VILLA GLADYS, LA LOMA DE LA PÓLVORA...

VILLA GLADYS, LA LOMA DE LA PÓLVORA...

Los dos niños salen del garaje donde funciona una tienda y fábrica de voladores, con el cuerpo plateado por el aluminio. Aprovechan un respiro y dejan a un lado las mechas, el nitro y el azufre, el carbón y palmas que pronto detonarán como aviso de la llegada de la navidad. Pero todo el año trabajan con la pólvora porque siempre hay clientes.

17 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

En la otras casas y calles, en lo alto de la loma del barrio Villa Gladys, el panorama es similar. Las casas viven repletas de volcanes, sirenas, pitos, luces de bengala, voladores, torpedos y...niños.

Su manera de ganarse la vida los obliga a correr semejantes riesgos aunque loma abajo, en El Mirador, sus patrones tienen la mayoría de los depósitos, es decir, allí, hay otra bomba de tiempo, en la que familias enteras, que por lo general han heredado el oficio de sus ancestros, viven en función de hacer de las navidades y de festejos tradicionales, una celebración llena de ruido, luz y pirotecnia.

En las 500 casas de Villa Gladys, los hombres, mujeres y niños, trabajan en cerca de 20 fábricas que a su vez sirven como expendios para responder a la demanda de distribuidores y público en general. Algunos, más precavidos, han preferido instalar sus fábricas y depósitos lejos de sus viviendas.

Alberto Nurpaque, un albañil del sector, quien vive desde hace 18 años allí, recuerda que todo ese tiempo: apenas ha habido dos muertos; eso hace como unos catorce años . A su lado, José Alberto Caro, dedicado a lo mismo, dice que a él no le gustaría ser polvorero, pero que a su esposa Blanca, le tocó por necesidad meterse en el negocio .

Por lo general, el horario, de lunes a sábado se hace en jornadas de 7 de la mañana hasta las seis de la tarde, pero desde octubre cuando crece la demanda, los domingos y las noches también se trabaja.

José Luis Ramírez, quien también aprendió el oficio de sus familiares, tiene una fábrica de voldores de golpe, que son aquellos más tradicionales que estallan en lo alto. El dice que los de luces, aunque más espectaculares, tienen más riesgo en su fabricación, pero de acuerdo con su experiencia, sostiene que el peligro con la pólvora se evita si su manejo es profesional, de cuidado y con técnica.

Niños de aluminio Aprendió de niño. A sus dieciséis años, Guillermo Rodríguez no tiene otra tarea diferente a llenar las mechas de los voladores. Los domingos juega microfútbol y visita a su novia. Uno de sus compañeros de trabajo, Jairson Urrea, de 17, tampoco estudió. Apenas mete, con sus dedos untados de aluminio, más mecha para completar la gruesa y al final del día recibir los dos mil quinientos pesos que su tío les paga.

Cuando sea grande quiero ser escolta, pero ahora lo único es darle duro a esto , dice mientras se toma una gaseosa en la tienda de los panes, las panelas, los totes y buscaniguas.

Al lado de la tienda, fábrica y depósito, está La San Antonio , que tiene en sus tres pisos grandes existencias de juegos pirotécnicos, para todos los gustos, aunque loma abajo, en la esquina de la calle 48 -F con 24 S, están ubicadas las tres más grandes fábricas del sector.

Teresa Díaz, una humilde ama de casa, que también heredó el arte de sus familiares, ha podido con las ganancias que le da el negocio costear los estudios de sus tres hijos. Dice que no saben hacer otra cosa honrada en la vida.

Ella afirma que es difícil cumplirle a los del Gobierno, que piden tres hectáreas para la fabricación de la pólvora, y ahí ahí sí nos dan la licencia, mientras tanto no . En su tienda, hay grandes letreros que invitan a consumir sus productos con tranquilidad y cuidado.

Los trabajadores de la pólvora insisten en desafiar a la vida, mientras en las calles los niños ríen. Y también se queman.

Myriam, medio siglo de volcanes En todo el año, Myriam Corzo no descansa sino ocho días. El resto del tiempo pasan miles de volcanes por sus manos.

Su vida ha sido eso desde que se vino de Pamplona, porque esta señora, a sus cincuenta años es una de las mejores trabajadoras de la loma. En el día empaca y hace entre cinco y seis gruesas, todo un record de eficiencia para su edad.

Por cada gruesa se gana 500 pesos: que alcanzan para los gastos . Ya sus cuatro hijos se defienden como pueden en otros oficios, y el sueldo es para pagar la pieza en donde vive sola. De su esposo, también polvorero, se separó hace más de treinta años. Y sabe que su forma de ganarse la vida es con el peligro.

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