RECORDANDO A DON ROBERT

RECORDANDO A DON ROBERT

Habría podido ser tenor operático, finquero de ruana y zurriago o Santo Padre con el mismo éxito y calidez con que fue periodista durante más de sesenta años, porque la condición principal de Roberto García-Peña no estaba en lo que hacía sino en lo que era. Creo que fue Gabriel García Márquez el que lo definió como el hombre más bueno que ha dado Colombia , aparente exageración en la que no había nada de exagerado. Roberto mismo debía saber que era bueno era tan bueno que tenía que sospecharlo porque, cuando se refería a otro hombre bueno, le encantaba citar al bueno de don Antonio Machado en aquel verso sobre alguien que era en el buen sentido de la palabra, bueno . Bueno; pues Roberto era bueno en todos los sentidos de la palabra: buen maestro, buen colombiano, buen escritor, buen amigo, buen compañero, buen lector, buen miembro de familia. Buena res, que diría Alejandro Obregón. Tan buena, que sus mayores defectos procedían de que solo era malo para administrar con más cautela su

12 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

Fue tenor operático en los momentos de diversión y bohemia. Los amigos de su generación recuerdan aquellos ratos de madrugada cuando, cerrado el periódico y al calor de unos anatoles, Roberto se inspiraba y se largaba por los caminos agudos de Tosca. No lo hacía mal del todo, pues hasta pinta de tenor tenía y pecho para el do que sabemos. De noche en cuando, sin que mediara una ocasión de rumba, yo escuchaba que salían de la oficina del director lejanas arias de La Traviata, señal de que Roberto había terminado el editorial, había quedado contento y lo estaba corrigiendo.

Fue finquero de ruana y zurriago, y de boina y perro. Cuando se retiró de la dirección del periódico, encontró en su vieja Bucaramanga más exactamente en Girón el refugio para sus males de campesino. Allí solía pasar largas temporadas rodeado de obleas de Florida, piñas de Lebrija y cabrito a la pepitoria de La Tusa , porque ay Dios si Roberto era goloso. Hace pocos años, cuando las columnas de la quinta página de EL TIEMPO empezaron a llevar el retrato de la víctima, García-Peña escogió para su Rastro de los hechos la imagen del finquero de boina. Pero sin renunciar al corbatín de moño característico que identificaba al viejo poeta.

Y Roberto fue Santo Padre. Por los años sesenta, cuando el periódico se armaba en los sótanos de la Avenida Jiménez con séptima, EL TIEMPO había empezado a publicar en su primera página, costumbre que aún conserva, una frase o manchette. Se trataba de una cita iluminante como dice Klim que decía García-Peña que aparecía destacada en el extremo izquierdo de la cornisa de la plana. Con alguna frecuencia, el encargado de transcribir la frase se olvidaba de ello y llegaba la hora de cierre y el recuadro estaba vacío. El jefe de armada acudía entonces a Roberto y le comunicaba el tropiezo. El meditaba un segundo, comentaba que acababa de recordar una frase estupenda de Juan XXIII y procedía a dictarla al linotipista más próximo. Muchas sentencias de Juan XXIII, que Roberto citaba de memoria al filo de las 11 de la noche, presidieron la edición de EL TIEMPO. Siempre tuvimos la sospecha de que las frases no eran del Papa bueno sino del Director bueno. Pero cuando le pedíamos que nos dijera la verdad, Roberto se limitaba a reír, rizarse el guardabarro de la melena y elogiar a Juan XXIII. Posiblemente las citas no eran de este Santo Padre al que Roberto admiraba mucho, sino de Roberto, al que sus asistentes admirábamos aún más. Pero merecían serlo.

Veneno en la cola Conocí a Roberto cuando fui a lagartear puesto en EL TIEMPO hace ya 30 años. Después de algunas consultas con otros oráculos, el director me recibió en su despacho y me advirtió: Desde mañana empiezas a trabajar con nosotros. Pero te voy a repetir lo que me dijeron a mí cuando empezaba: Aquí no vienes a escribir editoriales, sino a recorrer calles como reportero .

Así fue, y no creo haber recibido nunca mejor lección sobre el orden de prelaciones en este oficio: el reportero es la esencia del periodismo, los editoriales son accesorios. Roberto mismo se enorgullecía de una de las mejores chivas de su vida. Cuando fue asesinado Robert Kennedy en 1968 tras ganar las primarias demócratas de Los Angeles, un hombre desvelado escuchaba por radio de onda corta en una casa del barrio Teusaquillo de Bogotá el resultado de las elecciones. Ese hombre era Roberto, a quien su curiosidad de reportero había llevado a espiar la jornada de Bob Kennedy. Fue así como supo que Sirhan Sirhan disparaba contra él y que el mejor candidato para la presidencia de Estados Unidos moría desangrado en la alfombra de un hotel. Roberto llamó a los Santos, levantaron a la medianoche a linotipistas y armadores y EL TIEMPO fue el único diario latinoamericano que apareció con la noticia.

Al mismo tiempo que periodista, Roberto era hombre de amplia cultura literaria y pluma peinada. Sostenía que las dos cosas no solo son compatibles, sino complementarias. Citaba a Azorín para probar lo próximos que se encuentran el periodismo y la literatura. Y solía colar, entre las Cosas del día , lo que él llamaba temitas lírico-ligaros : que no faltaran en el mosaico de opiniones del periódico unos renglones destinados a conmover o a hacer sonreír. Muchas veces, inventó y escribió con algún seudónimo secciones aladas que también las llamó así, como alguna que llevaba por título Vilanos de papel .

