EL ÚLTIMO JIRÓN

EL ÚLTIMO JIRÓN

Roberto García-Peña dejó un autorretrato que no creo pueda superarse. Consiste en haber escogido a Girón como el pueblito que le hubiera señalado Azorín para pasar los últimos años de su vida y morir. En Girón se recogió con sus libros, entregado a releer, y de ahí fue saliendo el Rastro de los Hechos. Periodísticamente, el antidiario. Porque la íntima experiencia cotidiana, recogida en silencio, lejos del ruido del mundo, como hacen los pocos sabios que en el mundo han sido, constituiría el antiperiódico. El diario escrito fuera del ruido, contra el ruido, más allá del ruido. Roberto se dedicó al arte exquisito de releer, que es difícil y raro. Al leer se aprende en pocos meses y lo hace un niño. En una escuela en dos o tres años quedan capacitados para leer de corrido hasta los niños del campo. Releer exige largos años de preparación y de difíciles cateos. La obra de García-Peña solo podrá juzgarse cuando se recoja en libros. A lo mejor la crítica la encuentra discutible. En esa e

12 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

Ese amor a las cosas de la patria se podía cultivar desde Girón, por ser Girón una aldea vestida como Hermana de la Caridad. Toda de blanco. Se veía de lejos como de cáscaras de huevo entre la verdura de los montes. Desde la iglesita que marca el límite del pueblo, hasta las casas que hacen marco en la plaza. Con unos árboles que, en vez de hojas, tenían flores. Las esquinas se doblaban como se dobla una oblea, y García-Péña fue creciendo en un misticismo original que lo llevaba a la lectura constante de los Evangelios. Por eso, el sonido desabrido de las campanitas de la iglesia le repicaba en el alma como llamándolo a la oración. Esas cosas solo le ocurren a los radicales. Y los libros que leía eran libros en sordina como los de Fray Luis de León. Cosa muy curiosa en tierra santandereana de gente de doctrina como Aquileo Parra, tan caro al Partido Liberal.

Vida prestada Lo que dejó escrito sorprende en el destino de Girón, manifiesto en muchos otros casos. Fue el pueblo escogido por la Providencia, para que se criara en él Ramón Jota Velásquez, el actual Presidente de Venezuela. Si alguien quiere tener una acuarela con todos los patios y jardines de Girón, no tiene sino que leer los recuerdos de la infancia de Ramón Jota, en donde hay toda la belleza que puede recoger en su pluma un escritor venezolano para describir al pueblo de su infancia. Y el recuerdo es oportuno, porque Ramón Jota y García-Peña estuvieron ligados por una amistad que nunca se aflojó. Con la circunstancia de que uno y otro tuvieron años que no fueron propiamente los de releer a Fray Luis de León. Siendo la vocación de uno y otro la de escribir tocando de cerca el corazón de los hombres.

Es muy difícil para el lector de hoy imaginar a Roberto García-Peña dirigiendo EL TIEMPO en días tenebrosos en que, desde el Palacio Presidencial, azuzaban a los chulavitas para que le prendieran fuego al periódico. Recuerdo que un día llegué a EL TIEMPO, que había sido el blanco de la noche anterior de una de esas peleas oficiales. Roberto estaba en el escritorio tranquilo, y me mostró un guijarro del tamaño de una bola de billar, que uno de la manifestación había lanzado desde la calle, con mucha más fuerza que tino. El guijarro se llevó una astilla de unos diez centímetros del estante de libros que hacía fondo al escritorio de Roberto. Sin la posible embriaguez que le había hecho perder la puntería al tirador, el mueble desportillado habría sido el cráneo de Roberto.

Ser director de EL TIEMPO era tener la vida prestada. Bajar del automóvil para dar los tres pasos que van de la puertecilla del vehículo a la entrada del edificio era a riesgo de la vida. Se necesitaba un coraje y un valor muy templados para dar este salto todas las noches. Alguna vez, estando ya adentro, los incendiarios prendieron fuego al edificio, y los bomberos solo se cuidaron de que las llamas no alcanzaran a las casas vecinas. Son demasiado conocidas las fotografías de Enrique Santos Montejo escribiendo en su maquinita Remington de entonces, en una mesa que se había salvado y sobre una silla que se paraba sobre los escombros.

Cuando subió Rojas Pinilla, hubo una sensación de alivio y esperanza que duró muy poco tiempo. Ese general, grosero y salvaje, resolvió castigar a EL TIEMPO clausurándolo por un editorial de García-Peña. La clausura del periódico da la medida de lo que representaba dirigir un diario en los años en que le tocó dirigir EL TIEMPO a García-Peña.

Recuerdo alegre Queda a Hernando Santos el problema de llenar en otro antidiario el rincón de los hechos de Roberto. Podría señalarse como una iniciativa de Ayax esto de la relectura, como ejercicio hebdomanario para tener a la vista el pasado como punto de referencia. Roberto, en sus días de juventud chilena, había acumulado una dosis de alegría en el vivir, que tuvo un derrumbamiento doloroso en la experiencia de Julio Barranechea que, cuando estuvo Roberto en Santiago, acababa de ser presidente de la Federación de Estudiantes. Barranechea llegó a Bogotá como embajador, trayendo el alegre recuerdo de las noches de farra en que se cantaba el himno estudiantil juventud, juventud torbellino/ Soplo eterno de eterna ilusión como la canción americana, y se encontró aquí con la sórdida dictadura. Fue a refugiarse en la embajada un rebelde, el oficial Luis Fajardo, a quien le tendió una celada el gobierno y lo ultimó al salir de la casa de Barranechea. El embajador renunció a su cargo, y para Roberto fue una de las penas de su vida.

Si en la relectura se incluye la parte dolorosa, el retiro es algo más que una meditación espiritual. En todo caso, con la muerte de Roberto, se nos va el último jirón de una vida ilusoria.

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