UN TELÓN SIN BARROTES

UN TELÓN SIN BARROTES

A uno en la escuela le enseñan que hay que hacer el bien y no el mal. Pero solo hasta ahora, que estoy pagando una condena de 20 años por homicidio, es que vengo a entender esto y por qué hay que hacerlo así. Ni la vida, ni la educación, ni los códigos, ni los abogados, ni lo juicios logran explicarle a uno el sentido de la justicia. Este lo vine a enteder solo en estos últimos siete meses con Horacio I . Y Horacio I es tan solo una obra de teatro del alemán Heiner Mller en la que participa este habitante de la cárcel La Picota, junto a otros ocho reclusos, todos ellos, menos uno, con condenas de 5 a 20 años por asesinato. Durante siete meses han trabajado con Heidi y Rolf Abderhalden, del grupo Mapa Teatro, quienes decidieron montar esta obra después de estudiar dierentes textos del escritor. Comenzamos solos pero luego nos dimos cuenta de que hacía falta algo vital, estrechamente relacionado con la vida; había que buscarlo, así lo planteaba el texto. Necesitábamos hablar sobre la

16 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

Comenzaron con el grupo que funciona ahí, pero solo dos viejos actores sobrevivieron a la prueba. Los otros siete se fueron vinculando poco a poco. Fue más fácil trabajar con personas que no habían hecho teatro. Estaban más dispuestos a descubrir cosas y a experimentar de qué se trata este trabajo. Tuvieron una disponibilidad absoluta y una apertura que enriqueció el montaje , afirma Rolf que actúa con ellos, mientras su hermana Heidi dirige la obra.

Este grupo de reclusos convertidos en actores volvió, el martes, a recorrer unas calles por las que hace, en algunos casos hasta diez años, no pasaba. Los huecos y trancones que cualquier habitante de la ciudad maldice a diario les resultaron indiferentes ante la sensación de estar fuera de ese lugar que se convirtió, por fuerza, en su hogar. Era como alargar unos minutos más esas pocas horas de libertad que les dieron para presentar la obra.

Casi no salen de la cárcel. No había guardias suficientes para que los acompañaran al teatro Camarín del Carmen donde, en un escenario el triple de grande del que ensayaron diariamente mañanas y tardes, mostraron lo que habían logrado: un espacio de libertad en medio de los barrotes.

Desde ahí pudieron comunicarse con el mundo del cual quedaron aislados por no recordar aquello del bien y del mal que les debieron enseñar cuando pequeños. Allí, frente a sus familias y a decenas de caras desconocidas, con palabras de un autor alemán que no conocían pero con el sentido que ellos lograron ponerle a partir de sus experiencias, contaron una historia que Mller escribió con base en algo que sucedió en el siglo IV antes de Cristo.

Estos hombres representan lo que escribió el cronista romano Tito Livio y que retomó en este siglo Bertolt Brecht. Es la lucha entre los Horacios y los Curiacios por unas tierras. Entonces, para evitar masacres y el desgaste de sus ejércitos, las autoridades de Roma y Alba, respectivamente, decidieron que solo lucharan un Horacio y un Curiacio.

Pero los elegidos para la contienda que presentan estos presos colombianos tenían nexos: el Curiacio era el prometido de la hermana del Horacio. Esto no cambió las cosas. Lucharon y el Horacio volvió victorioso a Roma, donde fue tratado como un héroe. Solo su hermana le reprochó lo sucedido. Por ello, él la mató.

En ese momento surge uno de los juicios más famosos de la historia, el de Horacio, que dio origen a los primeros planteamientos sobre la justicia a raíz de los enfrentamientos entre la razón del Estado y la razón de la familia. Horacio fue absuelto, prevaleció el derecho del Estado , comenta Rolf Abderhalden.

Por un pedazo de pizza Esta representación de la justicia les hizo sudar las manos. En un principio, les encadelillaron los ojos. Nunca habían ensayado con todas las de la ley y casi no lo logran. Esperaban llegar a las dos de la tarde al teatro y solo lo lograron a las seis. Los trámites legales, las recomendaciones de los abogados, los permisos, la guardia de la Dirección Nacional de Prisiones, la guardia del penal para el traslado, la policía de Bogotá para rodear el sector... El montaje de la contienda fue todo un operativo.

Los nervios crecieron al subir el telón, pero después vino la experiencia que se tradujo en fluidez. No fue fácil, eran demasiadas emociones juntas, nuevas sensaciones a las que no sabían responder. Al final, los aplausos, el público de pie, entre este sus familias, recompensaron el trabajo que, de paso, fue una especie de terapia colectiva.

El teatro se convirtió para ellos según Abderhalden en un espacio en el que se relacionaron de forma muy diferente a lo que sucede comúnmente entre los presos. Aquí se reunieron personas de diferentes partes del país, con diferentes historias, incluso de pabellones diferentes, algo que casi nunca sucede en una cárcel. Todos juntos comprobamos que el teatro es un espacio para la utopía. Para nosotros, ir diariamente a la cárcel nos reafirmó que el teatro es relacionarse directamente con la vida .

Esta experiencia la volverán a vivir hoy, cuando se presenten nuevamente a las 8 de la noche en el Camarín. Y nuevamente celebrarán su triunfo con el banquete que pidieron: una pizza.

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