UN LIBRO COMO ELLA

UN LIBRO COMO ELLA

Una de las curiosidades de la política británica es que el partido de los propios los tories haya producido dos grandes primeros ministros provenientes de las filas de los intrusos: Disraeli, de origen judío; y Margaret Thatcher, hija de un tendero. Ambos fueron polémicos. Ambos contribuyeron a la definición de un nuevo papel para los conservadores británicos. Disraeli les comprobó a los conservadores que no deben tenerle miedo a la democracia masiva; la señora Thatcher se propuso demostrar que los conservadores podían prosperar aunque se desmantelara al Estado y se recalcara la responsabilidad individual. Margaret Thatcher fue uno de los más notables primeros ministros ingleses de este o de cualquier siglo. Cuando asumió el mando en 1975, su partido participaba en el incremento, al parecer inevitable, del papel del Estado con un ritmo más lento que el partido laborista, pero en la misma dirección. Cuando dejó el cargo 15 años después, la política británica había dado una vuelta com

12 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

Su estilo de la política doméstica fue tan importante como la sustancia. Ella abandonó la lucha por el centro, el cual, según su parecer, homogeneizaba la democracia y privaba al público de cualquier elección real. Adoptó, en cambio, una explícita y a veces estridente ideología conservadora cuyo propósito era acentuar las líneas divisorias entre los partidos. Al final, su terca elaboración de rasgos distintivos la derrotó. Pero ello equivale a decir que toda revolución política, tarde o temprano, llega a su fin cuando el público se cansa de los estremecimientos de un nuevo esfuerzo tras otro. Es prueba de la hazaña de la señora Thatcher que se mantuviera tanto tiempo en el mando desafiante e inequebrantable; mucho más que cualquier otro primer ministro en este siglo.

En política exterior, su ruptura con el pasado fue menos explícita. Todos los gobiernos británicos de posguerra, bajo la dirección de los dos partidos más importantes, habían recalcado especialmente las relaciones con Estados Unidos y se habían mostrado más cautos en lo de una Europa supranacional que sus interlocutores del continente, particularmente después de abandonar De Gaulle el escenario. La señora Thatcher trabajó bien estos dos elementos de la política británica y les dio un alcance ideológico diferente del que caracterizó el estilo típicamente pragmático de la Gran Bretaña. Su amistad con EE.UU. fue incondicional y estuvo desprovista de los matices del neutralismo pacifista característico del ala radical del partido laborista. Durante la administración Reagan, afianzó una influencia sobre las decisiones de EE.UU., especialmente en lo relacionado con el Tratado del Atlántico Norte y con la política de control de armas, que no se veía desde los tiempos de Churchill.

Thatcher llevó a extremos igualmente absolutos las reservas británicas en cuanto al supranacionalismo europeo. Para Inglaterra, su presencia en Europa siempre ha tenido significado diferente que para las naciones del continente. El peligro, históricamente, siempre había acechado a Inglaterra desde Europa, y su salvación, al menos en los tiempos modernos, había provenido del otro lado del océano. Ningún primer ministro británico con excepción de Edward Heath se sintió cómodo al debilitar los vínculos con EE.UU., como medio para incrementar el papel de Inglaterra en Europa.

Pero, todos los demás primeros ministros de posguerra procuraron mitigar sus reservas con una dosis de pragmatismo. La señora Thatcher se mantuvo firme en cuestión de principios. No permitió la más mínima concesión en cuanto a limitar la soberanía británica, ni incurrió en los compromisos tácticos que solicitaban con urgencia sus colegas disidentes del gabinete, para evitar el aislamiento inglés. No la arredraba quedarse sola; la impresión inequívoca que se deriva de Los años de Downing Street es que obtuvo éxito con esto, que le servía como aval de su rectitud. Por fin, su intransigencia en lo del supranacionalismo europeo fue el pretexto para su caída... aunque los comentarios de sus colegas en las memorias dejan poca duda de que hubieran buscado otros pretextos, en caso necesario, cuando la suerte de las urnas empezó a serle desfavorable. En su retiro, ella ha tenido la satisfacción por lo menos de ver justificadas sus premoniciones básicas con la suerte de la propuesta de Maastricht para una Europa supranacional.

El liderazgo de un primer ministro es más difícil de apreciar que el de un presidente estadounidense, puesto que el jefe del gobierno inglés actúa en nombre del gabinete y, en teoría, tiene mucho menos autonomía para decisiones unilaterales que un presidente. Aunque así sea con frecuencia, este lugar común no tiene vigencia con primeros ministros realmente sobresalientes, pues arrastran en pos suyo a los miembros de sus gabinetes por la fuerza de sus personalidades y convicciones. En política doméstica, así como extranjera, es difícil imaginar a otro primer ministro que hubiera sido capaz de adoptar medidas de magnitud comparable, o de mantenerlas, con la misma determinación de la señora Thatcher.

