LA AGONÍA DE LA COMEDIA

LA AGONÍA DE LA COMEDIA

Si la comedia no ha muerto por lo menos anda en agonía. Y nada más doloroso que verla exánime, lánguida, exhalando sus últimos suspiros. Toda risa e inteligencia, ironía y espectáculo de crítico de las costumbres, la visión de una comedia desfalleciente es para hacer trizas el alma. En televisión la cuestión afloja las lágrimas. A todas las comedias al aire las une la algarabía de los gritos y la ausencia del humor.

12 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

En algunas más que en otras resuenan las soluciones fáciles, los manejos de bolsillo y la más absoluta ramplonería. En otras, la repetición hasta el cansancio es su argumento semanal, desfavorecido y pobre.

En los primeros cuarenta años de la televisión colombiana se pueden contar con los dedos de la mano de E.T. que no tenía ni cinco las comedias que han aportado algo diferente a la historia del género. Ya entre los clásicos está Yo y Tú , una obra costumbrista que supo acompañar la transición del país hasta que feneció previsiblemente por físico agotamiento. Porque la comedia, más que otros géneros televisivos, vive de las modificaciones de una sociedad, de sus problemas como de las variaciones de su sensibilidad. Vale tanto o más que muchas investigaciones sociales.

Para un país que hace unas décadas entró en un desordenado proceso de modernización, la maestra de Laguneta y los devaneos amorosos entre Estercita y don Cándido empezaron a ser vulnerables y poco provocadores. Don Chinche descubrió la vida cotidiana de la ciudad, los escarceos de un barrio desde el cual era posible mirar de manera más amplia a un país. Menos costumbrista y más urbano, su humor sintonizó de inmediato con los vaciados , los venidos a menos, la aristocracia en extinción y los ricos emergentes. Dibujó con risas las transformaciones de una cultura y casi por primera vez se vio a un de Brigard humilde y empobrecido aunque siempre recto como un riel.

Era el mismo país en que la clase media tiende a pauperizarse y donde aparecen otros actores sociales, inclusive aquellos producidos por los dineros fáciles.

Dejémonos de ainas es la tercera comedia de los dedos de E.T. y prácticamente pare de contar. El trabajo de Romero Pereiro logró mostrar las vicisitudes de una familia corriente y comprobó que para doblarse de la risa basta colocar al frente un espejo. Porque los eventos más comunes tienen un enorme potencial humorístico, Dejémonos de vainas le habló a la gente con un lenguaje conocido. Sus autores, porfiados hasta el exceso, la mantienen cuando hubiera sido mejor despedirla en su mejor momento que no es precisamente ahora. Sobrevive infortunadamente a punta de bombonas de oxígeno y masajes en el corazón.

Las comedias, como los toreros, deben saber cuál es el instante más adecuado para cortarse la coleta y salir del ruedo con el aplauso del respetable. Lo contrario es arriesgarse a los revolvones estos y los otros, a las banderillas negras y los pitidos del público.

Pero hacer un inventario de las comedias, diferentes de estas tres, que han surgido en los últimos años, es insistir en un listado deplorable de falta de imaginación y mediocridad a borbotones.

La taxista no solamente tiene que superar los huecos del alcalde Castro sino los socavones de sus historias, situaciones y personajes.

El hijo de Nadia creyó tener la fórmula en las manos y no hizo nada por enriquecerla. Al final se ha tornado en una agencia de gritos que explora como las otras en el sainete fotuto y plano.

Te quiero, Pecas no sale de su apartamento. Lo que no es ningún problema. Comedias excelentes como Lazos familiares o Quién manda a quién tampoco lo hacen. Pero aquí lo grave es que el encerramiento es total, comenzando por sus argumentos.

Qué infortunio que un país no pueda reír a mandíbula batiente. No simplemente para hacerles caso a quienes creen que su efecto es sólo de catarsis sino para revalidar el enorme papel ético de la risa. De la risa sobre nosotros mismos y sobre las numerosas falacias nacionales.

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