EL HIJO DE LA MAESTRA CHOCOANA

EL HIJO DE LA MAESTRA CHOCOANA

Era maestra en el Chocó, cuando me casé con Cecilio Lozano. Los primeros años de matrimonio vivimos en casa de unas primas en Quibdó; allí el ambiente era muy alegre, pues todas sabían cantar; por eso cuando me enteré de que esperaba mi primer hijo, corrí al río y con fervor le pedí a Dios que me diera un hijo músico. Tuve siete y con los años y la vida agitada entre las aulas, pues era maestra, y mis deberes de hogar olvidé mis ruegos. El último de mis hijos nació el 10 de julio de 1958 a las 10 de la noche y lo bauticé Alexis. Desde pequeño, el niño demostró un especial gusto por la música; por ejemplo, en Navidad acostumbrábamos regalarles carros y tambores, pero Alexis demostraba su predilección por los instrumentos musicales que tocaba todo el día; a veces me desesperaba tanto con la bulla que le escondía los tambores; entonces armaba tremendo alboroto y si no se los devolvía se las arreglaba con tarros para continuar con su juerga.

17 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

Director temprano Recuerdo que Alexis siempre fue el líder de la cuadra. A los cuatro años acostumbraba sentarse en el andén con otros niños y armaba conjuntos con instrumentos improvisados con cosas de la casa, como ollas, tarros de galletas y unos termos corrugados. Ya a los 7, sus dos hermanos mayores, Ariel y Cecilio, que también eran aficionados a la música, le permitían acompañarlos a sus serenatas nocturnas que interpretaban con guitarras.

En una ocasión en que creía que me iba a enloquecer del dolor de cabeza producido por tanto ruido, amenacé a Cecilio con quebrarle la quitarra. El se me enfrentó y me dijo que tendría que partirlo a él. Alexis estaba escuchando, intervino en la conversación, y agregó y a mí también . Esa respuesta tan decidida me dejó quieta en primera base. A mí no me gustaba la idea de que mis hijos se volvieran músicos porque en Quibdó no se toma la música como una profesión; creía que sólo era cosa de borrachos; por supuesto que yo quería que mis hijos fueran profesionales.

Ya en el colegio, Alexis comenzó a distinguirse de sus otros compañeros por sus conocimientos musicales y, como para acabar de ajustar, sabía que sabía; le discutía al profesor de música, que por cierto conocía menos del tema que él. Por esa razón siempre sacaba la peor nota disciplinaria y en conducta; una vez los compañeritos le hicieron el reclamo al profesor y le confesaron que mi hijo les ayudaba en sus trabajos, pero sólo recibieron por respuesta una expulsión del salón.

Apenas ahora me vengo a enterar de que en varias oportunidades el Colegio Carrasquilla me envió boletas con Alexis para que las firmara; en ellas se quejaban por su inasistencia a clases para irse a participar en las chirimías de las fiestas franciscanas, pero el bandido fue tan de buenas que su hermana Consuelo siempre falsificaba mi firma y nunca me di cuenta.

La razón por la que mi hijo era el que más sabía de música fue que en esa época en que comenzó el bachillerato llegó el padre Isaac Rodríguez; él era músico e invitó a los muchachos de Quibdó para que se inscribieran en sus clases y, naturalmente, Alexis fue el primero en alistarse y el primero en asistir cumplidamente todas las tardes a las lecciones; y le cogió tanto amor a sus clases de música que como el colegio terminaba a las 6 de la tarde, pero la enseñanza de música comenzaba a las 4:30, él se escapaba del recreo y, por supuesto, perdía las dos últimas materias del día.

El padre Isaac era muy estricto y no permitía que tocaran música profana, pero el niño se las ingeniaba para organizar un fiestón tan pronto él daba la espalda.

Mejor que un milagro Recuerdo que a los 13 años formó la banda conocida como Los Tremenditos, que estaba compuesta por muchachos de 12 y 13 años; a los 18 años estaba tan seguro de que quería ser músico que decidió irse solo para Bogotá a estudiar. Ya que todavía creía que ser músico no era una profesión, le escribía rogándole que dejara ese capricho, pero él era sordo a mis súplicas y por toda respuesta lo que hizo fue ingresar al Conservatorio.

Finalmente entendí que debía respetar su decisión cuando me contó que ya estaba trabajando en la Banda Presidencial. Por primera vez me sentí orgullosa de su decisión y comprendí que no se trataba de una juerga de borrachos sino que mi hijo era un verdadero profesional de la música. Con los años llegó convertido en el director de su propia banda, que se llamaba La Banda de Alexis, que ya era famosa en todo el país. A partir de ese momento decidí no volverme a meter en sus cosas.

Ahora él es famoso en todo el mundo; es exitoso y la profesión le ha dado dinero que no lo ha envilecido. Alexis sigue siendo el hombre sencillo que visita cada año a Quibdó; es muy generoso y comparte con hermanos, primos y tías lo que tiene. Su orquesta Guayacán me llena de orgullo y sus éxitos me hicieron recordar esa tarde en el río cuando pedí a Dios un hijo músico y, aunque lo había olvidado, el Creador me demostró tener mejor memoria y me envió al mejor.

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