EL JOVEN MAESTRO GERMÁN ARCINIEGAS

EL JOVEN MAESTRO GERMÁN ARCINIEGAS

13 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

I. Guiñando el ojo Hoy recuerda su primera lección en Bogotá en la Casa del Pueblo, en 1918: había nacido con el siglo, un 6 de diciembre de 1900. Y, con sevicia, recuerda asimismo otra lección en la Universidad de Columbia en Nueva York, cuando hizo dormir la siesta a sus discípulos, bajo la sombra del gran español don Federico de Onís.

La semana pasada se despidió de los estudiantes con la última lección. Confiesa en su artículo de EL TIEMPO, que no le fue tan fácil desprenderse de la cátedra y que no cree que lo logre, después de más de 70 años de estar en la Universidad, desde la época en que a él y a sus compañeros se les tuvo como truhanes, pícaros o badulaques, porque no se doblaron sus frentes al peso de una idea burguesa, pues el ademán de su mano resultaba de una libertad inaudita cuando manos regordetas de prebendados acariciaban las delicias de la privanza, según advertía en Salamanca hace 60 años el estudiante de la mesa redonda, más amigo de juergas que de latines, según le dijera Gregorio Weinberg.

Entonces y ahora era como lo llamó Otto Morales Benítez el mismo humanista sonreído que desmontó a los héroes de la solemnidad para que entraran a actuar el común y las Juanas complacientes. El mismo travieso, erudito y soñador que, cuando escribe, lo hace guiñando el ojo con picardía, según solía decirle Roberto Esquenazi Mayo, quien ha recogido y va a publicar varios años de correspondencia encantadora con quien es la conciencia de América Latina y la apoteosis del humor que contestaba al teléfono: Germán, cómo estás? Sentado, ala .

II. La taberna de la historia Entrados en confesiones, valga esta: nunca imaginé en mi ya lejana juventud reaccionaria, que en algún momento de mi vida hablaría en honor de alguien con quien un desconocido estudiante de provincia se entusiasmaba, por sus invitaciones a conspirar en la taberna de la historia, contra lo consuetudinario; y al tiempo se indignaba por sus irreverentes afirmaciones contra principios que el provinciano creía sagrados, por haberlos recibido como las verdades reveladas que hacían su dogma parroquial.

Lo cierto fue que nunca dejé de leerlo, para refrescar mi ortodoxia con el ruido y con las carcajadas de aquella tertulia que estremecía a los muertos distinguidos en las catedrales; y para indignarme más contra él o para rectificar con parsimonia, nociones heredadas que poco a poco él iba demoliendo en mi mente rural.

Hablo del joven disidente Germán Arciniegas disidente y joven todavía; del enamorado platónico de Simonetta como lo estábamos todos los universitarios de entonces, muertos de envidia y de rencor con Botticelli, quien la tuvo de modelo ausente más tiempo del requerido. Hablo del renacentista, que se burlaba en cada esquina de los protocolos. Del iconoclasta que despojaba la verdad de los ropajes untuosos a fin de entregarla, escueta, para disparar su propia verdad como cañonazos contra un establecimiento intelectual, acomodado sobre los principios que adormecían a la timorata sociedad tradicional y la iban dejando a un lado del camino de la historia. Hablo del periodista con sentido del humor y del amor; del erudito con el cual aprendimos cartografía, geografía e historia; en quien gustamos del periodismo aunque no fuéramos bastantes a aprenderlo y a ejercerlo con su gracia y su donaire. Hablo del sectario perenne del continente de los siete colores, por el cual libró más de un combate y sostuvo más de un diálogo, como aquel, inolvidable, con el filósofo español Julián Marías. Pero debo explicar: Arciniegas ha sido un sectario de su partido liberal; sólo que al tiempo ha sido un sectario de la libertad; un sectario de América Latina; un sectario de Colombia; un sectario de la democracia.

