EL CRONISTA DEL PRÍNCIPE

EL CRONISTA DEL PRÍNCIPE

La historia de los príncipes providenciales es patéticamente inacabable. Ni la más insidiosa de las jugarretas del destino pudo ni puede privarlos del designio de acceder al trono. La Edad Media está repleta de niños expósitos y extraviados que, sin embargo, llevaban en su cuerpo la inequívoca señal de la predestinación. La condesa que hizo el hallazgo en un bosque oscuro del niño que después sería Ricardo el Hermoso, no pudo evitar esta tajante premonición: este será Rey . En Francia, aun los reyes bastardos, nacían con la cruz real estampada en sus pequeños cuerpos, burlando todas las reglas de la herencia. En casi toda Europa pueden encontrarse esos designios. Los predestinados de la Casa de Habsburgo, por ejemplo, tenían en su espalda, al nacer, una cruz con la forma de pelos blancos .

11 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

Inútil atribuirlo todo al folclore. Historiadores, pensadores políticos y teólogos creían rigurosamente en aquellas señales del destino. Que después creyeran que fuesen además taumaturgos con la facultad de curar, al tacto, las escrófulas, que es como llamaban a las huellas de la tuberculosis, es cosa fácil de entender sin necesidad de compasión alguna.

Habría que rastrear en Pereira la posibilidad de un acontecimiento semejante. Porque la acertada profecía del hijo de Galán tiene inquietantes similitudes con la sublime premonición de aquella condesa. Para que la historia no vaya a extraviar ese dato trascendente, el novísimo Príncipe se procuró memorías anticipadas. Gracias a ellas sabemos que los idiotas que habíamos creído que el predestinado había llegado hasta la dirección de los decisorios tejemanejes pre-cortesanos, por pertenecer a la facción adversaria, nos merecemos nuestra propia idiotez. El futuro Príncipe estaba allí por la mediocridad de los apóstoles entonces disponibles. Y, aunque no lo diga explícitamente el cronista, para hacer cumplir los divinos designios.

La historia la habían hecho siempre los historiadores. Y desde luego los políticos y los curas. Ya era hora de que la hicieran los periodistas. No importa que se hiciera otra vez por encargo de los poderosos. Ni el revolcón autorizaba quebrar tan brutalmente la tradición. En contra de lo que podría creerse, no fue Stalin quien inventó la historia como un instrumento del Estado. O de los príncipes, que es igual. Cuando la historia oficial fingió que el comisario Trotsky no había existido no estaba redescubriendo la pólvora. Es presumible que Stalin declarase una y otra vez que no había leído el libro antes de su edición.

Los seres humanos, y eso incluye a los historiadores, y a los que fungen de eso, somos ignorantes más de una vez. En la adolescencia olvidamos las primeras dramáticas experiencias de niño. Pero hasta sin acudir a Freud sabemos que esa es una inocencia artificial. Tenemos un recuerdo deformado que nos permite continuar el camino. Después olvidamos otra vez, sobre los umbrales de la vida adulta. Aún así la inocencia perdida jamás vuelve a recuperarse. La ficción es el recuerso fácil contra esa culpa irresistible. La novela histórica y la crónica periodística proporcionan la impunidad necesaria para el ejercicio del libre albedrío. Hay libertad para hacer cambios considerables en el orden de los acontecimientos, omitir lo que no encaje en el libreto, hacer proceder a los personajes sin motivación ni sentido, hasta volverlos groseros y estúpidamente irreales.

Entonces hasta la verdad, cuando la hay, deja de ser un fin para convertirse en un medio. Reducirla, estrecharla, sacarla de contexto es cosa fácil. Y hasta las verdades instrumentadas para hacer el bien, o hacérselo al Príncipe, corren el evidente peligro de ser utilizadas indebidamente. Atribuir a otros hombres que buscaban y buscan el poder, por ejemplo, la intención de adquirir beneficios de una muerte ilustre, parece un sesgo macabro cuando todos los ciudadanos del reino logramos recordar quién fue el beneficiario. Llamar cabrón a algún súbdito colaborador puede ser una interjección inocente, convertida sin embargo, por lo que puede la adición , en un agravio desconsiderado e inútil.

Pero los asuntos del cronista son suyos. Imposible pedirle que se calle lo que no quiere callarse. O que interprete a su antojo, aún con desmesura. Al fin y al cabo puede que la objetividad sea sólo un sueño. Cualquiera puede ser su propio historiador y acomodar su visión del pasado inminente. Lo que sorprende es la actitud del Príncipe y su corte: ese frío apasionamiento que permite dañar selectiva y oportunamente al prójimo, con un gozo íntimo y prohibido.

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