Momo: arte para que los niños no callejeen

Momo: arte para que los niños no callejeen

CORRESPONSAL DE EL TIEMPO MEDELLÍN Luis Fernando Londoño –Nando– es un joven de 14 años y está convencido de que vagar por la calle puede ser más peligroso que andar sobre la cuerda floja o hacer maromas en un trapecio.

30 de noviembre 2007 , 12:00 a.m.

Él ha vivido la urbe del lado más azaroso. Siendo muy pequeño vendía chicles, hasta un día en que vio que le iba mucho mejor a un muchacho que hacía malabares en un semáforo.

Compró naranjas y empezó a ensayar tirando al tiempo tres hacia arriba.

Cuando dominó la técnica, hizo lo mismo con pelotas y le agregó otra y otra al ejercicio.

Al poco tiempo era capaz de manejar cinco simultáneamente.

Dependiendo de la suerte y de la generosidad de los conductores podía irse con 20.000 o 30.000 pesos, y cuando no, escasamente con 5.000, que de todas maneras eran indispensables para costear la comida de su mamá, de tres hermanas y la de él mismo, porque su papá murió.

Un día, en noviembre del 2005, correteaba pendiente del cambio de semáforo de Monterrey, en el exclusivo barrio El Poblado, y aparecieron unas personas diciéndole que la calle no era lugar para un niño, que si quería estudiar en el Circo Momo.

Aceptó y se fue engolosinando con el ambiente, al punto de que ya no sale de la casona vieja donde esta corporación sin ánimo de lucro funciona en el barrio Prado Centro, de Medellín.

Lazo para unir extremos sociales La Corporación Circo Momo fue como la hija de la Corporación Cantoalegre, con domicilio en El Poblado, donde trabajaba Nando.

En el 2004, la directora de Cantoalegre, Luz Mercedes ‘Tita’ Maya, Lucía González, que era de la junta directiva, y María Isabel Escobar, una ex alumna que acababa de llegar de estudiar dramaturgia en Cuba, compartieron tintos y tintos alrededor de la idea de crear una escuela de arte para niños pobres, algo difícil por los costos que implicaba.

El proyecto inicial lo financió la misma corporación, donde unos 400 menores de familias pudientes adquieren educación artística.

“En todos nuestros conciertos estaban los niños de estratos 5 y 6, y en ese mismo espacio hay otra población fluctuante, sin que sepan los unos de los otros. Nuestro deseo era ponerlos a conversar”, dice ‘Tita’.

Pensaron en darle el nombre de escuela musical, pero finalmente lo llamaron Circo, debido a que atrae más a los niños que viven en la calle permanentemente en la cuerda floja.

Ya entonces existía en Cali la experiencia del Circo para Todos, con una connotación similar.

El nombre de Momo alude al libro homónimo de Michael Ende, el mismo en que se inspiró la película Historia sin fin. En esta obra, la protagonista es una niña desamparada a la que todos acuden porque tiene la extraña facultad de saber escuchar. Además, cuando los hombres grises invaden la ciudad para apoderarse del tiempo libre de la gente, es ella la única capaz de enfrentarlos.

La primera convocatoria la hicieron en los mismos semáforos –así fue como conocieron a Nando– y luego en escuelas de barrios marginados, donde existe una gran posibilidad de que los chicos cambien sus estudios y su casa por una acera.

Arte para alimentar los sueños En el Circo Momo, 80 niños de 7 a 14 años ven cuatro sesiones semanales de tres horas, en las cuales combinan música, composición, teatro, danzas, artes plásticas, folclor, acrobacias y ballet, porque se trata de que los niños tomen conciencia de su cuerpo.

Acá también les aportan una dieta adecuada para soportar un esfuerzo físico tan exigente, y los pasajes entre el Circo, su casa y el colegio corren por cuenta de la corporación.

Aparte de eso, los profesores se desplazan a enseñar en colegios en los cuales tienen 220 niños en semillero.

La intención es que elaboren su proyecto de vida alejados de esa selva de asfalto que se les come los sueños.

En el caso de Nando lo lograron. Las dos muñecas de este adolescente muestran sendos quemones ya cicatrizados que se parecen a los sellos con los cuales se protegía la privacidad del correo en la Edad Media. Él sostiene que no fue producto de su trabajo de antaño ni de otro tipo de maltrato, sino de los juegos que inventaba por diversión, haciendo equilibrio con vasos plásticos encendidos.

De grande, igual que la mayoría de sus compañeros, quiere ser artista, o algo que tenga que ver con el circo.

Su hermanita es un año menor que él y estuvo un año en el Circo Momo pero desertó porque le pudo la necesidad de ganar plata.

Ella continúa como parte de un ‘ejército’ de 2.500 menores de edad que deambulan por la capital antioqueña buscando el sustento y otros 1.500 que tienen la calle como su hogar permanente, según cifras de la Secretaría de Solidaridad.

Gracias al trabajo de esta niña y al de su mamá, Nando ya no tiene que aportar para el sustento. Por eso puede pasar el día entero en el Circo Momo y es uno de los alumnos más aplicados. El próximo año piensa continuar con su cuarto de primaria.

El día en que EL TIEMPO lo vio vestía gorra, camiseta de manga sisa y sudadera. Estaba embelesado dándole golpes vigorosos a un tambor que tenía entre las piernas para sacarle música.

En el mismo ensayo, una chica tocaba la tambora, otra el triángulo y otra las claves mientras que el profesor les marcaba el ritmo con dos maracas y una niña de cabello largo bailaba alrededor haciendo a la vez equilibrio con un vaso plástico en la cabeza, al estilo de las reinas que ensayan pasarela. Diálogo entre iguales Hace año y medio Cantoalegre decidió dejar volar el proyecto solo, así como se hace con los hijos adultos, y conformaron la corporación sin ánimo de lucro Circo Momo, con personería jurídica, autonomía administrativa y junta directiva distinta, en la que sin embargo, permanece ‘Tita’. La financiación del Circo Momo hoy corre por cuenta de los proyectos que les aprueba la Alcaldía de Medellín y de aportes empresariales. De esta manera se perdió la paternidad y se volvieron hermanas.

Cada escuela –el Circo Momo y Cantoalegre– trabaja por su lado y al final del año presentan sus montajes en el teatro Metropolitano, dentro de un programa denominado Cruces de Ciudad. Ahí se demuestra que el talento no conoce de clases sociales.

“No es para decir que esos niños son muy pobres y necesitan ayuda, sino que para los chicos de Cantoalegre es muy formativo acercarse a muchas realidades”, añade ‘Tita’.

El proyecto es construir una sede conjunta para que continúe ese diálogo entre los menores.

Nombre: Corporación Circo Momo Teléfono: (4 ) 2540442 Dirección: carrera 45D No. 60-29, Medellín

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