Enrique Santos Calderón, Luis Carlos Galán y yo empezamos a trabajar en el periódico casi simultáneamente. Ninguno tenía más de 21 años. Roberto, que ocupaba la dirección desde los 29, tuvo el generoso atrevimiento de repetir con nosotros la licencia que se había permitido con él el doctor Eduardo Santos, y meses después de haber entrado nos puso a hacer aquello para lo que no nos había traído: escribir editoriales. Fuimos nombrados sus asistentes de dirección y durante varios años nos reunimos con él todas las mañanas a conversar los temas dignos de comentario y acudimos todas las noches a observar los retoques maestros que Roberto había introducido en nuestros precarios borradores. Fue un aprendizaje formidable. Sin atentar contra el estilo de cada quien, Roberto elevaba frases caídas, paliaba altisonancias, corregía yerros gramaticales, elegantizaba como dicen las señoras el texto y, si era preciso, le afilaba el remate. Los editoriales solía advertirnos son como el alacrán: deben llevar el veneno en la cola . Era un decir, por supuesto. Roberto era incapaz de todo veneno. Si acaso un picante noble en la cola.

Pater et magister En una modesta recopilación de reportajes que publiqué, quise rendir un homenaje a don Robert, así lo llamó Galán, y estuve tentado de escribir en la dedicatoria tipográfica: A Roberto García-Peña, padre y maestro . Sabía que él iba a entender la alusión a Mater et Magistra , la encíclica de Juan XXIII que, sin saberlo, había seguido multiplicando sus citas apócrifamente en la manchette de EL TIEMPO. Pero pensé que, para los demás lectores iba a sonar como una dedicatoria inane de tesis de grado. Entonces, opté por la sobriedad y quedó dedicada a Roberto García-Peña, simplemente. Sólo en su ejemplar aparecía, agregado, aquello de Pater et Magister . Un antiguo lego de convento, como él, iba a agradecer el renglón, aunque fuera solo por el cariñoso esfuerzo de fajarse en latín.

Es curioso, pero, aunque Roberto fue director de EL TIEMPO y su principal editorialista en los peores momentos del odio entre liberales y conservadores, nunca se dejó llevar por el sectarismo. El periódico pudo haber sido sectario y muchos de sus editoriales destilaron seguramente la animadversión que destilaban los editoriales de todos lados en aquella época, pero Roberto el autor permanecía incontaminado. Es un fenómeno extraño. A veces EL TIEMPO piensa distinto y menos bien que sus propios dueños. Cuando el gobierno de Carlos Lleras Restrepo expulsó del país a la crítica de arte Marta Traba ya más colombiana que argentina por haber firmado una carta de profesores universitarios, EL TIEMPO se apresuró a ofrecer su respaldo editorial al Gobierno. Al día siguiente, los asistentes de dirección nos acercamos tímidamente a sugerir que se trataba de una colosal injusticia contra alguien que había hecho por el arte colombiano mucho más que los últimos gobiernos juntos. En un comienzo, Roberto defendió su editorial y apoyó la medida arbitraria del Gobierno. Pero en un momento dado se levantó preocupado y nos dijo: Les confieso que yo también estoy completamente de acuerdo con ustedes. No solo porque Marta Traba ha sido un elemento muy importante para la cultura colombiana, sino porque habla mal del Gobierno que vea como enemiga a una profesora de arte.

Pero ya EL TIEMPO un periódico muy importante pero, al fin y al cabo, nada más que una persona jurídica había hablado. Y su opinión era totalmente distinta de la de sus amos.

A sus jóvenes asistentes, García-Peña nos soltó la rienda, nos dejó hacer y nos guió con inteligencia y sentido del humor. Como nos había adivinado tendencias socialistoides que él mismo sentía aletear ( Quién que es no es romántico? , se preguntaba Roberto; y quién que es romántico no se siente de izquierda?, habría que agregar, incluso en estos tiempos en que los vientos soplan desde los lados de la derecha), cuando almorzábamos o comíamos con él nos reservaba un brindis muy peculiar: Salud y revolución social! De lo segundo no hubo nada. Y, en cuanto a lo primero, la salud de Roberto se fue agostando poco a poco. Sufría pequeños males y, desde tiempo atrás, un herpes terco que le producía dolores e incomodidades. Los años lo habían obligado a arrinconar su espíritu bohemio, pero no su curiosidad ni su simpatía. Estaba siempre al tanto de lo que acontecía en el mundo y era lector, radioescucha y televidente consagrado. El asesinato de Luis Carlos lo golpeó para siempre, como nos pasó a muchos.

En los últimos años acudí a visitarlo cada vez que fui a Colombia. En ocasiones lo encontraba un poco achajuanado y adolorido, pero muchas otras me sorprendía por su vitalidad. Hace apenas dos meses, lo llamé para ofrecerle visita y empanadas de Las Margaritas , que era mi venia habitual a su opulencia gastronómica, tan dignamente heredada por su nieto D Artagnan.

Estoy un poco fregado, mijito me comentó. Más bien lo dejamos para la próxima vez.

El lunes 29 me llamaron de Bogotá a darme la noticia. Ya no iba a haber una próxima vez.

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