CARLITO NO ES UN CHICO BUENO

CARLITO NO ES UN CHICO BUENO

Hay que decirlo: Carlito Brigante no es un tipo recomendable. Es un delincuente, con cadáveres en su hoja de vida y una leyenda de maloso que lo persigue. En el vecindario latino de Harlem, en Nueva York, donde se crió, es duro, un capo. Ahí vuelve tras cinco años de cárcel. Pero vuelve cambiado: quiere dejar ese medio, vivir honestamente y formar una familia. Es su sueño. Lo dice convencido. Lo revela inclusive, en parte, a sus antiguos amigos, traficantes de drogas y matones de esos que disparan más rápido que su sombra.

10 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

Carlito está cansado y quiere mantenerse al margen del negocio de las drogas. Quiere volver a empezar. Tiene solo un problema: necesita dinero. 75 mil dólares. Con ellos piensa abrir una agencia de alquiler de carros. En Bahamas. Decide entonces administrar una discoteca mientras tanto. Pero por ahí el mundo al cual quería escapar lo alcanza, lo envuelve y lo asfixia.

Salsa, dinero, sexo, violencia y suspenso: nada falta en esta, la última película de Brian De Palma. Al Pacino es el antihéroe que prueba que si el crimen no paga, de él se sale únicamente con los pies por delante.

De Palma conoce secretos para encontrar buenos temas. Este lo sacó de dos libros (Carlito s Way y After Hours) escritos por el juez Edwin Torres de la Corte Suprema de Justicia. La adaptación se la hizo David Koepp, el mismo que escribió los libretos de Jurassic Park. Y con Al Pacino (con quien hizo Scarface) encontró otra vez la fórmula ganadora.

Al Pacino porta el peso de la película que se exhibe en este momento en Estados Unidos. Pero está bien acompañado por Sean Penn (Kleinfeld, el abogado), Penelope Ann Miller (Gail, su pasión de siempre) y el colombiano John Leguízamo (Benny Blanco, el mafioso que sube).

Leguízamo figura de cuarto en el reparto general y es el jefe de un grupo de Bronx. Aparece relativamente poco, pero está en el centro de la trama que concluye con la muerte de Carlito Brigante: es él quien lo asesina. Leguízamo, que ya es conocido en Broadway, ensaya además, en este momento, su nuevo espectáculo en un pequeño teatro del sur de Manhattan.

De Palma dijo que había hecho una película de un delincuente romántico. Es el retrato del mundo latino (puertorriqueño sobre todo) del Bronx y de Harlem a mediados de los años setenta. La droga se impuso entonces como un símbolo más (con el sexo y el dinero fácil) de los excesos de esa década; encarnada aquí por Sean Penn. El es el remolino que termina arrastrando al ex presidiario con sueños de cambio.

Esta película muestra el bajo mundo del negocio de las drogas en Nueva York. Un mundo de violencia y arreglo de cuentas del cual esa es una conclusión es imposible escapar. Ese mundo se ha agravado con la llegada de nuevos actores: negros estadounidenses, dominicanos, colombianos...

Las cámaras de De Palma, en un juego lento y sutil de imagen y una excelente fotografía, recogen, desde adentro, pedazos de esas vidas miserables. Esos mafiosos y sus matones se muestran, ostentan. Una mirada o una palabra pueden significar la muerte. La traición es una posibilidad siempre abierta y se mata con una facilidad que da vértigo.

Cada día puede ser el último. Carlito Brigante hace la experiencia de las negaciones que eso implica: ni proyectos ni sentimientos. En el fondo, no puede ser normal. Carlito Brigante ve, durante 140 minutos, cómo la mafia es el poder ilusorio y el no retorno.

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