SENCILLO Y CARIÑOSO

SENCILLO Y CARIÑOSO

La obra que prologamos Medio siglo sobre EL TIEMPO, recoge los editoriales y artículos de Roberto García-Peña, publicados exactamente, en esta media centuria. He aquí un escritor, un periodista, que como Juan Zuleta Ferrer, que lo precedió en la Colección Biblioteca Pública Piloto de Medellín, ha cumplido una tarea simultáneamente literaria, política y profesional de periodista, y digna de ser recogida, seleccionada y vuelta a presentar al público, que la recibió en su diario y la echó al olvido poco tiempo después de leída. Esa es la condición del periodismo, y nadie espera, cuando para la gran prensa escribe, un mejor tratamiento. En las páginas enormes de los diarios modernos, ilustrados y titulados con toda la excitación que en ese oficio produce el instante, la columna editorial, meditada, cuidadosamente corregida y pulida en segunda prueba, no es, en lo general, una obra de arte, sino una concesión a la gran masa de lectores. Solo un periódico como EL TIEMPO se puede dar el lu

12 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

Y con ser tan respetable y aplaudido en su oficio, no es eso lo mejor de García-Peña. Hay en él un gran escritor, que se da rienda suelta y vacaciones en la columna Rastro de los hechos donde muestra, y aun a veces exhibe, lo mejor de su alma. Y en eso sí que hay unanimidad en Colombia. En la bondad, la generosidad, la nobleza de esa alma que se llena de compasión por los sufrimientos de las gentes pobres, humildes o perseguidas, se ilumina de fe por las palabras de los pontífices y por la grandeza de su iglesia, de ternura por los versos de los poetas amigos, de amor por todas las cosas amables que hay sobre la tierra. A medida que pasan los años esa condición de García-Peña se hace más notable y aún nos parece a quienes lo conocemos desde la adolescencia que ha tenido que expander su cuerpo, su pecho, su cabeza misma para que le quepa tanta bondad y generosidad en su forma humana.

Hace unos años comenzó a parecerse a Renán, grande, gordo, como un obispo, con movimientos pausados y casi solemnes que no le iban bien al francés con su fama de heterodoxo. Pero hoy es episcopal y aún cardenalicio, dentro de la más firme ortodoxia católica, con desvíos metafísicos apenas perceptibles, cuando se va detrás de las eruditas y complejas y bellísimas concepciones de Chardin. Por lo demás, se ancló, definitivamente en Juan XXIII, Juan el Bueno, como lo llama, sin ningún peyorativo desdén por los papas subsiguientes ni los anteriores. Y es que Juan XXIII es el pontífice de todos los hermanos separados, y para García-Peña lo son todos los habitantes del planeta que sufren, que son pobres de dinero o de espíritu, que cometen actos de aparente maldad, que andan por el mundo sin religión conocida y aún con religiones políticas e iglesias mucho más duras e inflexibles que la de Roma.

Lo cual no quiere decir que García-Peña sea tolerante con los dictadores, con los que emplean la fuerza y destruyen la legitimidad, sino al contrario, los trata con una ferocidad republicana que le nace de su ascendencia y su vida de liberal del siglo XIX, que le ha costado no pocas persecuciones, de las cuales se siente orgulloso, si cupiera vanidad en ese corazón sin enredos. Leed las páginas que están allí, en ese libro, y encontraréis todas esas virtudes y aun algunos de esos defectos para quienes quieren que el periodismo sea de una objetividad imposible, sin rastro alguno de individualismo, de pensamientos y sentimientos del escritor, sin huellas de su espíritu inconfundible.

Estilo envolvente García-Peña tiene, además, modelos que hacen que su periódico sea siempre igual, en el tiempo, a lo que fue desde sus comienzos: así era el de Eduardo Santos, que visto ahora, está dominado por una pasión de justicia, de verdad, de limpieza, de rectitud que lo hace no pocas veces duro con quienes se salen de esa línea, en política, en gobierno, en literatura. Para García-Peña el doctor Santos es parte vital del santoral de EL TIEMPO, en donde ciertas figuras son invulnerables y aún sacralizadas, y otras miradas con menos admiración y hasta con un poco de desdén. Quienes como yo tenemos el privilegio de pertenecer a ese altar en donde oficia García-Peña repartiendo adjetivos y glosas de elogio incandescente, sabemos cuán sincera es esa amistad que promueve tan notables discriminaciones. Y sabemos por qué quienes no han gozado de esa intimidad que se debe, exclusivamente, a la bondad de corazón de ese hombre sencillo y cariñoso, no pueden menos de encontrar en esa falta de objetividad duras facetas que les incomodan y aún los torturan. Pero eso no tiene que ver sino con el modo de ser de García-Peña, su comportamiento ante los poetas que admira, los filosofos que le suceden, la prosa que lo encanta, la conducta de los hombres de gobierno que no le han hecho mal a nadie. Es decir, un sentimiento cristiano, pero de los primeros cristianos, o del tiempo de San Francisco.

En cuanto al estilo de Roberto García-Peña es un caso curioso en el periodismo de nuestros días. Es un poco antiguo, anacrónico para lo que quiere hoy la gente, lo que llaman el estilo breve, de frases cortas, de ideas más cortas aún, de palabras conocidas y populares, más, mucho más imperioso y dominante que en otros tiempos. García-Peña tiene un estilo envolvente, de párrafos largos, de palabras antiguas y espléndidas, sacadas de los clásicos españoles que lee con pasión, extractando de ellos lo mejor de su pensamiento y lo más brillante de su estilo. De seguro un extranjero, que hable español, desde luego se sorprendería con este hallazgo, como si se encontrara un palacio del duque de Alba en Bogotá, a pocos metros de la catedral. Por qué, se diría, escriben así en este periodico, el más moderno, desde cualquier otro punto de vista? Así es como hablan en Colombia? A eso corresponde la fama de Bogotá de ser la Atenas Suramericana? No. Esos editoriales y artículos de Roberto son atípicos, no tienen nada que ver con la sociedad para la cual se escribe, con las clases sociales, con los conflictos económicos de Colombia. No es un producto adocenado de la sociedad de consumo que utiliza hasta la última pulgada de EL TIEMPO, menos esa columna, para sus despliegues y necesidades. Es un fenómeno. Como es fenomenal ese hombre grande, amable, tierno, cuyo corazón no le cabe en el pecho, a pesar de las dimensiones que este tiene. Y ese fenómeno es el que está aquí presente, en estas páginas.

Yo he querido que García-Peña en este prólogo, al menos, aparezca objetivamente, por encima de una amistad de cincuenta años, por encima de nuestra vejez compartida en tantas cosas que ambos amamos, pero veo que el amigo no se puede escapar a esa influencia subyugante y cordial. Dejemos, pues, estas paginillas, apenas como un testimonio de admiración y de afecto.

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