menoscabo de la desmirriada capital de la República. Sintomático es que no le haya ido bien en el proceso iniciado con la elección de alcaldes. O no? Omisión e imprevisión Para curar la corrupción, lo mismo que para salir de los rompecabezas del transporte y de las basuras, se decide vender los sofás del pecado. Y todos tan contentos, con tal de evitar una emergencia sanitaria. El estado a que habían llegado las empresas distritales de buses y de aseo imponía cortar por lo sano. Ojalá sin cuantiosas pérdidas para el erario y la comunidad.

Tales empresas se corrompieron porque se pervirtió la política y porque se las convirtió en agencias de apetitos inconfesables, en oportunidad para enriquecimientos ilícitos. No hará veinticinco años fueron modelo de organización y buen servicio. La del transporte, con costos más bajos que las privadas. La de Edis, con mucha popularidad de los llamados escobitas .

No obstante, el problema de Bogotá excede sus límites. Si no, véase cómo el del transporte empeoró hasta el extremo de ser más endemoniado que nunca. Cesó la competencia oficial a los particulares, pero no por ello mejoró la situación de los usuarios. En buena parte porque la supresión de aquella no implicó la transformación ni el mejoramiento del transporte colectivo. Seguimos con los mismos medios y prácticamente con las mismas vías, salvo unos cuantos puentes elevados, ábrete Sésamo para la popularidad de los alcaldes.

Ninguna previsión hubo del aumento demográfico ni del desbordamiento automoviliario, provocado por la apertura indiscriminada de importaciones. Es de las veces en que una medida nacional sorprende a las autoridades municipales y les establece circunstancias sumamente gravosas. Descontando este factor, atenuante de su responsabilidad, queda la falta de capacidad para planificar el futuro y para organizar el tráfico automoviliario. Quizá en ninguna otra ciudad se da desorden parecido. Los avances ocasionales se echan atrás, váyase a saber si por presiones políticas o de otro orden. Como vamos, vamos mal.

Tampoco se tuvo el cuidado de velar por la sanidad y la fortaleza de las finanzas públicas. De pronto, el Distrito Capital se sintió al borde de la inanición, paralizado e impotente, sin recursos para su buena marcha. Llenas de huecos sus calles, en receso sus ensanches. Casi todos sus servicios en trance de crisis, agobiados de deudas e impelidos a alzas inmoderadas de sus tarifas. Pero, a quién interesa, a cuál alcalde, la bonanza del Tesoro Público? Despertar delas conciencias La dimensión de los problemas de Bogotá les confiere vasta resonancia política. Necio sería pretender desconocerla. Fuera de que su origen es, en cierta medida, de la misma índole. Podrán efectuarse ajustes en sus mecanismos administrativos, suprimir unos y crear otros, pero del desastre no se saldrá mientras no haya, en los niveles de mayor influencia, la voluntad de enmendar sus manifestaciones y corregir sus causas.

Con la mano en el corazón preguntémonos si la partidocracia ha procedido con los suficientes diligencia y cuidado o si ha amparado crónicos y reprobables extravíos. Si se ha esforzado en servir o se ha inclinado a disponer de fichas electorales. Si se ha detenido a reflexionar en la explosividad eventual de las zonas de extrema pobreza o se ha hecho de la vista gorda con los que juegan con su suerte.

Las conciencias suelen despertar cuando las adversidades se agravan. Es lo que parece estar ocurriendo en Bogotá. Tratemos de que sea en su beneficio y reunamos los esfuerzos por salvarla de una catástrofe que ha dejado de constituir mera posibilidad retórica. Una acción política se reclama a voces. Llévesela a cabo sin premiar a los inescrupulosos que pretenden pescar en río revuelto.

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