III. El nicho de pensamiento Recuerdo que hace muchos años, hablando de si lo que hacía Arciniegas era bueno o malo para el avance mental de Colombia, el joven maestro marxista Darío Mesa nos enseñó que el autor de América tierra firme merecía gran respeto de la comunidad intelectual porque ante todo era un gran divulgador de cultura; un periodista que sacudía la verdad convencional, siempre sospechosa, y la hacía descender de su torre de marfil. Nunca se supo si a Arciniegas le gustaba tal apreciación, frente a su tarea constante de catedrático y autor de libros que desagradaban en no pocos países metropolitanos, en aquellos en donde se difundía y exportaba la sabiduría elaborada para uso de las naciones dependientes.

Vale la pena preguntarse por el peso popular de un periodista que hizo de la cultura y, en especial, de la historia, su nicho, su tribuna de pensamiento.

El periodismo en Colombia se ha caracterizado a lo largo de su itinerario, por la dignidad general de su comportamiento. Y tal dignidad se la han dado escritores como Arciniegas, con su empecinada divulgación de valores intelectuales. Lo importante es que le ha sido fácil hacer su batalla lo mismo desde órganos como la Revista de Indias, en los años treintas y cuarentas, que desde sus columnas en EL TIEMPO de Bogotá, La Nación de Buenos Aires y otros periódicos brillantes del mundo.

Sin cansarse, sin desanimarse, sin desconsolarse, Arciniegas ha enseñado historia, su historia muchas veces discutible, pero una historia humanizada, progresista, motor del desarrollo espiritual de los pueblos. El puesto que ocupan hoy la historia y su enseñanza en los ámbitos académicos de América Latina; el fervor popular que despierta la puesta entre paréntesis de la tradición intocable, se le deben en gran parte a Arciniegas. El nos enseñó a no mirar con ciega reverencia el pasado, a no deslumbrarse con el santoral del establecimiento, siendo como es un hombre del establecimiento. Ahí está su fuerza.

V. El premio Germán Arciniegas Tornando a hablar del periodista, él también nos acostumbró con su prosa agradable, saltarina, a mirar la historia como la noticia de todos los días. Se diría que es el periodista de la historia, el gran divulgador de la historia, que, como dijera Luis Alberto Sánchez hace cerca de medio siglo, se esfuerza por hacer que se olvide su mucha erudición, por hacerse perdonar sus lecturas.

Perpetuo hacedor de revistas, como lo llama el arciniególogo por excelencia, Juan Gustavo Cobo Borda, fundó y dirigió Universidad, Revista de las Indias, Revista de América, Cuadernos, Correo de los Andes. Y debe tener en mente otras más, antes de terminar el siglo XX, para asomarse al siglo XXI, que se asomará aunque sólo sea para darles gusto a esas constantes de su copiosa existencia, que son su avidez y su curiosidad.

Pero, sobre todo, ha sido escritor de periódicos, casi desde cuando jugaba canicas al arroyuelo con Carlos Lleras Restrepo; y columnista sobre los asuntos más deliciosos, siempre pedagógicos, porque el joven maestro que ha sido durante toda su vida, no ha dejado nunca de enseñar, a través de sus libros, de sus revistas y de la prensa.

Con la cual ha estado en los júbilos y en los llantos, defensor de la libertad de la prensa algo consubstancial de la libertad como instancia metafísica.

De consiguiente, es un acierto que Editorial Planeta haya creado el Premio de Periodismo Germán Arciniegas, como reconocimiento a una vida en periodismo entre lingotes diríamos enantes, en historia y en narrativa. Y como homenaje a los periodistas colombianos, a quienes les ha tocado tan alta cuota de sacrificio en estos tiempos crueles.

Que Germán Arciniegas siga por los años de los años vigilando el destino de América y como centinela de la libertad. Para que no tengamos que lamentarnos como Alberto Lleras se dolía hace 20 años en carta a Germán, desde el Hotel Lutetia en París: La falta que me haces , le decía. La falta que haces!

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