MONOPOLIOS OFICIALES Y SINDICATOS

MONOPOLIOS OFICIALES Y SINDICATOS

Decía Shakespeare que el infierno no alberga furia igual a la de la mujer despreciada. Pero, quien escribe esta nota, considera que existe una furia aún mayor: la del sindicalista de monopolio oficial en proceso de ser despojado de su monopolio. Y la realidad es que no debe sorprender la ira de los sindicalistas, ya que no hay nada más deseable y jugoso que un monopolio oficial. Por una parte, el sindicalista se da el lujo de ignorar olímpicamente los costos laborales y la asignación eficiente de los factores de producción y rechaza toda innovación, que a pesar de implicar una disminución temporal en la mano de obra, pueda llevar a mayor eficiencia. No teniendo con quién competir, qué le va a importar ser más eficiente. Finalmente, lo que al sindicalista puede desternillar de la risa es la suerte del consumidor de sus productos o servicios. Acaso aquel infeliz del usuario tiene otra alternativa?

10 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

Ante esta impresionante plétora de dádivas y prebendas que brindan los monopolios, no deben sorprender a nadie los remitidos millonarios a la prensa de los sindicalistas, que arropados en la pusilánime y amilanada bandera del patriotismo, se dirigen al pueblo colombiano gritando y proclamando a los cuatro vientos que el vil y traicionero desmantelamiento de sus monopolios implica necesariamente la llegada de un supuesto capitalismo salvaje y que hasta la muerte defenderán sus conquistas irrenunciables.

Los monopolios oficiales son el cáncer de las democracias de libre empresa. Y la única quimioterapia que ha logrado exterminar este cáncer es la libre competencia. Por contra, la forma de perpetuar los monopolios es evitar la competencia por medio de restricciones administrativas y legales, de arcaicos monopolios rentísticos a los departamentos y a ciertas entidades, y de absurdas restricciones a la inversión extranjera.

Sin embargo, la mayor barrera para desmontar los monopolios oficiales es la costumbre de ciertos gerentes timoratos y populistas al permitir la creación de estructuras de costos salariales y prestaciones tan absurdas e inverosímiles que los mismos monopolios se vuelven invendibles y prácticamente imposibles de liquidar. El país pocas veces ha visto un espectáculo tan bochornoso y ridículo como el del gerente de la Empresa de Teléfonos de Bogotá sacado en hombros por los sindicalistas.

Pero como bien lo decía Mario Vargas Llosa en reciente artículo, en lugar de abrir mercados y crear competencia para impulsar los procesos de creación de riqueza, lo que muchos gobiernos de América Latina han hecho es trasladar al sector privado los monopolios oficiales, dejando intactos sus defectos, pero en otras manos, generalmente tan corruptas e incompetentes como las del sector público. El cáncer que carcome las entrañas de la democracia, simplemente ha sido trasladado de órgano y la privatización de la economía se ha trasladado a otros grupos económicos más allegados al poder político.

El Estado no puede ni debe reemplazar y sustituir el sistema de libre empresa pero sí debe asegurar que este sistema funcione en beneficio de toda la sociedad. Para lograr este objetivo debe acabar en forma tajante y definitiva con absolutamente todos los monopolios oficiales. El gobierno no se puede dejar acobardar por los sindicatos. Pero lo ocurrido en TELECOM y en el SENA no nos permite albergar muchas esperanzas.

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