Uberlingen, una tragedia sin final

Uberlingen, una tragedia sin final

Vitaly Kaloyev y Peter Nielsen jamás deberían haberse cruzado. El arquitecto ruso, de 48 años, y el controlador aéreo suizo, de 32, vivían a cientos de kilómetros de distancia, en países diferentes, y no tenían, a primera vista, nada en común. Pero en la oscuridad del cielo europeo, la madrugada del 2 de julio del 2002, los destinos de ambos colisionaron violentamente, aunque ninguno iba en los aviones que se estrellaron sobre Uberlingen, en el peor accidente de aviación de la historia de Alemania.

18 de noviembre 2007 , 12:00 a.m.

Kaloyev se hallaba en Barcelona (España) esperando a su esposa, Svetlana, y a sus dos hijos (Konstantin, de 12 años, y Diana, de 3) que volaban desde Moscú. Nielsen, por su parte, estaba en su sitio de trabajo, en Zurich (Suiza) frente las estaciones de control de la empresa Skyguide, encargada de manejar el tráfico aéreo de esa noche.

Nielsen se hallaba solo, cubriendo dos estaciones porque su compañero había salido a tomar un descanso. Un sistema que podría haberle avisado del inminente desastre estaba desconectado por mantenimiento, lo mismo que todas las líneas telefónicas.

También los aviones contaban con mecanismos electrónicos para evitar colisiones. El Tupolev ruso que llevaba a la familia de Kaloyev detectó la cercanía de un Boeing 757 de la empresa de mensajería DHL, con dos tripulantes. En cada nave, una voz sintética impartió órdenes urgentes: ascender, en el caso del jet de pasajeros; en el avión de carga, descender.

Pero Peter Nielsen no podía escuchar esas voces. En medio del pánico, al darse cuenta tarde de lo que ocurría, impartió una sola instrucción al avión ruso: descender.

Confrontados con las órdenes contradictorias del sistema y de su controlador humano, los tripulantes del Tupolev obedecieron a este último. Mientras descendían, ambos aviones mantuvieron sus trayectorias, en espantosa simetría. El brutal impacto cobró las vidas de las 71 personas a bordo de las dos aeronaves.

Vitaly Kaloyev fue uno de los primeros familiares en llegar al lugar de la tragedia y fue él quien halló el cuerpo de su hija. Los socorristas encontraron, días después, los restos de su esposa y su hijo.

Kaloyev dijo que su vida terminó ese día. Por 18 meses acudió a diario al cementerio. Se sentaba en las tumbas y lloraba. Varias veces mencionó a sus parientes su deseo de hablar con el controlador. "No sé cómo vivir", decía.

Entonces, en noviembre del 2003, recibió una carta en la que Skyguide le ofrecía 60 mil francos suizos por la muerte de su esposa y cien mil por las de sus dos hijos. Lleno de furia, decidió hacer algo.

Kaloyev siempre sostuvo que no se proponía matar al joven suizo, pero lo cierto es que llevaba una navaja cuando, el 24 de febrero del 2004, con las fotos de sus hijos en sus manos, tocó a la puerta de su casa en Zurich.

Una vez frente a Peter Nielsen, le exigió disculparse. El suizo no quiso ver las fotos. Kaloyev dice no recordarlo, pero no niega ser quien apuñaló a Nielsen 20 veces en el rostro, el pecho y la espalda.

Víctimas y culpables Kaloyev fue arrestado al día siguiente. La Fiscalía pidió doce años de prisión, pero la corte lo condenó a ocho. Al final, pagó cerca de tres años.

Una investigación determinó, tres meses después del homicidio, que Nielsen no fue el único responsable de la tragedia. Cuatro empleados de Skyguide fueron hallados culpables de negligencia homicida. En julio del 2006, una corte hizo responsable al gobierno alemán por permitir que la empresa controlara desde Suiza el tránsito aéreo en cielos germanos.

Lo primero que hizo Kaloyev al recobrar la libertad fue viajar a Rusia y visitar el cementerio de Vladikavkaz, donde reposan los restos de su familia. Una imagen en un muro de piedra los muestra sonrientes, su esposa tiene un crucifijo en el cuello y sostiene un ramo de flores blancas, su hijo viste un suéter deportivo y la pequeña Diana luce un sombrero blanco.

Kaloyev se quebró en llanto ante la tumba, en medio de los flashes y las luces de las cámaras de televisión. Enfrentado de nuevo con la inalterable realidad de sus muertes, sigue llevando el peso de eso que falta en su vida y que ni la justicia, la venganza o el tiempo le pueden devolver. wilveg@eltiempo.com.co .

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