FRANCESES EN EL PERÚ

FRANCESES EN EL PERÚ

A la petite Michele la altura le sentaba mal se había quejado de una presión en las sienes semejante a la que le producían esas películas de terror que le encantaban, y de un malestar general e indeterminado pero, a pesar de ello, estaba impresionada con la desolación y la crudeza del paisaje. Albert, en cambio, se sentía magníficamente bien. Como si se hubiera pasado la vida a tres o cuatro mil metros de altura, entre esas cumbres filudas manchadas de nieve y los rebaños de llamas que, de tanto en tanto, cruzaban la trocha. El zangoloteo del viejo omnibús era tal que a ratos parecía desmoronarse en esos baches, en esos huecos, en esas piedras que salían a desafiar su ruinosa carrocería a cada instante. Eran los únicos extranjeros, pero a sus compañeros de viaje la parejita de franceses no parecía llamarles la atención. Ni siquiera cuando los oían hablar en una lengua extranjera se volvían a mirarlos. Iban envueltos en chalinas, ponchos y uno que otro chullo, arropados para la noche ya

12 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

Claro que hubiera sido exclamó Albert, señalando a través del cristal estriado de la ventanilla. No es formidable? El sol se estaba ocultando y había una suntuosa cola de pavorreal en el horizonte. Una larga meseta verdioscura, sin árboles, sin viviendas, sin gente ni animales, se extendía a su izquierda, animada por brillos acuosos, como si entre los mechones de paja amarillenta hubiera riachuelos o lagunas. A su derecha, en cambio, se levantaba una hirsuta geografía perpendicular de enhiestas rocas, abismos y quebradas.

Así debe de ser el Tibet murmuró la petite Michele.

Te aseguro que esto es más interesante que el Tibet repuso Albert. Te lo anticipé: Le Pérou, ca vaux le Pérou! Delante del viejo omnibús era ya de noche y había comenzado a enfriar. Brillaban algunas estrellas en el cielo azul añil.

Brr... se encogió la petite Michéle. Ahora entiendo por qué viajan todos tan abrigados. Cómo cambia el clima en los Andes. En la mañana un calor que ahoga y, en la noche, hielo.

Este viaje será lo más importante que nos pasará en la vida, ya verás dijo Albert.

Alguien había prendido una radio y, luego de una cadena de tartamudeos metálicos, irrumpió una música triste, monótona.

Charangos y quenas reconoció Albert. En Cusco compraremos una quena. Y aprenderemos a bailar los huaynos.

Daremos una función de gala, allá en el colegio fantaseó la petite Michele. La nuit péruvieenne! Vendrá le tout Cognac.

Si quieres dormir un poco, seré tu almohada le propuso Albert.

Nunca te he visto tan contento le sonrió ella.

Es el sueño de dos años asintió él. Ahorrando, leyendo sobre los incas y el Perú. Imaginando esto.

Y no te has decepcionado se rió su compañera. Bueno, yo tampoco. Te agradezco que me animaras a venir. Creo que la coramina glucosa ha hecho su efecto. Me molesta menos la altura y respiro mejor.

Un momento después, Albert la sintió bostezar. Le pasó el brazo sobre los hombros y la hizo apoyar su cabeza en él. Al poco rato, a pesar de los barquinazos y brincos del vehículo, la petite Michele dormía. El sabía que no iba a pegar los ojos. Estaba demasiado anhelante, demasiado ávido de retenerlo todo en la memoria para recordarlo después, escribirlo en el diario que borroneaba cada noche desde que tomaron el tren en la estación de Cognac, y, más tarde, contárselo todo, con lujo de detalles y alguna que otra exageración, a los copains. A sus alumnos de la escuela les haría una clase con diapositivas, prestándose el proyector del padre de Michele. Le Pérou! Ahí estaba: inmenso, misterioso, verdegrís, pobrísimo, riquísimo, antiguo, hermético. Era este paisaje lunar y las caras cobrizas, desabridas, de las mujeres y hombres que los rodeaban. Impenetrables, la verdad. Muy diferentes de las que habían visto en Limna, caras de blancos, de negros, de mestizos, con los que, mal que mal, podían comunicarse. Pero de la gente de la sierra lo separaba algo infranqueable. Varias veces había intentado conversar en su mal español con sus vecinos, sin el menor éxito. No nos distancia una raza sino una cultura , le recordaba la petite Michele. Estos eran los verdaderos descendientes de los incas, no la gente de Lima; sus antepasados habían subido hasta los nidos de águila de Machu Picchu, esas gigantescas piedras del santuario-fortaleza que, dentro de tres días, él y su amiga iban a recorrer.

