NUNCA UN GOLPE BAJO

NUNCA UN GOLPE BAJO

El periódico EL TIEMPO, cuando lo adquirió Eduardo Santos, era una hoja diaria igual a otras tantas que circulaban en Bogotá por aquellos años. Abundaban los escritores y escaseaban los administradores. Era una tradición colombiana la del periodismo romántico, alejado del espíritu de lucro. Vivían y morían así, en la memoria de los colombianos, los mismos nombres de periódicos desde los primeros años de la Independencia. EL TIEMPO, El Liberal, El Heraldo, La República... EL TIEMPO había sido el periódico de Murillo Toro y, medio siglo más tarde, de Alfonso Villegas Restrepo. Eduardo Santos no escapaba la regla. Tampoco era ducho en administración de empresas. Pero, según el dicho no sabía hacer tamales, pero sí sabía dónde los hacían buenos . Fue así como encontró a don Fabio Restrepo un gerente que puso a EL TIEMPO a la cabeza de los diarios colombianos y, más tarde, a la par con los diarios tradicionales de la América Latina: El Mercurio, La Nación, El Comercio, que pese a grande

12 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

Ya Alberto Lleras, en el prólogo de la obra que hoy se entrega a la luz pública, ha hecho la presentación de quien, desde hace cuarenta años, ejerce la rectoría del matutino bogotano. Es una presentación objetiva y crítica, que mal puede ser enmendada con mis deshilvanados trazos. Solo quisiera agregar unas breves consideraciones, de análoga estirpe, para que los sentimientos de una arraigada amistad no obnubilen el enjuiciamiento.

Cuando todavía no se han visto los frutos de la reglamentación del periodismo, bien vale la pena recordar cómo, antes del sistema de los carnés que acreditan la idoneidad profesional, la carrera de periodista era, como la militar o la diplomática, un ascenso por riguroso escalafón. El soldado raso era el cronista, que cubría como se dice en la jerga periodistica bien el Congreso, bien las inespecciones de polícía, bien las noticias económicas, cuando no se iniciaba en la traducción de cables, o en la diagramación, para alcanzar la jefatura de redacción, y, finalmente, la dirección del diario, corriendo, como en tantas otras carreras, en las que se llama a la gente a calificar servicios, el riesgo de no llegar. Roberto García-Peña no fue una excepción a esta regla, a la que se sometieron, entre otros de sus contemporáneos, Alberto Lleras y Alberto Galindo, aprendices del oficio desde los primeros peldaños.

Ni mezquindad ni abuso Si se dice que las mujeres tienen un sexto sentido, otro tanto podría afirmarse de los periodistas, que en verdad tienen un séptimo: el sentido de la noticia. Noticia sublimizada, que llamamos, en el argot periodístico, chiva . Saber dónde está la chiva es algo como tener oído para la música. De esta suerte, cuando se corona la profesión de periodista, y el escritor llega a la dirección del diario, ya está tan connaturalizado con la noticia que, frente a la hoja virgen que espera el editorial del día siguiente, un instinto infalible le advierte acerca del suceso que cautivará la atención del lector y por cuál ángulo es necesario enfocarlo.

Muchas veces, en el curso de los años, me ha correspondido repetir el viejo aforismo del Manchester Guardián, según el cual, el comentario es libre, pero la información es sagrada. En abstracto es concebible el divorcio total entre la información y el comentario; pero, qué difícil es en la práctica! La forma de entregar la noticia como que lleva ya envuelta una apreciación sobre su contenido. Hay noticias, como el terremoto de Nicaragua, de hace algunos años, que no merecen ningún comentario, distinto del de la solidaridad humana; pero, cuántas otras, desde el momento mismo de su presentación, comienzan a vivir sometidas a un juicio crítico que tal vez solamente los historiadores del futuro podrán decantar. Tal es el caso de la matanza del Tlatelolco en México. Cuántas gentes murieron y en qué proporción pertenecían a los cuerpos de seguridad o hacían parte del grupo de ciudadanos inermes? Quién inició la violencia? A quién corresponde la autoría intelectual de la masacre? En los titulares mismos se decide la cuestión, gracias a la influencia de la prensa. Infinita para asignar culpas y responsabilidades por la forma misma en que se da a conocer la información. Lo mismo absuelve que condena. De ahí el poder de que dispone un director, para bien o para mal.

