ENTRE LA MODESTIA Y LA ARROGANCIA

ENTRE LA MODESTIA Y LA ARROGANCIA

Ahogados en un mar de basura, Bogotá no levanta cabeza; pero los reclamos que hace a diario la ciudadanía por todos los medios, las autoridades, con estoicismo preocupante, los oyen como quien oye llover. Alguna vez le oí decir al alcalde Castro que quería tener un bajo perfil; como quien dice, pasar agachado; inexplicable muestra de modestia en un político ambicioso, toreado en muchas plazas y preparado en París en una de las escuelas de Administración Pública más famosas. Estrategia además equivocada que nos ha costado caro a él y a todos, pues la capital, que no es de nadie, porque las mayorías son de otra parte, necesita una voz cantante que despierte el espíritu cívico y que pida a gritos solidaridad, sin la cual ni Aladino con su lámpara maravillosa podría manejar a seis millones de desesperados que se quejan de todo: del tráfico cada día peor, con los ejecutivos, amos de las vías, y un secretario del ramo incapaz de obligarlos a acatar las leyes; de los teléfonos, que no obst

13 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

Y mientras el Alcalde Mayor aparece donde menos importa: en un potrero, con uniforme de futbolista, emulando con los jugadores, o en Cartagena acompañando a las candidatas de Bogotá al Concurso de Belleza, gentileza que no le agradece sino doña Tera, pues aquí mientras tanto la pasamos negra, nadie lo ha visto explicar o promover las labores que desarrolla; ni nadie lo ha oído convocar a los ciudadanos para trabajar juntos por la ciudad, como sí lo ha hecho con éxito el alcalde de Medellín.

Al alcalde Castro le hace falta hacerse sentir. Ejercer con más ganas el poder que tiene. Exigir más de sus colaboradores que, salvo el gerente del IDU, ni suenan, ni truenan. Y despertar a los alcaldes menores, que también llevan velas en este entierro.

Aquí hay que hablar duro. Hacer respetar las leyes. Algo que en Bogotá no se usa pues cada cual hace lo que le conviene. Como ignorar los límites entre áreas residenciales y comerciales; como abanicarse en Planeación Distrital, deporte de muchos constructores; como invadir los espacios públicos con cemento, piedras, palos y ladrillos, sin que haya autoridad que lo impida, ni lo castigue; como convertir las calles en mercado persa, a pesar de la abundancia de centros comerciales.

Los funcionarios del Distrito, que oscilan entre la modestia y la arrogancia, están en la obligación de atender y responder las justas quejas de una población que ha aguantado demasiado y que ya está perdiendo la paciencia.

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