Tuve alguna experiencia personal de esto durante la crisis de las Falklands en 1982. Con ocasión de un discurso para la celebración de los 200 años de fundación de la Cancillería británica, fui invitado a almorzar con Francis Pym, secretario de Relaciones Exteriores, y sus consejeros más importantes. Procedieron a esbozarme diversas alternativas para negociar un compromiso. Pensando que se trataba de la política oficial, pregunté a la señora Thatcher más tarde, a la hora del té, qué opción prefería. La mía resultó una indagación infortunada pues ella rechazó con vehemencia el concepto mismo de compromiso; y lo hizo en forma tal, que no desvirtué el malentendido de que era yo, y no el Secretario de Relaciones Exteriores, el inspirador de los compromisos. Esto temporalmente desvió su ira de sus colegas. Pero solo por muy poco tiempo. Pues, como lo aclara en sus memorias, posteriortemente indagó la cuestión en el seno del gabinete. No transigía porque no estaba dispuesta a admitir ningún cambio impuesto por la fuerza. Nos revela que hubiera renunciado si el gabinete hubiese aceptado cualquiera de los compromisos esbozados por Pym o por el secretario de Estado de EE.UU., Alexander Haig, cuyas idas y venidas entre Buenos Aires y Londres describe con aire de sospecha que bordea con el disgusto. Casi todas las decisiones políticas claves son opciones próximas; si los pros y los contras no se repartieran casi por igual, no habría dilemas. La conducta de la señora Thatcher quería decir que aunque la Gran Bretaña tuviera problemas difíciles, todos eran solubles, y que ella por lo menos no haría nada diferente. Su ánimo resuelto barría con los indecisos y exasperaba a sus oponentes.

Las memorias son esenciales para la comprensión de su tiempo porque captan todas las cualidades de su carácter, e inevitablemente, algunos de sus defectos. Son lúcidas, pertinaces, autosuficientes, de gran alcance e indispensables. Decidió cubrir todas las decisiones principales de su gobierno y ello implica que incluyó eventos de interés apenas marginal para lectores extranjeros. Pero el relato es tan completo, que hasta el lector que se concentra sobre lo que es de su interés particular se ve gratificado con el cautivante desempeño de una dirigente que contestó victoriosamente la pregunta que asalta a toda figura política: sus actuaciones fueron realmente diferentes? La señora Thatcher fue criticada en Inglaterra por su brusca descripción de algunos de sus colegas. A esta distancia, no es posible juzgar la precisión de esos retratos. Pero sin duda, tiene el extraordinario don de captar los atributos esenciales. Describe su destitución de Christopher Soames, yerno de Churchill y dirigente de la Cámara de los Lores, así: Tuve la impresión de estar violando el orden natural de las cosas: era como si la criada despidiera al patrón . (Como viejo amigo y admirador de Christopher, ello me parece plausible). Esto dice del veterano primer ministro italiano Andreotti: Veía la política como un general del siglo 18 la guerra: un vasto y elaborado campo de maniobras para ejércitos que jamás entrarían en conflicto pero que declaraban victoria, derrota o compromiso, según convenía a su aparente fortaleza para la empresa real de repartirse los despojos .

Admiraba a Reagan, le gustaba Jimmy Carter, se sentía ignorada por Bush y desconfiaba del secretario de Estado James Baker. Se fijaba más en las debilidades que en las virtudes de sus contemporáneos. Pero los patrones según los cuales los examina ilustran su interés por la política como una noble empresa en que se mezclan ideología y personalidad, análisis cuidadoso y resuelta convicción.

Las memorias resultan a veces farisaicas, especialmente cuando defienden políticas discutibles. Esto es casi inevitable puesto que las decisiones parecían las más convenientes cuando se adoptaron y el paso del tiempo raras veces altera las conclusiones. Y resulta particularmente cierto en su caso, pues obraba por principios y no por oportunismo. Y no hubo muchas fallas. La mayoría de lo que se propuso lo logró. La discusión sobre el gobierno Thatcher se circunscribe a la naturaleza de sus objetivos, y no a su capacidad para alcanzarlos.

Sería absurdo que pretendiera ser neutral en cuanto a sus propósitos. Creo que contribuyó ingentemente al debate y a la resolución de los asuntos de nuestro tiempo. Lástima que no se extienda más en la explicación de sus móviles. Tan fuertes son sus convicciones, que le parece innecesario explicarlas.

Sus puntos de vista, excesivamente apasionados a veces, la llevan a formular juicios políticos exagerados. Correctamente, supo entender el poderoso papel, quizá predominante, que una Alemania unificada podía jugar en Europa. Pero, al fin, la política exterior tiene que conciliar el análisis con lo que es posible. Cuando el régimen comunista de Alemania oriental se hundió, no había alternativa diferente de la unificación. La señora Thatcher trató de convencer a Francois Mitterrand de que era necesario contar con dos estados alemanes, eso sí democráticos; este, a su vez, le formuló propuesta semejante a Gorbachov. Uno queda con la impresión de que ambos dirigentes compartían su preocupación, pero se consideraban demasiado débiles para sostener una política permanente de confrontación, en el centro de Europa, con una Alemania renaciente.

En la época contemporánea, decir que un estadista tiene el valor de sus convicciones, aun excesivas, es aludir a una cualidad que lamentablemente no abunda. Cuanto todo se ha dicho y hecho, se saca en claro que Margaret Thatcher sostuvo que el hombre no es el producto de las circunstancias, sino el resultado de una opción, y que la política no es oportunismo, sino propósito. Su libro es prueba de este mensaje, por el cual los pueblos libres han contraído con ella una deuda de gratitud, así no estén de acuerdo con todas sus conclusiones. (Traducción de Luis E. Guarín G.) -Kissinger: la política está entre decisiones y opciones

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