Una inclinación humana explicable tiende a atribuirle poderes especiales a quien habitualmente dispone de noticias frescas. Lo vemos en las colonias de residentes en país extranjero, donde el liderazgo del grupo lo asume quien pueda suministrar las últimas informaciones, las más recientes e inesperadas. Con mayor razón, en el ejercicio del periodismo, se dispone de una autoridad excepcional para modelar la opinión y constituirse en guía.

Roberto García-Peña ha ejercido este oficio durante cuarenta años sin mezquindad, sin abuso. Ha prologado una tradición sobre la cual puede ser contradictorio el fallo de las distintas vertientes de opinión, como es el espíritu liberal, teñido de republicanismo, que, desde los albores orientó la pluma de Eduardo Santos. La capacidad de crear opinión de EL TIEMPO ha sido tan grande, que bien vale la pena preguntarse si la acogida de que disfruta entre nuestros contemporáneos y de la que gozó en las dos generaciones anteriores, apelando a la contemporización, que se preconiza desde esa tribuna, ha sido una constante de la sociedad colombiana o es el fruto de la persistente influencia de EL TIEMPO. Lo que no se puede negar es que existe un consenso sobre las reglas del juego político en miles de hogares colombianos, donde se identifican con ese temperamento, con las reacciones individuales, por la coincidencia entre el estilo del matutino bogotano y el modo de pensar de muchos de nuestros conciudadanos, que subconscientemente piensan con la cabeza de EL TIEMPO.

Roberto García-Peña no ha abusado de esta ilimitada capacidad de que dispone su diario de forjar el criterio colombiano aún más allá del círculo de los lectores de su diario. Por el contrario, si hay algo reñido con la natural disposición de su corazón y su bonhomía ingénita es la pequeñez. El poder le ha servido para demostrar que lo puede ejercer con moderación y equilibrio, tal como debió ser la consigna del fundador, cuando le confió la dirección de su criatura. Firme en sus convicciones, con una franqueza muy santandereana, no recuerdo haberlo visto golpear a nadie por debajo del cinturón. Mi testimonio es el de un ciudadano que, habiendo sido su contradictor, y habiendo discrepado por muchos años de EL TIEMPO y de su dirección, no ha visto jamás empañada la amistad personal por un agravio innoble.

Al copilar los editoriales y Rastros de los hechos , con que nos ha regalado a través de los años Roberto García-Peña, la Biblioteca Pública Piloto de Medellín contribuye una vez más a la difusión de la cultura, en cuanto ella tiene de más frágil y pasajera y, por tanto, de ardua y de difícil, como es el periodismo. La fama de pueblo culto, y la leyenda de la Atenas Suramericana, con que nos agraciaron viajeros de otras latitudes, a comienzos de siglo, pienso yo que obedece a la calidad de nuestros escritores públicos. Dónde están los libros para acreditarnos como letrados o ensayistas de renombre continental? Curiosamente, muchos de nuestros ensayistas no han hecho sino recopilaciones de sus artículos de periódico; pero, al mismo tiempo, qué donosura en la prosa efímera de un Camacho Carrizosa, de un Baldomero Sanín cano, y años atrás, de un Carlos Martínez Silva, espejo de periodistas. Es el atributo que no hemos perdido porque, a medida que transcurren los años, se hace cada día más visible el contraste entre la propiedad con que se escribe el castellano en Colombia y en el resto de América. El virtuosismo literario, que se nos reconocía, conserva plena vigencia, tratándose del periodismo. Claro está que el oficio ha evolucionado y que un estilo directo y conciso ha sustituido el tono discursivo que, con carácter de ensayo, caracterizó a algunos de nuestros más atildados escritores. La columna, de invención norteamericana, y que introdujeron a Colombia Calibán y Emilia Pardo Umaña, en la década de los treinta, hace aparecer como algo obsoleto y pasado el escrito de fondo, como suele calificarse al editorial. Ambos estilos tienen su razón de ser. El comentario directo y ágil de la columna corresponde en mayor grado a la velocidad de nuestro tiempo. El editorial, a la antigua, se escribía y aún se escribe para deleite de los menos, porque va dirigido a un patriciado erudito y cosmopolita, que sabe adentrarse en los meandros del idioma. Pero en verdad, el periódico moderno debe ser popular y no elitista.

