UNA PIEDRA EN EL ZAPATO

UNA PIEDRA EN EL ZAPATO

El presidente electo de Venezuela, Rafael Caldera, se enfrenta, sin lugar a dudas, a uno de los momentos más difíciles del vecino país, que no sólo afectará su futuro económico, sino los procesos de integración. Un déficit fiscal casi inmanejable, una inflación galopante que puede terminar en 50 por ciento, unos precios del petróleo en picada, una devaluación creciente y unas tasas de interés cercanas al 80 por ciento anual, no son la mejor herencia.

12 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

Pero si lo que recibe es malo, el manejo que parece que le va a dar no es el más prometedor. Las primeras declaraciones del líder democristiano ya han comenzado a preocupar a todos sus socios comerciales, a los acreedores, e incluso al sector privado de ese país.

Su primer anuncio no fue ninguna sorpresa, aunque muchos esperaban que cambiara de opinión. Para cumplir con lo que prometió en su campaña, reiteró que no cobrará el Impuesto al Valor Agregado (IVA), de 10 por ciento, que aprobó el Congreso después de cinco años de debate.

Y dice que no lo acepta, no obstante que sabe que el recaudo de ese impuesto indirecto, que tan buenos resultados ha dado en otros países, podría cubrirle buena parte del faltante de recursos para financiar los gastos del Estado (déficit fiscal).

Estimaciones preliminares permiten prever que el IVA podría generarle a Caldera 220.000 millones de bolívares el año próximo, unos 2.200 millones de dólares. Un monto que le permitiría reducir el déficit de un estimado para 1994 de 3.600 millones de dólares (6,0 por ciento del PIB) a sólo 1.400 millones.

Pero no sólo se niega a cobrar el IVA, que es una de las recomendaciones básicas del Fondo Monetario Internacional. También ha dicho que no aumentará los precios de la gasolina, como pide ese organismo, porque es una medida impopular y porque puede disparar más el crecimiento del costo de vida. Sobre el recorte en gastos burocráticos, tampoco ha dicho nada, quizás porque no es fácil ni muy significativo frente al déficit.

Por tanto, a Caldera sólo le quedarían dos salidas. La primera, que ya mencionó y que generó incertidumbre en la banca mundial, sería buscar una renegociación de la deuda externa, que suma 35.000 millones de dólares. Y parece tener una razón clara. La mitad del déficit del año próximo lo explican las obligaciones con la banca externa por pagos atrasados.

Pero esa decisión, comentan algunos analistas en ese país, le generaría muchos problemas y perdería la posibilidad de obtener nuevos recursos para financiar programas de desarrollo. Sólo durante el presente año, el ahora ex presidente Carlos Andrés Pérez logró colocar en los mercados internacionales bonos de la República de Venezuela por más de 900 millones de dólares.

La segunda salida sería optar por una mayor devaluación del bolívar, que en poco tiempo pasó de 70 a 103 por dólar. El problema es que así la devaluación le genere mayores ingresos al fisco, porque el Estado es el principal generador de divisas, también le encarece las importaciones, presiona la inflación y deteriora más los ingresos reales de la población. El salario mínimo está en 9.000 bolívares (90 dólares), que en términos reales es similar al de los años sesenta.

Aunque no se sabe cuáles serán las medidas que adopte Caldera, lo cierto es que la economía venezolana tendrá que ser sometida a un fuerte apretón. Y ese ajuste no sólo frenará más su crecimiento y desarrollo, sino que puede ocasionar la evasión de capitales, frenar muchas inversiones que se estaban planeando y convertirse en una molesta piedra en el zapato para los procesos de integración económica (G-3 y Grupo Andino).

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