NOS MEJORARÁ LA IMAGEN

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Qué es Colombia ante el mundo? La respuesta no puede ser lisonjera. Por el contrario, deprimente, triste, amarga. Ese nombre tan querido, que desearíamos ver grande y respetado, envuelve un concepto atroz: el país más violento del mundo, surtidor de droga heroica, nido de mafiosos y bandidos. Enfrentarse a audiencias internacionales aun en ámbitos intelectuales que se supondrían ajenos a juicios preconcebidos es una hazaña pese a la guerra que libramos para la humanidad, solitarios e incomprendidos. Hasta hace pocos años, la figura del narcotráfico salpicaba a la nación entera. Algo cambia desde que el Estado se comprometió a fondo en la lucha desigual, en la que países consumidores nos arrojan toda la culpa, pero no están dispuestos a librar la parte que les corresponde en la batalla.

17 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

Se cree en complicidad oficial con la mafia. En parte por los beneficios que supuestamente obtienen funcionarios en los más altos niveles incluidos policías y militares en parte por intimidación insuperable. Las cifras de personajes caídos en la lucha, apenas provocan dubitativo silencio. Colombia es país mafioso y en ese común denominador se nos sitúa a todos.

La caída del más siniestro capo de la mafia a manos del bloque de búsqueda, deberá producir efectos parcialmente positivos. Sin embargo, de ello se beneficiará tan sólo el sector oficial, no así el común de las gentes, que seguiremos apareciendo ante el consenso mundial como agentes activos del tráfico de estupefacientes.

En efecto, los episodios que acompañaron la muerte del delincuente y la forma como fueron transmitidos al mundo producen una doble sensación. De un lado el éxito del gobierno y de sus instrumentos armados, que se juzgaban cómplices, encubridores, o, en el peor de los casos, partícipes directos del negocio clandestino. Ello explicaba la inasibilidad del perseguido jefe, sus escapatorias espectaculares, su poder irreductible. Del otro, la de un pueblo solidario con el hombre, que lo aclama al paso del cortejo fúnebre y se precipita a tocar el féretro en actitud de histeria colectiva.

Para el extranjero desprevenido, esa multitud desquiciada personifica al pueblo colombiano, adicto al general del narcotráfico. Pocos comprenderán el fenómeno del personaje encumbrado por el mercado letal, pródigo con el pueblo en sus capas más humildes. Si aquí mismo abundan quienes interpretan la ovación como tributada al criminal y no al benefactor, podremos juzgar lo ocurrirá en el exterior.

Al colombiano se le mira en todas partes con sospecha. Se piensa que cada uno es la expresión de un país contaminado hasta los tuétanos por la droga y sus dineros siniestros. Aun en países miembros de esta presunta hermandad hispanoamericana, que padecen circunstancias parecidas a las nuestras, al viajero de Colombia se le examina con prolijidad humillante, se le somete a vejámenes, se le considera sospechoso de portar la droga o al menos de estar vinculado con el negocio.

Lavar la imagen vidriosa y deteriorada tomará años y requerirá ingentes esfuerzos de nuestros diplomáticos, cónsules, empresarios, delegados a certámenes internacionales, conferenciantes, hombres de negocios, turistas, viajeros en general. Todos deberemos sentirnos emisarios de la Colombia buena. De la que tenemos que reconstruir con pacientes e infatigables esfuerzos.

No menos participación deberán tener los medios informativos. Ahora que noticieros colombianos se proyectan en una cadena de televisión norteamericana, es preciso que la noticia se maneje con tacto y discreción, sin la espectacularidad a veces morbosa a que nos hemos habituado, para disolver la imagen perversa que se ha formado de nuestro país. Al respecto cabe mencionar la reiterada proyección televisada del sepelio en Medellín, espectáculo que sólo puede explicarse profundizando en el entorno de la Colombia actual.

Una carátula de perfiles morbosos como la de una de las más leídas y prestigiosas revistas nacionales, que muestra el cadáver ensangrentado del capo levantado como un bulto por un sonriente servidor de la ley, no le hace ningún bien al país. Como tampoco el despliegue fotográfico de similares características en páginas interiores. Mucho debemos hacer para rescatar la paz pública y poner fin a la violencia que nos desangra. Pero tanto o más se requiere para rescatar la imagen que tantos años de barbarie han trazado para Colombia.

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