Era de noche ya y, pese a su voluntad de seguir despierto, sintió que lo ganaba un dulce vértigo. Si me duermo, se me va a torcer el cuello , pensó. Ocupaban el tercer asiento de la derecha y, ya hundiéndose en el sueño, Albert escuchó que el chofer se ponía a silbar. Luego, le pareció que nadaba en agua fría. Estrellas fugaces caían en la inmensidad del altiplano. Estaba feliz, aunque lamentaba que le afearan el espectáculo, como un lunar con pelos en una cara bonita, ese dolor en el cuello y la angustia por no poder apoyar la cabeza en algo blando. De pronto, lo sacudían con brusquedad.

Llegamos a Andahuaylas? preguntó, aturdido.

No sé qué pasa susurró, en su oído, la petite Michele.

Se frotó los ojos y había cilindros de luces moviéndose dentro y fuera del omnibús. Escuchó voces apagadas, cuchicheos, un grito que parecía un insulto, y percibió movimientos confusos por doquier. Era noche cerrada y, a través del vidrio trizado, destellaban miríadas de estrellas.

Preguntaré al chofer qué pasa.

La petite Michele no le permitió levantarse.

Quiénes son? la oyó decir. Creí que eran soldados, pero no, mira, hay gente llorando.

Las caras aparecían y desaparecían fugaces, en el ir y venir de las linternas. Parecían muchos. Rodeaban al omnibús y ahora, por fin depierto, sus ojos acostumbrándose a la oscuridad, Albert advirtió que varios llevaban cubiertas las caras con pasamontañas que sólo dejaban sus ojos al descubierto. Y esos reflejos eran armas, qué otra cosa podían ser.

El de la embajada tenía razón murmuró la muchacha, temblando de pies a cabeza. Debimos tomar el avión, no sé por qué te hice caso. Adivinas quiénes son, no? Alguien abrió la puerta del omnibús y una corriente de aire frío les alborotó los cabellos. Entraron dos siluetas sin rostro y Alberto sintió que, por unos segundos, lo cegaban las linternas. Dieron una orden que no entendió. La repitieron, en tono más enérgico.

No te asustes musitó en el oído de la petite Michele. No tenemos nada que ver, somos turistas.

Todos los pasajeros se habían puesto de pie y, con las manos en la cabeza, comenzaban a bajar del omnibús.

No pasará nada repitió Albert. Somos extranjeros, les voy a explicar. Ven, bajemos.

Bajaron, confundidos con el tropel y, al salir, el viento helado les cortó la cara. Permanecieron en el montón, muy juntos, cogidos del brazo. Oían palabras sueltas, murmullos, y Albert no alcanzaba a distinguir lo que decían. Pero era castellano, no quechua, lo que hablaban.

Señor, por favor? silabeó, dirigiéndose al hombre abrigado en un poncho que estaba a su lado, y, al instante, una voz de trueno rugió: Silencio! . Mejor no abrir la boca. Ya llegaría el momento de explicar quiénes eran y por qué estaban aquí. La petite Michele ceñía su brazo con las dos manos y Albert notaba sus uñas a través del grueso casacón. A alguien a él? le castañeteaban los dientes.

Los que habían detenido el omnibús apenas cambiaban palabras entre sí. Los tenían rodeados y eran muchos; veinte, treinta, tal vez más. Qué esperaban? En la movediza luz de las linternas, Albert y la petite Michele descubrieron mujeres entre los asaltantes. Algunas con pasamontañas, otras con las caras descubiertas. Algunas con armas de fuego, otras con palos y machetes. Todas jóvenes.

Estalló en las sombras otra orden que Albert tampoco entendió. Sus compañeros de viaje empezaron a rebuscarse los bolsillos, las carteras, a entregar papeles o carnés. El y ella sacaron sus pasaportes del bolsón que llevaban sujeto a la cintura. La petite Michele temblaba cada vez más, pero, para no provocarlos, no se atrevía a tranquilizarla, a asegurarle que, ahora que abrieran sus pasaportes y vieran que eran turistas franceses, habría pasado el peligro. Se quedarían con los dólares, tal vez. No eran muchos, felizmente. Los travellers viajaban ocultos en el cinturón de doble fondo de Albert y con un poco de suerte acaso no los descubrirían.

Tres de ellos comenzaron a recoger los documentos, metiéndose entre las filas de pasajeros. Cuando llegaron a su altura, a la vez que alcanzaba los dos pasaportes a la silueta femenina con un fusil en bandolera, Albert silabeó: Somos turistas franceses. No sabe español, señorita.

Silencio! chilló ella, arrebatándole los pasaportes. Era una voz de niña, cortante y enfurecida. Chitón.

