EL ESPLENDOR DE CUÁL VERDAD

EL ESPLENDOR DE CUÁL VERDAD

La encíclica de Juan Pablo II ha provocado toda clase de reacciones. La critican quienes lamentan, ingenuamente, que la Iglesia no haya abandonado sus viejas posiciones sobre la sexualidad. También los que protestan porque el Papa trate de colocar en el terreno del dogma, de lo que tienen que obedecer los católicos, incluso si contradice su propia convicción, asuntos morales controvertibles, como el uso de anticonceptivos o el sexo prematrimonial. Y hay muchos que ven en las palabras papales una voz incomprensiblemente remota, que se opone a la vida chévere y liberada de jóvenes que están convencidos de que la vida es para gozar sin pensar en las consecuencias. Sin duda, la Iglesia se hace ilusiones muy grandes con estas enseñanzas. Durante veinte siglos ha creído que la prédica de ciertos valores puede cambiar la conducta humana, y en temas como la homosexualidad o la actividad sexual descubre con horror, pero sin dejar de creer que el problema es de pura voluntad, que la conduct

19 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

Lo grave de esta ilusión de la Iglesia sobre la eficacia de su palabra es que se está jugando con la vida y la muerte. Si dejamos de promover el medio casi seguro del condón, muchas personas más morirán de sida, pues la propuesta de la Iglesia parte de una condición que no se cumple: que el contagio se detendría si los homosexuales, los solteros, los jóvenes, los viudos, renunciaran a su sexualidad y si sólo se practicara la sexualidad dentro de la seguridad del matrimonio. Un si tan grande como el universo, tan grande como el peligro del homosexual o del heterosexual que no usa el condón y está arriesgando su vida y la de otros.

Y es que la Iglesia, para promover el cambio de la conducta, parte de un supuesto que le permite considerar como pecado ciertas acciones: que ellas son una elección, una opción libre de las personas. El caso más evidente de la irrealidad de este supuesto es el de la homosexualidad, que no es ni mucho menos una opción libre como creen la Iglesia y algunos sexólogos libertarios sino una estructura de personalidad que ninguna terapia puede cambiar, ni mucho menos una prédica o una presión externa. El homosexual no puede decidir alegremente que, para evitar el sida, el rechazo social o el pecado, a partir de mañana lo atraerán las mujeres. Hasta allá no llega la libertad. Y tampoco puede, ni él ni la mayoría de los heterosexuales, someterse en forma sana a una renuncia total al sexo pre, extra o posmatrimonial.

Educación que respete Esta ilusión de libertad la comparten muchos de nuestros jóvenes, que ven en la encíclica un regaño arcaico que busca bloquear su libertad de escoger la homosexualidad o gozar del sexo. Cuando se miran con cuidado las conductas de los jóvenes, se advierte que tampoco es tan libre ni conduce al placer buscado. A pesar de la disponibilidad de anticonceptivos, miles de adolescentes, que saben cómo usarlos pero actúan bajo impulsos que las desbordan, quedan embarazadas. La búsqueda del placer, probablemente acompañada de sentimientos de culpa y de pulsiones que no conocen ni controlan, acaba dañándolas y enfrentándolas al terrible dilema de abortar o traer al mundo un niño no deseado, y por lo tanto portador de una partida de defunción anticipada desde su nacimiento.

No es fácil; es verdad, que las personas aprendan a gozar del sexo sin dañarse o dañar a los demás. También en este terreno los sermones son poco escuchados. Pero una educación que respete más la naturaleza de la sexualidad que la que propone el Papa, y busque un goce más responsable, más respetuoso de los otros, ayudará a evitar los peores problemas, como el sida y el aborto, que se agudizan precisamente por el rechazo al condón. Pero hay que afrontar la realidad, y no caer en ilusiones ni ceder a temores mundanos: las campañas recientes contra el sida, por ejemplo, por temor a inquietar más a la Iglesia o a ser acusados de discriminación, no mencionan las conductas que generan mayores riesgos de contagio, y que hacen parte del ritual sexual de las parejas de hombres, aunque no exclusivamente de ellos. Las campañas tienen miedo de decir que los homosexuales corren usualmente más peligro que los demás grupos, aunque esté aumentando el riesgo para los otros sectores. Y que en las parejas heterosexuales, prácticas como el coito anal son más arriesgadas que otras. Tampoco, por otra parte, debía abandonarse la oportunidad de educar en la verdad: como los avisos del tabaco, debería advertirse que, aunque el condón disminuye mucho el riesgo, no lo evita del todo: puede que algunas personas, ante esto, acepten la casi imposible propuesta del Papa.

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