LA VIOLENCIA NO ES SOLO DEL FÚTBOL

LA VIOLENCIA NO ES SOLO DEL FÚTBOL

Violencia. Cualidad de violento. Acción violenta. Violento, ta. Que se hace o sucede con brusquedad o mucha fuerza. Iracundo, irascible. Que se hace a disgusto o de modo no natural.

12 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

Es lo que dice Kapelusz.

Violencia en el fútbol. Manifestación brusca e irascible que se da cada vez con mayor frecuencia dentro y fuera de los estadios. A veces, en masa.

Es lo que decimos nosotros.

Qué es lo que pasa en el fútbol? Por qué tanta violencia? That is the cuestion. Por qué siendo tan amado, el fútbol genera este tipo de manifestaciones tan peligrosas y desagradables? Las muertes en el fútbol, las peleas y los desmanes, hasta no hace mucho eran cosas de ingleses y argentinos, hooligans y barras bravas , gentuza de la cual han ido tomando ejemplo, primero lentamente y ahora a toda velocidad, los aficionados de casi todo el mundo. Qué es lo que ha pasado? Una suma de cosas. Cabe afirmar, primero, que el fútbol en sí mismo no genera violencia. La violencia no es del fútbol, es de la sociedad. Se instala en el fútbol porque es una de las formas más sencillas de hacerlo. Hooligans y barras bravas provienen de los estratos sociales más bajos, menos instruidos y con menos recursos. No tienen la menor posibilidad de ingresar a un club de golf, no encajan en un court de tenis, no disponen del dinero necesario para subirse a un auto de carreras.

Aprenden a tutearse, desde muy chicos, con el fútbol, el deporte más barato, probablemente el que brinda mayores emociones, el único que no les pide nada a cambio, el que no hace distingos raciales, económicos, religiosos ni de ningún tipo. Son del fútbol.

Por otra parte hasta el más desposeído de los ciudadanos se siente más importante hinchando por un club de fútbol. Se hace hincha de Boca y el domingo, aunque más no sea por un día, se siente poderoso él también, es partícipe de un acontecimiento nacional, se ilusiona, ríe, grita, es feliz, sueña con el título, porque una pequeñísima porción de ese logro le pertenece.

Por un día hasta comulga con un rico y se siente igual a él. Pasa un carro lujoso junto a él, va con la bandera de Boca, lo ven con la camiseta puesta y le tocan bocina. El saluda orgulloso, se siente hermanado, se ve ascendido en la escala social.

Esto hace que le otorgue al fútbol una importancia trascendental en su vida. Pero tiene que ganar. Si pierde Boca, le gastan bromas. Si gana, hasta se da el lujo de cargar a otros más leídos y adinerados que él. Hasta es capaz de bromear con el jefe al día siguiente en la fábrica. Se siente con derecho porque el fútbol es de todos. Es la actividad más masiva que registra la vida contemporánea.

Ese hombre da la vida por Boca, al fin de cuentas lo único casi que lo hace sentir realmente bien. Y es ahí donde se plantea que si fuera necesario, hasta es capaz de pelear por Boca.

La pregunta es, entonces, son los sectores más desposeídos los más violentos? Al menos son los que más motivos tienen para rebelarse, a los que el resto de la sociedad le ha otorgado menos oportunidades para progresar.

De ese tipo de gente se han valido los dirigentes para conseguir objetivos. Los mandaban a apretar gente para ganar una elección, a gritar tal o cual consigna, hasta los utilizaron para amenazar a más de un técnico para que renuncie y no cobre su contrato. Eso, al menos, sucedió en la Argentina. Les fueron dando entidad y ahora ese monstruo es una institución hecha y derecha: se llama barra brava y es una máquina de generar violencia.

Se tornó ingobernable, reclama quinientas entradas por partido (las que luego venden, por supuesto), pide dinero a los jugadores y dirigentes a cambio de que estén tranquilos, hay que darles pasajes para todos los viajes, incluso a los Mundiales, y los cabecillas hasta cobran sueldo en el club.

Por una serie de razones que van desde el prestigio hasta su folclor, el fútbol argentino ha sido siempre un imán para la afición de todos los demás países. Los cantos, la pasión increíble de la gente, la técnica de sus futbolistas, de todo han tomado algo. Ahora también han recibido la nefasta influencia de las barras bravas y es posible ver desmanes a diario en Uruguay (donde la corrección del público era ejemplar), en Chile (con enfrentamientos graves entre los hinchas de Colo Colo y la U. de Chile), en Perú y lo mismo en Colombia. Las barras organizadas son una realidad peligrosa.

Pero no sería justo cargarle todo el fardo a las barras bravas argentinas. Tampoco a las clases más bajas, acaso las menos culpables. La sociedad de hoy es más violenta que en el pasado. La gente es menos sumisa. Se siente humillada, despojada, burlada y se rebela. Con las pasiones encendidas, las pulsaciones aceleradas y el sistema nervioso a mil, una cancha de fútbol es escenario propicio para la violencia, buena cuenca para ese río turbio y bravo.

La gente no tiene buenos ejemplos de arriba. Huele corrupción, negociados, acomodos, dinero fácil que corre, mucha cosa espuria. Los jóvenes, la presa más propicia de la violencia, se choca de frente y muy a menudo contra realidades como desempleo, falta de oportunidades, incomprensión. Es una suma de elementos que, combinados, forman un coctel explosivo que estalla frecuentemente en los campos de fútbol, los más fáciles de abordar por todo lo que dijimos al principio.

No es sencillo tratar un tema como este de la violencia. No es lindo. Probablemente se necesiten varios libros para explicarlo y gente más idónea que un simple periodista. Pero es que uno gana el pan para sus hijos escribiendo, y le dicen una nota sobre la violencia y la hace. Ahí va.

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