FELIPE DIAZ: CUARTO EN MOSCU

FELIPE DIAZ: CUARTO EN MOSCU

El tema de los concursos de música y las competencias de ballet se ha convertido en materia de polémicas interminables, pues se asegura que la obsesión por resultar vencedor ha llevado los conservatorios a la producción casi en serie de intérpretes y bailarines, cuya destreza asombrosa no siempre camina paralela con la sensibilidad y el deseo de trascender más allá de lo puramente técnico. Sin embargo, hoy no es fácil iniciar una carrera internacional si no se cuenta bajo el brazo con el diploma, la mención o una buena medalla de oro que de inmediato, como por arte de magia, abre puertas y escenarios. Si el artista tiene las condiciones y está listo, la carrera se desarrolla con velocidad vertiginosa. Naturalmente, hay casos de casos; no siempre el ganador está preparado para, en cuestión de una semana, firmar contratos, grabar discos, ganar generosas sumas y asumir compromisos más allá de su madurez; las presiones pueden llevar una ilusión al más rotundo fracaso. Por eso los concur

19 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

Moscú se da el lujo de ser la gran excepción a la regla, como sede de las dos más legendarias competencias del mundo: el Concurso Chaikovsky para piano y la Competencia internacional de Ballet. Al primero deben su carrera figuras de la categoría de Van Cliburn, Vladimir Ashkenazy y Barry Douglas. De la segunda han saltado a la fama estrellas como Mijail Baryshnikov, Fernando Bujones, Jaines Pikieris, Julio Bocca.

Con el ballet las cosas son a un precio muy particular; el tiempo no da tregua; la formación hay que iniciarla en la infancia; el temple se forja antes de la adolescencia. El artista con condiciones solísticas antes de los veinte años ya está en escena dando vida a los personajes más complejos del repertorio, entre otras cosas porque la carrera es extremadamente efímera, más la de los hombres; muy pocos logran prolongarla con calidad más allá de los cuarenta.

Herencia artística El concurso de Moscú, cada cuatro años, es una especie de congreso mundial del ballet. Durante más de una semana, en el escenario del teatro Bolshoi se congregan los bailarines jóvenes más talentosos del mundo. En el público están los directores de las grandes compañías, los coreógrafos que buscan las futuras Etoiles. De antemano se sabe: a Moscú solo llegan los primeros. Se compite en todos los sentidos, se confrontan entrenamientos y estéticas, la validez de la técnica rusa, danesa, francesa, inglesa, incluso del Lejano Oriente.

Los concursantes saben bien que apenas uno recibirá el oro. Sin embargo, en cada eliminatoria ponen en juego decenas de oportunidades; una actuación bien puede significar estar en cuestión de minutos discutiendo las condiciones de un contrato con el Ballet de la Opera de París o el Real de Dinamarca. Si además de pasar las primeras eliminatorias se logra llegar a la ronda final, la carrera está asegurada. Fue exactamente lo que le ocurrió a Felipe Díaz en Moscú.

A Felipe Díaz, el ballet le viene en la sangre. Creció en medio de bailarines. Jaime y Ana Consuelo Díaz, sus padres, no solo fueron bailarines profesionales sino que han estado durante más de veinte años al frente de la Academia Pavlova, el primer bastión bogotano del ballet clásico. La clase de ballet, recibida de sus padres, fue primero entretención y más tarde la obsesión que generó la posibilidad de viajar a la escuela del San Francisco Ballet. Un video fue suficiente para que la escuela comunicase no solo que lo aceptaba sino que también lo becaba.

Tenía apenas 14 años. A partir de ese momento, bajo la tutela de Lola de Avila, Henry Berg, Jorge Esquivel, Irina Jacobson, Larissa Slyanskaya y el propio director Helgi Thomason, del niño surgió el danseur noble. Pronto se estableció que rebasaba las buenas condiciones de buen miembro del corp de ballet para situarse en el campo de los solistas.

