A PESAR DETODO, YO CREO

A PESAR DETODO, YO CREO

Publicamos el prólogo, escrito por el doctor Jorge Valencia Jaramillo, senador de la república, de la obra A pesar de todo, yo creo, volumen tercero de la serie Un Alto en el Camino, del Padre Alfonso Llano Escobar, S. J., que acaba de publicar Ediciones Paulinas. Alfonso Llano Escobar, sacerdote jesuita, escribe con el título Un Alto en el Camino, una columna todos los domingos en el periódico EL TIEMPO. Yo, que vivo con la cabeza metida entre los libros y los diarios, con frecuencia me encuentro con él. Y casi siempre entablo un silencioso diálogo no pocas veces en tono de querella con lo que él dice. No obstante esa eventual discrepancia, me gusta el ejercicio. Me hace pensar, me obliga a reflexionar.

12 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

Hay que distinguir y, tal vez, precisar que Alfonso Llano es un sacerdote y yo un simple laico. Que él predica y explica la Palabra de Dios. Que yo existo y, en ocasiones, vivo perdido en medio de las palabras, casi siempre vanas, de los hombres. Por eso mismo, lejos de la Palabra de Dios de este jesuita amigo. Pero que él, reiterada y repetidamente, se meta en mi conciencia y me discuta y me presente diversos argumentos a favor de sus creencias, me torna pensativo y, por qué no? de pronto más cerca de Dios, de su Dios.

Colombia era un país muy católico. Ahora bastante menos aunque pareciera, para muchos, que sus creencias y su fe continúan intactas. Como predicador, pensador y filósofo, LLano pone de presente, de manera descarnada, esta realidad. Los principios y la moral de antes se han ido muy lejos. Los valores que hoy rigen nuestra sociedad son otros. Casi que podría afirmarse que Colombia es en estos tiempos básica, profundamente materialista. Muy, pero muy poco espiritual. Las enseñanzas de nuestros padres y antepasados se han perdido. Se transformaron en creencias permisivas, licenciosas. Si ellos resucitaran lo más seguro es que lanzarían un grito de espanto. El ídolo de hoy no es Dios, el Dios cristiano que ellos reverenciaron y siguieron, el ejemplo abnegado ante las dificultades y las privaciones. No, el ídolo que ahora se sigue ciegamente es aquel que reúne el dinero y el poder. El que, pasando por encima de los principios, todo lo justifica.

Hubo, acaso alguna vez, una sociedad más corrompida que la actual? Lo dudo. O, mejor, podríamos sostener categóricamente que nunca la hubo. Y, cómo es eso posible si todavía somos un país católico que tiene supuestamente una doctrina moral? Porque lo que se tiene es una fachada que usa de mascarón de proa, de escudo protector: por si las dudas, por si de pronto existe un castigo divino.

Quién no se pasma de sorpresa al comprobar que los mayores delincuentes nuestros llevan una estampa de la Virgen en la cartera, o un escapulario en el pecho? Quién no cierra los ojos aterrorizado al observar cómo el asesino antes de apretar el gatillo del arma homicida invoca a Dios y a los Santos y se echa la bendición? Por todo esto es indispensable, necesario, bienvenido que pensadores como Alfonso Llano tengan el valor de llamar la atención y de decir que las cosas no pueden seguir como van. Si robar al Estado o al prójimo, si matar aquí o allá, si traicionar sin el menor remordimiento es posible y en ocasiones, bien visto para hacerse más rico y tener más poder, nuestra sociedad está a punto de disolverse. Si todo ese conjunto de principios y de normas que regían el comportamiento de los colombianos se perdieron, qué podemos hacer? Que alguien, al menos, así sea solitario, haga un alto en el camino y nos diga que las cosas van muy mal. Que hay que cambiar urgentemente. Que no podemos continuar por ese torcido camino.

Que Alfonso Llano es un jesuita moralista que ahora pontifica sobre lo divino y lo humano, dirán algunos. No importa. La verdad no me molesta, por el contrario, la considero indispensable, así yo ande en medio de la noche, cuestionando a Dios por lo que hace. Si bien mi angustia y mi dolor pueden ser otros y hay, naturalmente, una considerable distancia entre los dos, soy solidario, absolutamente solidario con él, con este hombre de carne y hueso, que con vehemencia defiende a Dios y sus principios, este hombre que se llama Alfonso Llano Escobar.

Por eso tú, lector eventual de este libro, tú, lector a quien no conozco, piensa que puedes mirarme de frente, con tranquilidad, pues así sea yo pecador te aseguro que tengo la mirada limpia y transparente, y que los dos debemos, como amigos, tomar nuestro asiento, dispuestos a escuchar qué cosa querrá decirnos ahora, para bien o para mal de nuestras conciencias, este hermano predicador, este jesuita incansable. Así no estemos en muchos casos de acuerdo con él, seguro que será para nuestro bien. Y eso es lo que vale y lo que importa. El que alguien, bien sea sacerdote o laico, tenga ese valor y tenga credibilidad, es lo que vale, repito. Sus opiniones y conceptos habrá que ponerlos en la balanza de nuestras vidas. Pesarán para bien. No lo olvides, justos hay pocos. Leámoslo entonces con paciencia y dedicación.

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