Albert pensó en lo tranquilo y limpio que estaba todo allá arriba, en ese cielo profundo, tachonado de estrellas, y el contraste con la amenazadora tensión de aquí abajo. Se le había evaporado el temor. Cuando todo esto fuera recuerdo, cuando ya lo hubiera contado decenas de veces a los copains en el bistró y a los alumnos de la escuela, en Cognac, le preguntaría a la petite Michele: Tuve o no razón de preferir ese omnibús al avión? Nos hubiéramos perdido la mejor experiencia del viaje .

Había quedado cuidándolos una media docena de hombres con fusiles ametralladoras, que todo el tiempo les buscaban los ojos con los haces de luz de las linternas. Los demás se habían apartado unos metros y parecían en conciliábulo. Albert dedujo que examinaban los documentos, que los sometían a un cuidadoso escrutinio. Sabrían leer todos ellos? Cuando viera que no eran de aquí, sino franceses paupérrimos, de mochila y omnibús, les pedirían excusas. El frío le calaba los huesos. Abrazó a la petite Michele, pensando: Tenía razón el de la embajada. Debimos tomar el avión. Cuando podamos hablar, te pediré disculpas .

Los minutos se volvían horas. Varias veces estuvo seguro de que iba a desmayarse, de frío y fatiga. Cuando los pasajeros empezaron a sentarse en el suelo, él y la petite Michele los imitaron, sentándose muy juntos. Permanecieron mudos, apretados uno contra el otro, dándose calor. Los captores volvieron al cabo de largo rato y, uno a uno, levantándolos, mirándoles las caras, metiéndoles las linternas por los ojos y empujándolos fueron devolviendo a los pasajeros al omnibús. Amanecía. Una orla azulada asomaba por el entrecortado perfil de las montañas. La petite Michele estaba tan quieta que parecía dormida. Pero sus ojos seguían muy abiertos. Albert se incorporó con esfuerzo, sintiendo crujir sus huesos, y tuvo que levantar a la petite Michele de los dos brazos. Se sentía amodorrado, con calambres, la cabeza pesada, y se le ocurrió que ella debía sufrir otra vez con ese mal de altura que la atormentó tanto las primeras horas, escalando la Cordillera. La pesadilla terminaba, por lo visto. Los pasajeros habían formado una fila india e iban subiendo al omnibús. Cuando les tocó el turno, los dos muchachos con pasamontañas que estaban a la puerta del vehículo les pusieron los fusiles en el pecho, sin decir palabra, indicándoles que se apartaran.

Por qué? preguntó Albert. Somos turistas franceses.

Uno de ellos avanzó hacia él en actitud amenazadora, y acercándole mucho la cara le rugió: Silencio! Shhht! No habla español! gritó la petite Michele. Turista! Turista! Fueron rodeados, sujetados de los brazos, empujados, alejados de los pasajeros. Y, antes de que acabaran de entender qué ocurría, el motor del omnibús comenzó a hacer gárgaras y su armatoste a animarse y su motor a vibrar. Lo vieron partir zangoloteando, por esa trocha perdida en la meseta andina.

Qué hemos hecho? dijo Michele en francés. Qué nos van a hacer? Pedirán un rescate a la embajada balbuceó él.

A ese no lo han dejado acá por ningún rescate. La petite Michele ya no parecía miedosa; más bien revuelta, sublevada.

El viajero que había retenido con ellos era bajo y gordito. Albert reconoció su sombrero y su bigote milimétrico. Viajaba en la primera fila, fumando sin descanso e inclinándose a veces a conversar con el chofer. Gesticulaba e imploraba, moviendo la cabeza, las manos. Lo tenían rodeado. Se habían olvidado de él y la petite Michele.

Ves esas piedras? gimió ella. Ves, ves? La luz del día avanzaba rápidamente por la meseta y se distinguían muy nítidos los cuerpos, los perfiles. Eran jóvenes, eran adolescentes, eran pobres y algunos eran niños. Además de los fusiles, los revólveres, los machetes y los palos, muchos tenían pedruscos en las manos. El hombrecito del sombrero, caído de rodillas y con dos dedos en cruz, juraba, levantando la cabeza al cielo. Hasta que el círculo se cerró sobre él, quitándoselo de la vista. Lo oyeron gritar, suplicar. Empujándose, azuzándose, emulándose unos a otros, las piedras y las manos bajaban y subían, bajaban y subían.

Somos franceses dijo la petite Michele.

No haga eso, señor gritó Albert. Somos turistas franceses, señor.

Eran casi niños, sí. Pero de caras ásperas y requemadas por el frío, como esos pies crudos que dejaban entrever las ojotas de llanta que algunos calzaban, como esos pedrones de sus manos casposas con las que comenzaban a golpearlos.

Mátenos de un tiro gritó Albert, en francés, ciego, abrazando a la petite Michele, interponiéndose entre ella y esos brazos feroces. Somos también jóvenes, señor. Señor!

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