Fue allí donde nació la idea de la competencia en Moscú. Podría viajar representando a Colombia como exponente de la técnica ecléctica de San Francisco, de la estética rusa, escuela Borunonville de Dinamarca y la llamada técnica americana. De la escuela, Felipe logró la dedicación casi exclusiva de los maestros para el entrenamiento y la preparación, labor extenuante que asumieron con una generosidad proverbial.

Con Colombia logró menos. De Colcultura ni siquiera los pasajes de San Francisco a Moscú; la carta de respuesta del director Ramiro Osorio a la solicitud no dejó abierta absolutamente ninguna posibilidad. Sin embargo, en el momento de la entrega de los premios recibió la mención de honor por el cuarto lugar a nombre de Colombia. En el teatro agitaban banderas los delegados de la misión diplomática. Así lo manifestó el embajador Gonzalo Bula Hoyos: Grato y honroso registrar que un joven colombiano se presente cuatro veces en el Teatro Bolshoi con un resultado verdaderamente sobresaliente . En medio de tensiones.

Durante el concurso, la situación en Moscú era particularmente tensa. Además de plantearse la necesidad de sobresalir en medio de 68 competidores, a pocas cuadras en la Plaza Roja y en la Casa Blanca, se gestaba una de las más temibles revueltas de la segunda mitad de este siglo, conflicto entre el parlamento ruso y el presidente Yeltsin. Las calles atiborradas de ejército, los bailarines trasladadados del hotel al escenario en medio de unas condiciones casi de novela. Pero tras el umbral del Bolshoi se vivía otro mundo y otras presiones, las de un concurso, asunto de salto, de preparar con el pianista repetidor los Tempi, de trabajar en la barra las extensiones, el centro, para no fallar una Pirouette a la seconde, la brillantez para el Grand Jetté, la línea de un perfecto arabesque, todo el repertorio de un bailarín clásico.

Las condiciones de Díaz se impusieron rápidamente tras bailar la exigente Variation de Frantz de la Coppelia de Saint-Leon con música de Delibes. A partir de ese momento y a través de cada una de las eliminatorias, poco a poco fue presentado todo su repertorio: Siegfried del Cisne negro del Lago y Basil del Grand Pas de Deux de Don Quijote de Petipa, Albrecht de Gisselle de Perrot, algo de neoclásico, también danza moderna en el Tico-Tico de Jorge Esquivel.

Finalmente, el cuarto lugar, algo formidable, dos días después la presentación de gala, con la gran orquesta de Bolshoi, bailando en el escenario de las leyendas, recorriendo los pasos de Baryshnikov y Nureyev, las huellas de Vasiliev, de Maximova, cortando con su salto el aire, igual que Plitsieskaya, que Zelensky, Zaklinsky, los grandes del ballet. Afuera las balas, los conflictos de la política, ajenos al universo de la danza. La esencia del ballet clásico es un mundo intocable que pasó sin inmutarse de manos de los zares a la burocracia soviética, ahora a la democracia. El ballet no se inmuta, su universo es un Balance, 32 fouettés de la Legnani, un salto de Basil.

De inmediato la salida de Moscú, la situación continuaba impredecible. Escala en París, clase en el teatro de la Opera, donde enseñaba Nureyev, donde se formó la Gillem, y de nuevo San Francisco. Al otro día la barra, clase con Lola, con Irina, con Esquivel, el ballet no da tregua. Díaz sabe que hizo lo correcto. San Francisco no es solo la más antigua compañía de Estados Unidos; para muchos, hoy por hoy, es la primera.

Hay un sentimiento de lealtad hacia quienes lo formaron; el regreso a Colombia es una quimera. Un cuarto lugar en Moscú da fruto rápidamente: hoy se prepara para bailar su primer príncipe de Cascanueces, apoteosis musical de Chaikovsky, el ballet típico de la época de Navidad. En San Francisco saben bien lo que significa: Felipe Díaz es, a los 19 años, uno de los grandes bailarines de su generación. Lo bailado en Moscú no se lo quita nadie! Felipe Díaz en el escenario del Bolshoi en Moscú.

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