EL FENÓMENO ESCOBAR

EL FENÓMENO ESCOBAR

El final era predecible. Nadie puede desafiar indefinidamente a la autoridad. El crimen continuado es en sí mismo una sentencia de muerte o de cárcel. Quien lo practica es porque no imagina que acabará pagando el tributo ineluctable. Más que repasar una carrera delictiva sin parangón en nuestro país y quizá en el mundo, interesa escrutar el fenómeno sociológico del hombre que escribió el macabro itinerario de sangre y destrucción. Qué lo produjo? Cómo? Por qué? Surge sin duda de un entorno sociopolítico en espantable deterioro. En el que los valores morales se hicieron trizas y la autoridad se tornó endeble y complaciente. Muchas campañas políticas se han hecho con dineros oscuros, porque la victoria importa más que los medios de obtenerla.

10 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

Vivimos en una sociedad permisiva, en la que los conceptos éticos perdieron vigencia. Tener dinero se convirtió en obsesión. Mucho dinero, no interesa cómo, ni qué hay que atropellar para obtenerlo. No se toman ni se rinden cuentas porque cada quien anda comprometido en engrosar su capital al precio que sea. A la ética se le tiene miedo porque estorba y por eso cae al suelo de un parlamento que deroga la comisión encargada de vigilarla.

El poder del dinero ha vencido las resistencias morales hasta echarlas por tierra. Si todos lo hacen por qué no yo , es la fórmula para aquietar la conciencia. Ganar una licitación justifica todo. La autoridad que exige dinero para otorgarla halla al licitante ávido de conseguirla. Cohecho? Soborno? Bienvenidos si el resultado se traduce en ganancias.

Allí hombres salidos de estratos humildes se encumbran. A la cabeza alguien que combina talento natural, malicia, capacidad gerencial propia de su región, instinto para el negocio, cobijados por total carencia de escrúpulos. Fluye el dinero a manos llenas. Algo se vierte en gesto generoso hacia el pueblo de donde se proviene y, de paso, se levanta una coraza protectora que algún día servirá si al Estado se le ocurre actuar.

Todo poder ensoberbece. Pero el del dinero, además, corrompe. Enseña a comprar conciencias, placeres, jueces, funcionarios. Armas y quienes las manejen. Si alguna barrera se obstina en estorbar, una ráfaga en la noche la derriba. La prepotencia crece con cada obstáculo vencido, con cada funcionario comprado o sometido, con cada figura política que triunfa con dinero mafioso.

Del tráfico de droga maligna ejercido a la sombra de la connivencia y de la complicidad, se pasó al desafío abierto, al crimen silenciador, a la eliminación sistemática. Nadie puede extrañarse de que en la ruta ascendente se llegara a asesinar ministros, candidatos presidenciales, jueces, agentes del orden. La respuesta del Estado suscita el terrorismo inmisericorde. Un avión en vuelo, un edificio oficial a la hora de mayor presencia humana, un supermercado lleno de gente, cualquier blanco es útil para poner de rodillas al Estado y someter a la sociedad entre cobarde e impotente.

Se llegó a reprochar a la autoridad, hasta entonces desentendida del negocio criminal que se desarrollaba con pleno conocimiento público y del imperio que sobre él se había construido, que declarara la guerra a la delincuencia. Se le culpó de desatar un terrorismo que no podría dominar, como si el asesinato selectivo no fuese la verdadera declaración de guerra y la respuesta del Estado su más perentoria obligación.

Tampoco cabe extrañeza ante el espectáculo de una muchedumbre enardecida que grita asesinos a los servidores de la ley y corea el nombre del criminal como el de un héroe. No se aclamaba al criminal sino al benefactor. Era la multitud de los destechados, que del munificente personaje recibió lo que ni el Estado, ni la sociedad habían podido darle.

El fenómeno Escobar es el producto de una sociedad desquiciada que lo hizo posible. Primero con su connivencia culpable. Luego con su complicidad pusilánime, cuando no gananciosa de las dádivas que el poderoso de nuevo cuño concedía por doquier. Y más que de la sociedad, de un Estado inconsciente que sólo merece ese nombre si es capaz de aplicar justicia y de someter a quienes atropellen la ley.

Sí. El delincuente más desorbitado que haya surgido de este tremedal en que Colombia se ha sumido, cayó víctima de su desmesuramiento delirante. Pero lo que tenemos que preguntarnos y ser capaces de responder, es cómo tratar el fenómeno del cual Pablo Escobar resulta el más acabado exponente.

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