MUY FRÍO Y MUY MAJO...

MUY FRÍO Y MUY MAJO...

Hoy es sábado... Día de sabor. De diversión. Día de no hacer tareas . De olvidarse del trabajo. Día de helados! Es la consigna infantil. El sábado es el mejor día para salir a comer helado y hasta estudiar es un pecado .

18 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

Pero los niños no son los únicos que tienen esta especie de pacto de sangre. Curiosamente, el plan de ir a saborear un apetitoso helado se ha convertido en algo mega super hiperplay entre los jóvenes y adultos que experimentan en la fría sensación un no sé qué en un no sé dónde .

Y no, necesariamente, tiene que ser un sábado. Hoy, cualquier día es bueno para consumir el apetitoso postre, que a pesar de tener más de veinte siglos de existencia, sigue tan campante: muy frío y muy majo...

El gélido postre se conoce desde principios de la era cristiana, cuando las damas romanas masticaban hielo o la nieve bajada del Olimpo por orden del emperador de turno para congelar los vinos.

Los helados, entonces, se conocen desde mucho antes de la invención del refrigerador, que hoy en día, es el aliado más acérrimo de esta sensual y provocativa golosina.

Sin duda, fueron los italianos quienes lo popularizaron en el mundo entero. Se sabe, por ejemplo, que Catalina de Medici, León X y Clemente VII no salían de sus reinos sin llevar en su corte varios reposteros florentino, expertos en la preparación de fríos sorbetes de fruta.

Una fría historia Aunque Nerón se conoce como uno de los emperadores más terribles en la historia del Imperio Romano, irónicamente en su prontuario también se incluye la invención de la dulce receta del helado.

Acusado de matar a sus hermanos, de perseguir a cristianos, de incendiar a Roma hacia el año 62 de nuestra era, Nerón mandaba a sus corredores a traer nieve de las montañas y a conseguir miel, jugo y pulpa para servirle a sus invitados estos deliciosos helados.

Sin embargo, en la hoja de vida del postre aparece que fue el italiano Bernardo Buentalenti su verdadero padre, quien se encargó de que en Florencia se pusiera de moda el consumo de sorbetes de jugo de diferentes frutas.

La moda pronto pasó a otros lugares de Italia y muy pronto se fue a París donde se inauguró una heladería pública similar a un gran salón de las cortes europeas.

En 1770, el helato llegó, vía barco y exportado por el italiano Giovanni Bosio, a Norteamérica donde, luego de algunas transformaciones, en 1851, Jacob Fusell lo congeló con azúcar para que la leche no se dañara. De esta manera, tomó su rostro actual y se convirtió en un postre muy americano.

A Colombia lo trajeron los españoles, y la primera ciudad en saborearlo fue Popayán. Allá existe, desde el siglo pasado, la famosa heladería de Baudilia, quien a falta de congelador mandaba traer nieve del volcán de Puracé para mantener la temperatura de los helados.

Poco a poco, el país se fue llenando de sabor y color, y hoy no hay un solo pueblo del país que no cuente con su heladería. Y la moda ha sido tanta que en Bogotá cada vez hay más sitios a donde ir a saborearlos a pesar de ser considerada como una de las capitales más frías del país.

Sin embargo, el calor que produce en el cuerpo y la grata sensación que trae el comerse un sabroso helado ha despertado un inusitado auge que lo han convertido en una verdadera vedette.

De Argentina con amor Con recetas caseras y hechos de forma artesanal, una pareja argentina decidió abrir en el Centro Andino de Bogotá una heladería muy singular.

Pensamos dice Osvaldo Ricciardi, el propietario de Freddo s que acá existen muchas heladerías industriales pero faltaban las artesanales. Nosotros tenemos varios lugares en Buenos Aires para ir y comer un buen gelato y, por insistencia de unos clientes nuestros colombianos, decidimos venir y abrir una acá .

El helado que venden allí es casero y se elabora en el mismo lugar donde se vende. Para ello, usan crema, huevos, leche, azúcar, frutas naturales y mucho chocolate. Los industriales vienen con mucho químico para rendirlos y hacerlos al por mayor; los nuestros son totalmente naturales .

Y el éxito se ha notado. El primer día que abrieron vendieron 300 cucuruchos, y en tres días usaron veinte kilos de chocolate, que según la pareja es lo que emplean en Argentina en dos semanas.

El negocio lo iniciaron prácticamente desde el mismo día de su matrimonio. Se casaron el 11 de septiembre de 1969 y el 21 de ese mismo mes inauguraron su primera haldería.

Desde entonces no han parado. La receta es italiana, como todas las de Argentina por aquello de la gran influencia que tienen, y los empezó haciendo Carmen, la mujer de Osvaldo, quien desde muy joven los vendían con su hermana.

Además, a diferencia del resto de los lugares similares, los arman con una enorme paleta, en vez de cuchara, de modo que los conos quedan mucho más altos de los normal.

Ahora, llegan a probar suerte en Colombia, sin abandonar las cuatro heladerías que tienen en Buenos Aires y todo por un extraño encanto que tiene este provocativo y dulce postre...

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