PARLAMENTARIOS, SAMURAIS Y LOBBYSTAS .

PARLAMENTARIOS, SAMURAIS Y LOBBYSTAS .

La batalla parlamentaria en torno del Tratado de Libre Comercio me sorprendió en los pasillos del Capitolio, y luego pude ver varios curiosos episodios en otros sobresaltados corrillos de Washington. Por aquellos días la capital de Estados Unidos era un hervidero de presiones y pasiones. Los camioneros, contrarios al acuerdo, paralizaban el tránsito. El señor Perot multiplicaba su pintoresca presencia en todas las pantallas y en todas las tribunas. Había alcanzado el don de la ubicuidad. Se le veía en todas partes y a todas horas, declamando su consabida letanía contra el mercado común norteamericano y los peligros que asechaban a los trabajadores, pero la contundencia del mensaje se le debilitaba en esa misteriosa entonación nasal que más lo asemeja a un personaje de Walt Disney que a un prócer de la patria.

12 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

El presidente Clinton tampoco era mudo. Habló con 400 de los 435 congresistas y con 90 de los 100 senadores. Prometió y se comprometió todo lo que puede prometer o comprometerse un presidente. Luchó a brazo partido contra los terribles cabilderos, pero reclutó a sus propias huestes de lobbystas bajo la batuta del caballero Iacocca, superviviente heroico de la guerra entre Detroit y Tokio por la conquista de las autopistas americanas.

Es interesante y extraño el modo que los americanos tienen de aprobar sus leyes. Un experto en management , como Peter F. Drucker, recomendaría una secuencia distinta para lograr los mismos objetivos, pero de forma más racional y armónica. Los norteamericanos primero toman las decisiones y luego salen a buscar el consenso. Los japoneses, en cambio, más sometidos al rigor de la lógica, primero se empeñan en alcanzar el consenso, y luego toman las decisiones.

Eso se ve con toda claridad en el terreno de las negociaciones comerciales entre japoneses y norteamericanos. Antes de firmar los contratos, los japoneses envían hordas de ejecutivos que hacen las mismas preguntas y recorren los mismos caminos de sus antecesores. Los norteamericanos no entienden esa conducta reiterativa. No se dan cuenta de que la corporación japonesa lo que está haciendo es convencer a quienes luego tendrán que ejecutar el negocio proyectado.

No es que a los japoneses les guste perder el tiempo en el preámbulo. Es que el preámbulo es un largo período de reflexión y convencimiento colectivos fuera del alcance de la limitadísima paciencia norteamericana. Sin embargo, un día, de pronto, súbitamente, cuando ya se ha alcanzado el consenso, los japoneses entran con el ímpetu de los siete samurais a rematar el acuerdo y a solicitar una cascada de decisiones urgentes del sorprendido interlocutor. La prisa japonesa viene después del consenso, nunca antes.

Pero si dudosa es la secuencia lógica del proceso legislativo norteamericano, más vidriosas resultan las ventajas de un parlamento en el que no existe disciplina partidaria, y en el que cada cual dice votar de acuerdo con su conciencia y sólo se siente responsable ante los electores que lo instalaron en el gobierno.

No obstante, hay toda una doctrina política que respalda esta forma de crear o revocar leyes. Incluso, algunos politólogos suponen que el parlamento norteamericano es una expresión superior de la democracia. Ya no se trata de parlamentarios que representan a la nación como un ente abstracto (la soberanía nacional), sino de un grupo de ciudadanos que representan a otros ciudadanos de carne y hueso (la soberanía popular). Aparentemente, en Estados Unidos se ha pasado de la democracia representativa a una democracia participativa donde la soberanía descansa en el pueblo.

Es eso cierto? Es más democrático el congresista o el senador que tiene que vérselas con las presiones de los lobbys o de los grupos de interés, como ahora se dice, que el que responde a las directrices del partido, como sucede en Europa? La intuición indica que la democracia norteamericana está mucho más cerca de las gentes que la democracia europea, pero pueden los legisladores norteamericanos actuar, realmente, de acuerdo con su conciencia o de acuerdo con los deseos de sus electores, o son mucho más vulnerables frente al peso de los grandes intereses? Es probable que el sistema legislativo norteamericano, por debajo de las apariencias, sea mucho más imperfecto que el europeo. Una imbecilidad como la política de tenencia de armas de fuego que existe en Estados Unidos, sólo puede explicarse por la indefensión de los parlamentarios ante los poderosísimos fabricantes de pistolas y escopetas.

Es muy difícil que la mayor parte de los congresistas y senadores norteamericanos realmente crean que debe continuar prevaleciendo el derecho de toda persona a portar armas desde los 18 años, en un país en el que algunas ciudades se han convertido en mataderos infernales, pero quién se pone ante la mirilla despiadada de la National Rifle Association? En Europa, en cambio, donde la disciplina de partido es casi total, los parlamentarios están más protegidos contra la influencia de los lobbystas.

Por supuesto, es fácil llevar esta discusión al terreno de la pugna sempiterna entre los derechos de los individuos y los de la comunidad, pero el instinto indica que en Estados Unidos cada vez es más difícil delimitar esa problemática abstracción que es el bien común. A estas alturas resulta imposible precisar cuándo el sistema refleja los deseos de la mayoría, o, simplemente, la voluntad de quienes tienen más dinero y recursos para volcar en su favor el peso del parlamento. Y me figuro que no hay modo humano de corregir este endiablado problema. (Firmas Press)

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