MEDITACIÓN DESDE EL PURGATORIO PRENAVIDEÑO

MEDITACIÓN DESDE EL PURGATORIO PRENAVIDEÑO

Si las palabras pudieran curarnos las amarguras. Pero no se sanan con adjetivos los vacíos del corazón ni con nombres los de las cosas. Y sin embargo tal vez sea posible una terapéutica del verbo. Después de todo males y dichas, los galanos defectos de la superficialidad como las abruptas gracias apartadas de la fe de rutina, no son más que palabras, clasificaciones, jerarquías: el orden aparente del universo. Por paradoja, estamos destinados a romper el velo de cáscara de huevo de las convenciones para saborear el meollo de las cosas. Si eso fue lo que gritó, ofuscado y oprimido, el muchacho Rimbaud cuando exclamaba: la verdadera vida está ausente. Ausente de mi pequeña existencia y de mis propósitos mezquinos de ratón o de águila.

13 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

Vivir es superarse. Cambiar de piel. Se muere a plazos en los hábitos repetidos, en las maneras congeladas de pensar puestas a salvo, de la razón en el escaparate de prejuicios, y de la aventura, en los limbos de la comodidad de las mentiras convencionales, tejidas con el hilo malicioso de nuestros consentimientos.

Hemos llegado a ser esclavos de nuestras higiénicas molicies. Encortinadas para que no nos contagie el caos feliz de la naturaleza que asimilamos con lo sucio, contra nuestros asépticos aparatos de ideas. A eso fuimos a la escuela: para que nos almidonaran con esta manteca. Y el espíritu se mueve en un laberinto de mausoleos donde agitan fierros viejos facciosos, urracas avarientas, romos soldados empolvados de gloria, rellenos de cintajos de deshonor.

Hay una forma de preservar el alma del embrujo. Y es escabullirse, salvar el cuerpo del sabio animal que enmascaramos, de los torcidos trampantojos: hacia la salud del tiempo, hacia la santidad y el hambre de poesía, que cura el despropósito del sinsentido, frente a la enajenación del expulsado de sí mismo por su embrollo de posesiones, que son lo único que nos sobra y confundimos con la seguridad sin advertir el peligro de muerte en gris que ceban.

El amor, el dar, y sus frutos, son dones alegres y privilegios del contemplador que vive en el corazón del mundo, apartado de sí mismo y de todo, pero en todo: atendiendo al llamado silencioso de los prodigios de la realidad verdadera.

Hay un vivir ancho en el vuelo terrestre de existir en la plenitud de los sentidos, la lucidez de la oscura satisfacción del discernimiento. Pero es preciso almarse, vestir el alma que negamos. Jesús dijo que había un pecado sin perdón, el pecado contra el espíritu. Pienso que debe consistir en ese lacio suicidio del dejarse cegar y segar por los cascarones materiales, en el desdén sin reino de la amusia, en las perfidias de lo que brilla, se mide y se pesa.

Las apariencias forman el tejido de las tentaciones. Son el maquillaje del mundo. Pero hay un sentido. Y más allá del sentido, la revelación del símbolo. Es posible vivir en la conciencia ramplona de lo práctico siempre. Y también en la esfera de lo milagroso. Es decir, en la verdad de lo maravilloso cotidiano. En la fragancia solar se oculta la sombra que somos y que debemos escarbar. Pero es imposible adivinarla con las razones de uso. Hay que abrirse a la desesperación primero.

Para sanar hay que querer desquerer. Desahogarse. Tener ganas de hacerse obra y revelarse contra el tiempo severo, inconmutable, con alegría y esperanza absurda. Asumiendo lo inseguro en el juego heroico de la libertad de reinventarnos en cuerpo y alma.

Porque además, la hazaña fascinante no tiene desenlace ni término. Como el pavoroso universo que habitamos, espuma del movimiento de lo sutil, cresta murmurante del silencio esencial cuya gloria es todo, lo posible, lo imposible y lo imaginario.

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