Sensibilidad y experiencia El ideal contemporáneo, en consecuencia, en evitar el uso de un vocabulario sabihondo y llegar inmediatamente al lector, sin discursos ni razonamientos alambicados, apelando, inclusivo, a la chabacanería. La juventud distingue, a flor de piel, entre uno y otro estilo, y yo creo que los viejos también, para rechazar este último. Los Rastros de los hechos , como llama hermosamente Roberto su columna dominical son, a la vez, de una alcurnia muy antigua y muy moderna, como en el verso de Darío. Dos siglos tiene El viaje sentimental de Sterne por Francia e Italia. Más de medio siglo, las crónicas de Azorín, en las que se inspira nuestro homenajeado de esta noche, cuando recorre el itinerario del Quijote, evoca la brava breña nativa o revela, con ojos asombrados, las zancadas desarrollistas de Corea. Se podría pensar que son inactuales su prosa y el ángulo de aproximación al tema.

Sin embargo, un periodista tan calificado como Theodore White, tras cincuenta años de ejercer el oficio, llega a la conclusión de que este carece de sentido, si la noticia no se adoba con una interpretación sociológica, si no se inserta dentro de un contesto general que sirva para darle un contenido a la historia de nuestra época. No se pueden divulgar episodios inconexos, como los motines estudiantiles, el destape pornográfico o la liberación femenina sin zurcir la urdimbre que debe darles un significado trascendente. No basta tocar únicamente la epidermis de los hechos sino profundizarlos. Es una tarea que exige, por igual, una gran sensibilidad y una gran experiencia de la vida. Quien, como lo anotaba yo, ascendió por riguroso escalafón a la suprema jerarquía posee en grado eminente estos dos atributos. Experiencias, las más variadas, ya como hijo de una provincia campesina, ya como diplomático o ya como secretario privado de hombres de Estado a quienes sirvió, entre los primeros, como escritor fantasma ghost writer , al verter en prosa galana las ideas que en una sucinta conversación, le fueron transmitidas por algún encumbrado político, o como espléndido ejemplar de una humanidad ávida de conocimientos.

Roberto García-Peña ha recorrido toda la gama de las sensaciones de una vida atormentada, desde la bohemia de la juventud hasta la elación mística de la edad madura, cuando, privado de la incomparable compañera, sus ojos se volcaron con mayor intensidad hacia lo desconocido. Y, en cuanto a su sensibilidad, cometiendo una indiscreción voy a revelar el rasgo por el cual es menos conocido el cotidiano editorialista de EL TIEMPO: su vena poética. Como en las prosas de Gaspar, del maestro León de Greiff, a proposito de Villón, bien podría yo plagiarlo, repitiendo, a sabiendas a propósito de García-Peña: Versos? Hizo versos? Sí, me parece que vi versos de su factura alguna vez... A la biblioteca de los antioqueños y de los colombianos, en general vuelan esta noche los escritos de Roberto García-Peña, contenidos en este libro. Es una prosa castiza, enriquecida con numerosas citas, que tienen un soplo foráneo, si por tal podemos considerar vocablos castellanos de los escritores de la Madre Patria, que no son en nuestro medio de uso corriente. Tras el idioma literario está el hombre, el cronista zumbón, el poeta, el miembro de la familia, el combatiente político, el teólogo en agraz, pero, por sobre todo, el amigo que hoy honramos.

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